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LAGRIMAS EN TRICOLOR

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Durante la semana anterior a la concentración convocada en Zaragoza el 24 de abril, en apoyo a la Memoria Histórica y contra el proceso al juez Garzón por intentar investigar los crímenes franquistas, algunos hemos estado en la calle informando a la ciudadanía sobre este acto y los motivos que nos impulsaban a organizarlo. Pero sin lugar a dudas, los que más información hemos recibido, hemos sido nosotros mismos. En mi recuerdo permanecerán para siempre estos emotivos encuentros con la gente que, indignados ante la esperpéntica situación que nuestro país está atravesando, han experimentado una regresión hacia el pasado recuperando de un doloroso olvido las historias de sus familiares desaparecidos y represaliados. Algunas de estas personas rompían en un llanto silencioso evocando episodios terribles de su propia vida y de la suerte que habían corrido sus padres, tios o abuelos. Muchos experimentaron una pequeña catársis contándonos, todavía en voz baja y mirando de reojo, hechos tan atroces e irracionales que provocaban temblores en su voz y en todo su cuerpo. Cómo tuvieron que vivir, condenados a un obligado silencio, la indignidad cometida con los suyos. Obligados a callar y resignarse a la injusticia y la barbarie fascista sufriendo, en propias carnes, la marca de caín con la que fueron estigmatizados por pertenecer a familias cuyos miembros habían sido depurados a causa de apoyar la legitimidad republicana. Una mezcla entre la rabia y la profunda tristeza que, gracias a iniciativas como ésta, encontraba una salida digna tras muchas décadas de sufrir la mordaza impuesta por el gobierno golpista y después, por una sociedad demasiado amedrentada para rehabilitar la memoria de las víctimas y ponerles nombre y apellidos a los asesinos. Un auténtico río de lágrimas en tricolor, del que no pude ni quise evitar verme contagiada, que llevaban demasiado tiempo reprimidas a la estricta intimidad de sus hogares y que, al poder experimentar la sensación de compartirlas con otros ciudadanos, tomaron la forma de un caudal purificador y colectivo que no transportaba deseos de venganza sino de justicia.

 

De libertad para hablar alto y claro sobre esta negra etapa de nuestro pasado que falangistas y liberticidas varios siguen empeñados, aún hoy en día, en mantener en el profundo pozo del olvido. Pero el proceso contra Garzón por escuchar las silenciadas voces de los muertos ha levantado los díques que contenían esta infamia. Como un tsunami revitalizador, las lágrimas republicanas se han levantado en toda España para arrasar definitivamente con el miedo y el confinamiento al que fueron condenadas. Al intentar cerrar las bocas de quienes reclaman justicia, dignidad y democracia se ha destapado esa caja de los truenos que, junto con miles de cadáveres, permanecía abandonada bajo las cunetas y las tapias de los cementerios de todo el territorio.

Nada malo saldrá de la verdad. Nada pues debemos de temer. Es el primer paso, pero no será el último, en el largo camino que nuestro pueblo debe recorrer para desembarazarse para siempre de las sombras y fantasmas del franquismo. Ahora que por fin nos hemos decidido a hacer público el llanto por nuestros muertos nada nos impedirá arrebatárselos a la negra tierra a la que fueron arrojados. Solo entonces, cuando cada uno ocupe su lugar, podremos recuperar las riendas de la Historia y escribir los próximos capítulos, no con sangre ni lágrimas, sino con el orgullo y la decencia que corresponde a un Estado Democrático que se ha liberado al fin de este amargo lastre de vileza. Gracias a todos los que, durante estos días, así me lo habéis enseñado.

Publicado en El Periódico de Aragón

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