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EL DÍA DE LOS EXCLUIDOS

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Este 1º de mayo, como los anteriores, muchos trabajadores saldremos a la calle en conmemoración de los largos años de lucha en defensa de nuestros derechos laborales. Pero este año, el matiz que marca la diferencia, es la desorbitada cifra de desempleados que, unida a la precaria calidad y la inestabilidad de gran cantidad de los empleos que se ofertan, representa a una legión de excluidos sociales de dramáticas proporciones. Ese mítico contrato social que auguraba una sociedad del bienestar en los años setenta parece haberse roto definitivamente. El proletariado se ha transformado en lo que el sociólogo francés Robert Castel ha decidido denominar como "precariado". Esos empleos puente, cuyas lamentables condiciones se aceptaban como una etapa transitoria mientras se hallaba un trabajo estable y digno, se han instalado definitivamente en nuestro mundo occidental produciendo unos níveles de pobreza y marginación inimaginables en la Europa industrializada del siglo XXI. La jungla en la que se ha convertido el estatuto del asalariado, y que afecta de manera especialmente sangrante a nuestra juventud, ha generado unas bolsas de miseria e incertidumbre moral que rompen con las esperanza de abandonar esta situación. Si nos resulta sorprendente el hecho de que la crispación social no tome todavía la forma de las revueltas callejeras que podemos observar en Grecia se debe a que las prestaciones por desempleo y esa prorroga de subsistencia que alarga la agonía algunos meses, han ido dilatando la eclosión de la desesperanza. ¿Pero que sucederá, dentro de poco tiempo, cuando todos estos recursos se agoten? La ciudadanía es consciente de que, mientras la situación de las personas empeora gradualmente, los estados han inoculado millones y millones a los actores financieros responsables de esta crisis. Estos a su vez, han utilizado esta inyección económica para prestar a los ciudadanos y al propio estado el dinero recibido a unos intereses escandalosos consiguiendo unas ganancias desproporcionadas e inmorales. Mientras, la insolidaridad generalizada ha provocado una feroz competencia entre los trabajadores y la sumisión de los sindicatos mayoritarios ante las veleidades de la patronal. Hasta el FMI alerta de que, de no reformarse el sistema financiero, las revueltas sociales serán inevitables. Propongo que el 1 de mayo sea la fiesta contra la injusticia social y la exclusión. Contra la resignada pobreza que el refundado y sanguinario capitalismo savaje ha determinado para todas y todos los trabajadores del planeta. Contra la explotación y la miseria que los depredadores económicos han decidido imponernos para mayor engorde de sus bolsillos. Si no abordamos valientemente y con empatía el avance de estos tiburones, las consecuencias para nuestro futuro pueden ser impredecibles.

Publicada en Diario del Alto Aragón y Heraldo de Aragón el 1 de mayo del 2010 y en El Periódico de Aragón el día 2

29/04/2010 09:56 ana cuevas pascual #. laborales

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