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EL TRAGACHICOS

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Cuando era niña mi padre me llevó al "Tragachicos". Se trataba de una atracción que se montaba en Zaragoza para la fiestas del Pilar. Un gigantesco baturro por cuya boca  era engullida la chiquillería y del que, tras deslizarse por un tobogán que estaba dentro de su estructura, salían alborozados los pequeños valientes que no temían atravesar las tripas del titán con cachirulo. Pese a que mi progenitor insistía en la inocuidad del artefacto y en la diversión que me perdía, nunca consentí en aventurarme a viajar por su interior. ¿Y si  decidía no expulsarme? ¿Qué pasaría si me quedaba atrapada ahí adentro para siempre? ¿Me buscaría mi familia en sus entrañas? Y aunque lo hicieran, ¿lograrían encontrarme o asumirían mi desaparición como quién pierde un paraguas en un día soleado?.
Por si las moscas, me negué tozudamente a hacer la prueba ignorando las garantías de que nunca había sucedido tal cosa. Pero, en mi caso, nada ni nadie me obligaba a pasar por ese trance. Pude escoger y elegí quedarme agarrada fuertemente a la mano de mi padre. A salvo de los imaginarios peligros que ocultaba esa enorme panza de cartón.
Casi había olvidado ese episodio hasta hace poco.  Hasta que en la actualidad, en la Europa de los derechos y las garantías, 10.000 niños han sido devorados, borrados de la faz de la tierra, volatizados como fuegos fatuos delante de nuestras civilizadas y democráticas narices. Y la imagen del "Tragachicos" vuelve a tomar cuerpo en mi cabeza. 10.000 niños desaparecidos. ¿Cómo han podido perderse? ¿Nadie los busca? ¿Qué clase de monstruos habitamos estas tierras?
Hay que decir que hablamos de niños pobres, inmigrantes a golpe de bombas y carnicerías, que no tuvieron opción de quedarse agarrados a las manos de sus padres. De algunos, ya sabemos su destino. Aparecieron flotando en nuestras costas. Diminutos cadáveres que consiguieron conmovernos un segundo mientras sorbíamos la sopa a la hora del informativo. Pero eso fueron solo los primeros. Aún tenían nombre. Luego las olas nos fueron arrojando muchos más. Tantos que ya no parecían muertecitos reales sino frías estadísticas de ojos vidriosos y esperanzas rotas. Nada de nada.
Pero al menos podemos ver sus cuerpecitos. Ahogados eso sí, por la indiferencia de una Europa caníbal que criminaliza a quienes intentan ayudarles. Como esos bomberos españoles que se juegan la vida por no tragarse la conciencia. Héroes en un mundo miserable que no perdona la solidaridad y cierra las murallas a los inocentes. De los demás se desconoce su destino. Entraron solos en Europa. Niñas y niños desaparecidos en Suecia, en Italia... evaporados a miles. Según la Europol, víctimas de la trata sexual, del tráfico de órganos, de la esclavitud en talleres clandestinos o de adopciones fraudulentas. Desaparecidos en las fauces de ogros contemporáneos que engordan sus repugnantes panzas con sus tiernas carnes infantiles.
En Suecia, hordas de encapuchados (blancos, rubios, instruidos) promueven la caza de menores inmigrantes. En Dinamarca se les despoja de cualquier objeto de valor con la excusa de contribuir a su manutención. De nada sirve esa cultura nórdica, referente de una sociedad civilizada. La sangre de los saqueadores vikingos aflora por sus venas. Deportaciones masivas. ¿A quién importa la seguridad y el futuro de esos niños de piel oscura y una alforja cargada de todos los horrores? No son como los nuestros. Ni siquiera alcanzan la categoría de mascotas. Si desaparecieran nuestros perros y gatos por un sumidero intentaríamos buscarlos removiendo cielo y tierra. Pero estos 10.000 niños esfumados apenas llegan a los titulares de la prensa.
El "Tragachicos" europeo no lleva cachirulo ni alpargatas de cáñamo. Viste con finos paños y corbatas de seda. También come niños. Pero esos pequeños jamás regresan. Se quedan atrapados para siempre entre los engranajes putrefactos de la vieja Europa. Como en los cuentos de Andersen, en esa versión gore y realista que nunca contamos a nuestros hijos para que no se desvelen en su sueño. Quizás se los llevó un flautista o un proxeneta aprovechándose de su indefensión y su orfandad. Sabiendo, a ciencia cierta, que nadie los busca. Que a nadie importan.¡Qué asco y qué vergüenza formar parte de esta Europa!

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