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¡LA FARSA CONTINÚA!

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Viendo las imágenes del funeral de Suarez es inevitable que nos chirríe alguna cosa. En primer lugar, que un estado aconfesional celebre una ceremonia religiosa, oficiada por el obispo más facha del nutrido elenco patrio, para despedir al primer presidente tras la dictadura. Curiosamente,mientras Suarez iba perdiendo la memoria, muchos de los que hoy lloran su ausencia y se deshacen en halagos al finado, respiraban tranquilos. En este país no gusta nada que a la gente le de por recordar las páginas más siniestras de nuestra reciente historia. Aquí se impone el olvido. Rescatar los huesos de las fosas o esclarecer los entramados del 23-F es cosa de rojos. De guerracivilistas que se empeñan en hurgar en las heridas del pasado para remover odios añejos y sembrar nuevas tempestades. La memoria resultaría grotesca en el contexto que vivimos. Nos haría lúcidos y reflexivos. Ese Franco bajo palio rodeado de la jerarquía católica, brazo en alto todos ellos, no fue un episodio anecdótico y aislado. Era una constante durante toda la dictadura. Los obispos tomaron partido contra el pueblo. Santificaron la matanza bautizándola como cruzada. Guerra santa contra los herejes republicanos. Luego se entregaron a un concubinato con el régimen que les resultó harto provechoso. Un derecho de pernada que mantienen hoy en día y que nos supone miles de millones anuales a las arcas de este estado aconfesional de charanga y pandereta.
¿Desmemoria? Es imposible olvidar escuchando la homilía de Rouco. Ese hombre de dios, al que sin duda le habita Satán en las entrañas, nos amenazó con estar buscándonos otra guerra civil por revoltosos, abortistas y plurales. Y es que Rouco se retira pero por la puerta grande. Ejerciendo de lo que siempre ha sido. Un matón desalmado, con faldas y mucha mala virgen, al servicio del ala más extrema del Partido Popular. 
El funeral, con memoria, revela un esperpento institucional que te pone los pelos como escarpias. Personajes partidarios de una alzheimer colectivo. Desde el rey hasta politicastros que se jactan en la intimidad de haber cavado la tumba política del ex-presidente. Todos juntos, rindiéndole un último homenaje emponzoñado.
Puede que el dictador Obiang (al que ninguno quería estrechar la mano ante los medios) fuera el menos oscuro de los asistentes. Se le ve clarito de qué pie cojea.
Debió ser desconcertante para el sátrapa desenvolverse en este civilizado círculo de cínicos. Él no necesita de tanto subterfugio para gobernar despóticamente a su pueblo.  Quienes lo han invitado bien lo saben. Pero el hecho de que los guineanos padezcan una extrema pobreza, torturas y represión no ha impedido que se negocie con el dictador.
 Eso sí, las muestras de afecto a escondidas. Por eso de guardar las apariencias. Seguro que para el clandestino revolcón, el propio Rouco les dejó usar la sacristía. ¡La farsa continúa! 

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