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LA HOGUERA DE LOS MISERABLES

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En este país que eternamente se debate entre el "no pasarán" y "arrriba España", existe otro mundo paralelo que no sabe de política ni le interesa porque su prioridad absoluta es la supervivencia. A la pobreza en estado puro, la de las chabolas embarradas, ataudes infernales en verano y cámaras refrigerantes en invierno, no le importa la fractura ideológica de la sociedad. Excluídos por su ausencia de pedigree, se enfrentan cada día a la penuria sin que ningún líder político asome la cabeza por su poblado para enfrentarse, cara a cara, a las infrahumanas condiciones en las que malviven. Ni siquiera una foto oportunista, como la de Rajoy frente al Inem, ni una promesa, ni una palabra de aliento para estos residuos humanos de nuestra sociedad de consumo. Tirios y troyanos prefieren barrer la miseria debajo de la alfombra, aún a costa de que semejante montaña de vergüenza nos impida pisar sobre firme en el suelo patrio.

En España, más de ocho millones de personas viven instalados en la pobreza y una cuarta parte de ellos sufren el desamparo más severo y extremo.

Es esta gente, como los indigentes que aparecieron carbonizados en su modesta chabola del barrio madrileño de Leganés, el combustible con el que se aviva la hoguera de los auténticos miserables. Su trágica muerte no merece mucho más que una reseña en la sección de sucesos. Son invisibles, excepto cuando su paupérrima ubicación perjudica planes urbanísticos o se convierte en un foco de conflictos al que hay que combatir a sangre y fuego. No votan, luego no existen. Estos parias de la tierra, chabolistas aquí pero pobladores de favelas, ranchitos y tugurios varios en el resto del mundo, conforman una legión de desheredados que han sido condenados, desde su nacimiento, a una vida peor que la de un perro callejero. El fuego en el que se consume su existencia lo pretendemos apagar regándolo con el acelerante de la indiferencia y la injusticia. Eficaces pirógenos ambos, pero incapaces de reducir a cenizas nuestra doble moral y el desamparo en el que tenemos a bien haberles colocado.

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