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PAN Y ROSAS

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Ocurrió hace más de un siglo pero pudo ser ayer. Corría el año 1909, en plena revolución industrial, cuando 140 mujeres jóvenes que trabajaban en la industria textil en condiciones infrahumanas murieron calcinadas en la fábrica donde previamente habían sido encerradas.
La incorporación de la mujer al mercado laboral nació bajo el estigma de la explotación en doble sentido. Por ser obreras y mujeres. Nada difícil de creer en un mundo donde los derechos elementales del ser humano permanecían anulados para las féminas. Todavía quedaba un largo recorrido para conseguir el sufragio femenino en los pueblos occidentales. Algo impensable, aún hoy, en otras sociedades del tercer mundo donde la vida de una mujer no vale nada. "Pan y rosas" era el lema de las primeras trabajadoras que se movilizaban por su dignidad. Pero en la actualidad, ni siquiera hemos conseguido librarnos del sistemático feminicidio que sufre nuestro género. En Guatemala por ejemplo, asesinar y violar a una muchacha sale de balde. En la India se sacrifica a las niñas neonatas para evitar pagarles la dote el día de mañana. En los países árabes, donde un ansia de libertad recorre el norte de África, las mujeres son las grandes ausentes en esta revolución. Permanecen en sus casas, prisioneras de una tiranía patriarcal mayor que la ejercida por Mubarak o Gadafi. Tampoco aquí estamos completamente a salvo. Docenas de mujeres mueren cada año a manos de sus compañeros. Cosificadas, como si de una propiedad particular se tratara, y ejecutadas por el imperdonable crímen de contradecir a su macho. También en los trabajos seguimos siendo víctimas de una discriminación que no atiende a la máxima: A igual desempeño de tareas, igual salario. Y en la vida cotidiana y familiar, la mujer tiene que ser ese gran burro de carga sobre el que recaen las labores del hogar, la educación de los niños y el trabajo fuera de casa. Es verdad que algo se ha ido moviendo en los últimos años. Algunas parejas ya comparten las responsabilidades más equitativamente. Sin embargo, aún permanecemos bajo la robusta bota del patriarcado masculino en muchas facetas de la vida. Para romper las cadenas debemos interactuar contra una educación machista que sigue adjudicando roles en función del sexo. Nosotras, las madres, tenemos las claves para acabar con la dominación de un género sobre otro. Ninguna ley es tan poderosa como los principios que inculcamos a la infancia. El pan puede llegar de una lucha común entre hombres y mujeres pero las rosas, esas que solo germinan tras un metículoso cuidado, siguen siendo cosa nuestra.

Publicado en Heraldo de Aragón

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