NACIDOS PARA SUFRIR
Antes, los pobres asumían su condición de miseria frente a los poderosos debido, en gran parte, a que eran incapaces de tener un visión global de la relación desigual que mantenían con sus amos. Asumían con resignación cristiana, y muy conveniéntemente para sus explotadores, la escasez generalizada a la que les sometían los dueños del mundo. Esa inocencia bovina del populacho, esa fé en que dios o el estado proveerán, permanece vigente en estos días de la aldea global hiperinformada que sueña con vivir en el país de la abundancia. Aceptamos, con retóricos aspavientos pero conformados, que los ricos paguen menos impuestos, como las cuotas empresariales, mientras a la ciudadanía se le sube el IVA. Nos tragamos que se entregue nuestro dinero a los bancos para seguir manteniendo el sistema que nos está devorando. Entramos al trapo del discurso xenófobo populista que canaliza la ira de algunos, contra otras víctimas de otras nacionalidades y enmascara a los auténticos verdugos. Consentimos las desigualdades sociales, el paro y el recorte de los derechos laborales como una consecuencia lógica, derivada de la asunción colectiva de que siempre pagan los mismos. Permitimos, considerándolo inevitable, que se destroce el patrimonio natural en el nombre del progreso.Y asistimos impávidos, al baile de corruptelas y comportamientos delictivos que invaden nuestra política haciéndole un flaco favor a esta pretendida democracia. La mansedumbre de otrora se enmarcaba en épocas oscuras, donde la ignorancia y el hambre en estado puro eran los mejores aliados de los poderosos. La de ahora, solo se me ocurre justificarla porque, de alguna manera, en nuestro código genético haya quedado impresa esta fatal predestinación de nuestros antepasados. Una impronta que la fuerza de la costumbre nos haya grabado a fuego en el ADN. Porque si no es algo así, va a ser simplemente que somos una especie realmente estúpida.
Hace unos meses, un vecino del barrio donde vivo se dedicó a llamar de puerta en puerta solicitando voluntarios para crear una patrulla ciudadana que hiciera la ronda nocturna contra el crímen y la delincuencia que, a su pacato criterio, nos asolan. Mi respuesta fué breve y contundente: le dí con la puerta en las narices. A pesar de que habitamos una zona donde la marginalidad y la delincuencia asoman a menudo la patita, me asusta más la idea de que una panda de fanáticos inflamados de cristianos valores me "protejan", que la posibilidad de sufrir un atraco o un robo con escalo. Sin embargo esta propuesta arraiga en las mentes temerosas que, como sucede en Italia, no ven con malos ojos que un grupo de paramilitares de ideología ultraderechista peine sus calles "limpiándolas" de inmigrantes y malhechores (pues a todos meten en el mismo saco estos angelicos). El miedo y el fascismo van siempre de la mano. Ese temor, real o inculcado, les da patente de corso para actuar con impunidad haciendo eso que a ellos les gusta llamar "salvaguardar el espíritu nacional". Pues el mío, mi espíritu digo, que lo dejen tranquilo. Porque la sola idea de que estos mamarrachos recorran nuestro habitat haciendo de las suyas me pone los pelos como escarpias. Las camisas negras de antaño se camuflan ahora de caqui, pero debajo se esconden las mismas alimañas xenófobas y violentas que hacían la ronda por la Europa de los años treinta.
"Los celos, no son del todo ilícitos". Y quién así argumenta para justificar su indulgencia con los asesinos y maltratadores de mujeres no es Otelo, en el marco de su tragedia shakespereana, sino la mismísima Corte Suprema italiana. Según el Tribunal, los celos como móvil atenuante, pertenecen a la conciencia colectiva del pueblo italiano y siguiendo esta corriente cultural sientan jurisprudencia. Esto es posible en un país donde los partidos políticos, salvo tímidas protestas, no plantan cara a este desvarío institucional; Donde la imagen mediática de la mujer se reduce a un elemento decorativo para deleite del macho, auténtico ombligo de la creación, cosificándola hasta vaciarla de otros valores; Donde los medios de comunicación evitan hablar del maltrato y el propio Presidente va proponiendo impúdicos toqueteos a las señoras en tono jocoso y distendido. Si terrible me parece que esa "conciencia colectiva" de los italianos les impida reconocer que quién ama jamás mata impulsado por los celos o por cualquier otro motivo, mucho peor es el hecho de que, quienes tienen la potestad y el deber de proteger a toda la ciudadanía, no estén dispuestos a poner en marcha mecanismos que reeduquen a la población de este aparente machismo endémico. La Justicia italiana, con esta interpretación medieval del sentimiento popular, colabora en mantener a la mujer condenada a ser la propiedad, y no la compañera, de sus supuestos amantes. Aquellos que, movidos por la "locura pasional", se sienten con derecho sobre la vida y la muerte de sus parejas. Sanguinarios asesinos que, ahora además, pueden planear sus crímenes amparándose en la coartada del amor que les proporcionan las leyes italianas.