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EL AÑO DEL MONO DE FUEGO

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La mitad cántabra que bulle por mis venas se desangra ante la desolación que dejan atrás las llamas. Es como si el fuego devorara, uno por uno, los recuerdos de mi infancia.  Esas excursiones con ms primos en las que la agreste naturaleza se convertía en un inmenso y siempre sorprendente patio de recreo. La contundente belleza de su paisaje, tan verde como los melancólicos ojos de mi padre, que conseguía dejarme sin aliento. Esa sensación de libertad, de comunión con los árboles y las praderas que supongo que fue el génesis de mi posicionamiento absolutamente panteísta.
 Nos cuentan que son incendios provocados. Oscuros y torticeros intereses se esconden detrás de la mano del pirómano. Subvenciones, recalificaciones... si se investiga a quienes beneficia este desastre estaremos más cerca de los responsables. Pero hay muchos grados de culpabilidad en estos crímenes. Un trabajo en equipo, diría yo. Unos riegan de gasolina el terreno y otros prenden la cerilla. Es el caso del gobierno popular con su nueva ley de montes aprobada en julio del 2015.  Gracias a ella se abrió la puerta a la privatización de los montes y a la recalificación de los terrenos quemados. Esa fue su aportación de gasolina.
Mi otra mitad aragonesa está perdida entre las brumas que atelarañan Zaragoza. El caudal del río Ebro es igual al de los meses más secos del verano. El PHN resucita en el discurso de políticos como Sánchez o Rivera. El trasvase del Ebro, una sinrazón que se puede combatir con planteamientos sostenibles y que respeten la biodiversidad y el medioambiente. Pero, amén de complacer a los votantes levantinos, unas obras de semejantes dimensiones darían pingües beneficios a los de siempre. Más de lo mismo.
Con toda la agitación política y social que nos envuelve apenas queda tiempo para reflexionar sobre lo más importante: Nos vamos al carajo. Inundaciones, tornados, aumento de la temperatura global... todos son claros indicios del desastre pero, en vez de intentar minimizar los daños, pisamos el acelerador a fondo. Nos vamos al carajo... ¡pero en qué cochazos!. Bueno, eso los privilegiados. Porque la inmensa mayoría de la humanidad huye como puede de las consecuencias del cambio climático y de los horrores de las guerras.
El día de los santos inocentes dos niñas sirias llegaron medio ahogadas a la isla de Lesbos. Los servicios de emergencia les cubrieron con unas mantas térmicas que, mecidas por la brisa, asemejaban unas alas desplegadas. Inocentes que intentan sobrevivir en un mundo hostil dominado por arcángeles glaciales. Su imagen desvalida se cuela dentro mis sueños, de mis más tenebrosas pesadillas.
Puede que mi propio fin del mundo no ande lejos. Todos tenemos que enfrentarnos algún día con la parca. Personalmente, me reconforta más la muerte que la vida eterna. ¡Qué pereza! Pero me gustaría pensar que el día de mañana mis nietos, y los suyos, habiten un planeta que no anteponga el dinero a la supervivencia de la especie. En un mundo a salvo de psicópatas y de depredadores en el que sea imposible prender fuego a la esperanza o que a nuestras costas lleguen angelitos muertos por culpa de nuestra insensible miopía.
Para el próximo año no tengo otro deseo que ayudar a hacer posible ese  otro mundo en la medida de mis fuerzas. Un lugar donde la utopía no se quede almacenada en el trastero. Yo no se si es posible pero se que es necesaria. Y  mientras tanto acudiré a algún galeno para que me recete algo. Seguro que ando baja de litio y tengo muy alta la desesperanza. Pastillas para no soñar, al menos en voz alta.
El 2016 es, en el calendario chino, el año del mono de fuego. Entramos en él haciéndole los honores. Como aplicados primates pegándole fuego a su sustento. Monos y fuego. Un cóctel muy peligroso.
 ¡Feliz 2016 para casi tod@s!

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