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LA MALA LECHE


Es la marca del partido. El impulso cavernícola que subyace bajo sus anacrónicos pellejos. A veces, casi logran maquillarlo con unos retoques de cinismo e insustancial verborrea. Otros, como el señor Sigfrid Soria, son más espotáneos. Especímenes en estado puro que dan rienda suelta a una mala hostia que no les cabe en el cuerpo. Después de leer su twitter, he de confesar que tuve dudas con eso de repartir "ostias" entre los perroflautas. ¿Les ofrecía moluscos? Pero inmediatamente comprendí que, para ser diputado o miembro de la Junta directiva Nacional, no hace puñetera falta saber ortografía. ¿Pero qué digo?¡Estamos en España!. En realidad aquí, para ocupar cualquier cargo, no hace falta saber nada de nada. Entonces pensé, ¿les querrá dar la comunión? Como son tan buenos católicos estas gentes. Aunque eso sí, de los de con el mazo dando.
Porque además de las hostias (de las que duelen, con hache), prometía arrancar la cabeza de cualquiera que osara tocar a sus hijas. ¿Y qué tienen que ver sus hijas con el escrache?- se preguntarán ustedes- ¿Acaso han sido molestadas por los dichosos perroflautas? En absoluto. Nadie pretende causar el más mínimo daño a estas pobres criaturas. Bastante tienen con lo de su padre. Es otra vez la mala hostia que emplea Sigfrid para justificar su violencia utilizando a sus hijas torticeramente.
Reducirnos a hostias y a fuerza de repetir sus mentiras, esa es la estrategia. Justificar la represión describiendo la pacífica resistencia ciudadana que ejercen los escraches como enfurecidas turbas de caníbales infanticidas. Los niños son sagrados señor Soria, los suyos y los nuestros. En un escrache se pueden ver personas de todas las edades. Incluso amas de casa y jubilados de más de setenta años que no tienen idea de qué carajo puede ser un perroflauta. Pero que también defienden a sus hijos, a sus vecinos, a sus amigos... y sin amenazar con destrozar las cabezas de los que están destrozando las vidas de sus seres queridos. No lo necesitan. No son de su misma raza.
Los suyo es dignidad a cuerpo descubierto. Un legítimo reclamo de justicia que recibe por respuesta una somanta de hostias por gentileza de las serviles fuerzas de inseguridad del estado.
Tienen suerte estos bellacos de que muchos españoles no tengamos su mala hostia. De que aún conservemos escrúpulos. Pero que no se confíen, que no tensen más la cuerda. Por si las moscas.

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