Facebook Twitter Google +1     Admin

NAZIS SIN FRONTERAS

20170815124809-img-melies-20160511-164409-imagenes-lv-otras-fuentes-portada-jueves-301-kktg-656x777-lavanguardia-web.jpg
El asesinato despiadado de una joven anti-fascista en Charlottesville (EEUU)  nos descubre que, el país más poderoso del mundo, también tiene los armarios abarrotados de espectros. Hay viejas heridas en la historia que no acaban de curarse. En España sabemos algo sobre esto. Aquí no faltan voceros revisionistas de la verdad histórica que niegan, o pretenden pasar página, de miles de crímenes que han quedado impunes.  Ejecuciones, fosas abandonadas, torturas, violaciones... Todo se barre convenientemente bajo la alfombra del olvido. Si no, ¿cómo sería posible que el partido en el gobierno hubiera sido fundado por un ministro franquista? De aquello que no se habla, no existe. Invirtiendo la carga de la prueba, se tacha de revanchistas a quienes claman justicia. No se puede cimentar un gran país sobre la humillación y el desprecio a las víctimas de la dictadura. Sobre falacias e hipocresía. Así nos va.
A los estadounidenses también les han contado muchos cuentos chinos. Por ejemplo que Lincoln fue el garante del abolicionismo. Lo cierto es que tengo entendido que era un tipo racista que realmente servía a los intereses de los empresarios industriales del norte. Los derechos de los afroamericanos han sido, y siguen siendo, ganados con su propia sangre, sudor y lágrimas. Componen el sector más pobre de la población. Los negros estadounidenses llenan las cárceles y mueren abatidos a tiros en la calle por la policía.
 A veces, sin ninguna causa aparente más allá del "sospechoso" color de su piel.
Hollywood contribuyó a crear las versiones torticeras que el establisment  necesitaba para escribir los renglones torcidos de la historia. Como el  NODO patrio pero en cinemascope y de difusión internacional. Pero manipular los hechos no es prerrogativa del cine.
Periódicos y otros medios españoles, como El País, nos sorprenden por la tibieza que emplean a la hora de llamar a las cosas por su nombre. Hablan de disturbios entre radicales opuestos. ¿Perdón? ¿Pretenden meter en el mismo saco a los anti-fascistas y a los nazis?
Porque convendría aclarar que los primeros defienden los derechos humanos, están en contra del racismo y a favor de la justicia social. Y los segundos, pues eso. Son nazis. Llevan esvásticas, pegan palizas a la gente de otra raza, a los inmigrantes, a los vagabundos, a los que visten diferente o a los homosexuales. A la hora de repartir estopa son unos demócratas de campeonato.
La explosión de violencia supremacista en Charlottesville no es aleatoria. El mandato de Trumph ha proporcionado un caldo adecuado de cultivo para que salgan a la luz esas heridas podridas. Cerradas en falso desde la guerra de secesión.
Igual que sucede en España. Donde la fundación Francisco Franco  recibe fondos públicos para retorcer maquiavélicamente la historia y pintar al dictador como un santo que no mató una mosca en su vida. Donde se le conserva en un mausoleo, enterrado junto a sus víctimas que permanecen ahí a la fuerza. Aún ahora. Un país donde una organización que fue manifiestamente criminal como Falange, tiene total libertad para esparcir su ideología falsaria y repugnante. Donde organizaciones neonazis reciben cobijo gacias a la generosidad de políticos, igual peperos que sociatas, para reunirse y hacer apología de la violencia irracional.
Hoy en día es habitual que se califique de nazi a casi todas y todos... menos a los nazis. Si defiendes los derechos de la mujer te llaman feminazi. Si te posicionas ideológicamente a la izquierda te llaman nazi y genocida. Si eres ecologista eres una nazi.
En cambio, si te paseas con una cruz gamada al hombro gritando ¡Heil Hitler! estás haciendo uso de tu libertad de expresión.
Cada 20 de noviembre vivimos nuestro propio Charlottesville. Nazis, fascistas y supremacistas patrios exhiben impunemente su antología del horror. Amagan contra una sociedad que quiere convivir en paz. Que quiere cerrar las heridas sí. Pero previa desinfección y limpieza de toda la porquería, como ellos,  que aún supura.
Queremos pasar página pero después de haber leído todo el libro. Es la ignorancia la que permite que tarados violentos de todo el mundo campen a sus anchas amparados en la libertad de expresión. Los mismos que  no dudarían en eliminar a quien se expresa diferente a sus ideas. Como la muchacha atropellada por el nazi supremacista blanco. ¿El crimen es también libertad de expresión?
A riesgo de que me llamen nazi quiero recordar el artículo 510.1.a) del Código penal castiga con una pena de uno a cuatro años de prisión y multa de seis a doce meses a aquellos que “públicamente fomenten, promuevan o inciten directa o indirectamente al odio, hostilidad, discriminación o violencia contra un grupo, una parte del mismo o contra una persona determinada por razón de su pertenencia a aquél, por motivos racistas, antisemitas u otros referentes a la ideología, religión o creencias, situación familiar, la pertenencia de sus miembros a una etnia, raza o nación, su origen nacional, su sexo, orientación o identidad sexual, por razones de género, enfermedad o discapacidad”.
Lo digo para cuando llegue el próximo 20 de noviembre. Por si los mandamases tienen a bien tener la ley en cuenta. Ya que eso de cumplir la ley de Memoria Histórica parece que no cala.

Comentarios » Ir a formulario

No hay comentarios

Añadir un comentario



No será mostrado.





Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris