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UNA LECCIÓN MAGISTRAL

20131124105833-marisol.jpgCada día, desde hace cinco meses, Antonio se sobrepone a sus dolores y molestias cotidianas. Toma unas cuantas píldoras de la innumerable lista de fármacos (ahora re-pagados) que son imprescindibles para que pueda seguir habitando en el planeta. Ajusta la prótesis de su pierna ortopédica y trata de obviar una lacerante hernia, inoperable por su delicado estado de salud, para cabalgar sobre una silla de ruedas y dirigirse hacia el ágora donde imparte sus lecciones de amor y valentía. En plena calle Alfonso zaragozana, con la silueta de la basílica del Pilar recortada en el firmamento, el profesor filósofo y laico insiste en enseñar que la resistencia es el único camino de las mujeres y hombres libres. Antonio Aramayona hace una guardia respetuosa en la puerta de la consejera Serrat con un cartel donde se lee:" Por una educación pública y laica". A su lado Marisol, una mujer adorable, inteligente y tierna, le acompaña durante los largos meses que ya dura la protesta. Otras personas acuden ocasionalmente. Estudiantes, maestros, trabajadores, parados, padres o madres de familia, espontáneos que le interrogan sobre sus motivos y deciden quedarse. Son muchos los apoyos, los guiños cómplices (incluso entre los vecinos del portal de la sra. Serrat). Hasta los mendigos y los artistas callejeros le reconocen y saludan como a uno de los suyos. Algunos de los policías que le transmiten mensajes disuasorios de las autoridades o directamente multas y expedientes, susurran avergonzados a su oído que no les gusta hacer lo que les mandan. Que también tienen hijos y temen por su educación y su futuro. Hay otra gente que reacciona airada e insultante. No pueden soportar la dignidad que exhala este hombre enfermo pero más fuerte que un roble. Lo perciben como una bofetada de rebelde alegría en medio de sus momificadas caras. Antonio aguantará más allá de sus fuerzas. Es de otra pasta. Más allá de la presión fascista y coactiva de un régimen enajenado que quiere doblegar a las personas. Su magistral lección, quizás la última, será su propio ejemplo. ¡Va por usted maestro!

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