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UN DERECHO INALIENABLE

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Conocer nuestros orígenes es, además de un derecho, una necesidad básica para los seres humanos. Todos deberíamos saber de nuestra procedencia aunque el resultado de esta búsqueda no sea siempre el más deseable. Las sospechas sobre el robo de niños a sus padres y su posterior venta en nuestro país, orquestada en hospitales públicos con la complicidad de religiosos, empiezan a tomar las dimensiones de un thriller espeluznante. Para algunos porque intuyen que sus criaturas les fueron arrebatadas con el más cruel de los engaños, haciéndoles creer que habían fallecido, para obtener un beneficio económico. Para otros porque recelan de la veracidad de sus presuntos progenitores. A la irregularidad de estas adopciones, en muchos casos meras falsificaciones documentales que facilitaron estos robos, hay que añadir
otra cuestión: los escasos escrúpulos de los padres adoptivos que aceptaban sin demasiadas preguntas la transacción. Si terrible es el delito cometido por estos mercaderes de bebés, no lo es menor el de los que recibían "la mercancía" sabiendo que no obedecía a cauces legales.
La oferta de estos menores, como en otros negocios turbios, venía de la mano de la demanda de quienes pretendían elegir niños o niñas a la carta o no daban el perfil de idoneidad para realizar legalmente una adopción. Como madre de dos hijos adoptivos, que a día de hoy son adultos sanos y equilibrados, he tomado contacto con los dramas que padecen algunas de estas criaturas. Muchos de ellos, tras haber superado los tres o cuatro años de edad, dejan de pertenecer a la élite de los adoptables. Acoger a un bebé atiende más a las posibles frustraciones maternales o paternales de los adoptantes que a las necesidades reales de los niños que aguardan una adopción. De ahí esas interminables listas de espera que dificultan el objetivo de los futuros padres mientras miles de chiquillos permanecen en manos de la administración porque ya han perdido esa demandada edad de la inocencia. Los hechos que ahora se investigan deberían servir para restituir la verdadera historia de cada uno y evitar que algo así pueda volver a ocurrir. Pero también debería valernos para reflexionar sobre los auténticos motivos que nos impulsan a la hora de tomar esta decisión. Algo que solo debería determinar la capacidad de amar de cada cual.

Publicado en Público

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