YO CONFIESO

Comprenderán que, con semejantes antecedentes, la ley mordaza me ha pillado a contrapelo. El 1 de julio del 2015 un gusano negro nos engulló para regurgitarnos en 1954. Cualquiera de las acciones antes relatadas me llevarían ahora directamente a la trena. Y no podría pagar las desorbitadas multas aunque lograra nacer cuatro veces.
¿Existía una necesidad perentoria de una ley tan restrictiva? ¿Acaso las algaradas callejeras estaban tomando tintes revolucionarios? Evidentemente no. Pero las movilizaciones ciudadanas y las protestas, sobre todo después del 15-M, estaban provocando un fenómeno que inquieta mazo a los poderes facticos. A la gente corriente le estaba dando por pensar. Por cuestionarse las verdades oficiales e involucrarse en la cosa pública. Colectivos como Stop-Desahucios ponen de relieve la insensibilidad del estado ante el drama de muchos ciudadanos. Su ejemplo de resistencia solidaria y pacífica es visto como un peligroso germen que puede esparcirse.
La llamamos ley mordaza pero, en realidad, es un túnel del tiempo que nos devuelve a épocas tenebrosas. A rincones oscuros y vergonzantes de la historia donde el libre pensamiento permanecía engrilletado en el corredor de la muerte de los derechos civiles. ¡Cómo me duele esta España cautiva y desarmada!
Con mi pasado delictivo no podría formar parte de ningún organigrama político. Tampoco me importa un carajo. Cada una de mis acciones pasadas (y las que puedan venir) son un reflejo condicionado a causa de mi naturaleza inconformista. Confieso que no puedo controlarlo, es superior a mí. Además, no soy amiga de mordazas ni correas. No me pone nada el sadomasoquismo.
La libertad conseguirá abrirse paso. Que no tengan duda sus captores. Las mordazas son su canto del cisne. Un execrable mutis que nos regala un sistema podrido hasta los huesos.
Es la desesperada despedida de un gobierno al que le interesa más vencer que convencer. Están rabiosos. Saben que se van. Y yo... confieso que me alegro.
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