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PELIGROSOS RADICALES

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Mi primer encontronazo con las fuerzas de seguridad del estado fue en 1978, cuando apenas contaba con 14 años de edad. Había empezado a cursar los estudios de bachillerato en un instituto público zaragozano que carecía de presupuesto para calefacción y por cuyas aulas las ratas campaban a sus anchas, ávidas supongo de adquirir conocimientos. Tal era el grado de familiaridad que la chiquillería alcanzaba con los roedores que llegamos a ponerles nombre e incluso protegíamos amorosamente las camadas de sus crías alimentándolas con nuestros propios bocadillos. Durante ese invierno, singularmente frío, la muchachada estudiantil decidimos hacer algo insólito y evidentemente subversivo: manifestarnos para evitar morir congelados mientras intentábamos recibir clases en las abarrotadas estancias de aquel arcaico centro. He de aclarar que por aquel entonces, servidora no entendía un pijo de política. Recién salidos de la dictadura, pocos padres habían vencido el miedo a opinar sobre estos temas y mi familia no era una excepción. Ahí estábamos, reunidos en la cesaraugustiana Plaza de España, un grupo de adolescentes abertzales que amenazaban el orden público con su desafiante acné y unas insolentes soflamas que reclamaban un poco de calor. Las autoridades de la época, atentas a nuestras reivindicaciones, nos enviaron varias tocineras repletas de "grises" (los antecesores de los actuales anti-disturbios) para satisfacer nuestras peticiones. ¡Y vaya si nos calentaron! Aún recuerdo la eficacia con la que se emplearon para hacernos sudar la gota gorda esquivando las ardientes porras y balas de goma que usaron a tal efecto. Fue entonces cuando, súbitamente, entendí que eso que llamaban democracia aún estaba verde para el consumo ciudadano. Ese fue mi bautismo político. Una respuesta tan violenta que agitó la maquinaria de mi impúber y huera cabecita. Ésto no pasaría de ser una de las miles de anécdotas de la "beatífica" transición si no fuera porque, transcurridos 34 años en ese limbo que algunos llaman democracia, las cosas no han cambiado tanto. Cuando escucho al ministro Wert o al portavoz popular Alonso calificar de extremistas a los padres y estudiantes que defienden la enseñanza pública o a la devota Cospedal negando el derecho de manifestación a los escolares y sus familias, creo haber caído por un agujero de gusano que me deposita otra vez en esos turbulentos tiempos. Y como entonces, muchos chicos y chicas que solo pretenden estudiar, están recibiendo la lección más importante de su vida: Que los peligrosos radicales son los que estan dinamitando la educación pública.
Deberían andarse con cuidado. A ver si a base de tanto recalentar a los jóvenes les va a dar por pensar y acaban de una vez con esta aberrante y deforme visión de la política.

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