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¿ORA PRO NOBIS?

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Como gracias a dios no soy creyente, me ahorro el disgusto de sentirme desolada en un mundo impermeable a los milagros. Reconozco que me sería más fácil achacar las injusticias al demonio o encomendar la solución a tanto desastre a alguna suerte de fenómeno sobrenatural.
Lo que pasa es que, al contrario que los que gobiernan en Carpetovetonia, no soy proclive a buscar la solución a los problemas en eventos prodigiosos ni en seres tan omnipresentes como sordos. Por eso tengo mis reservas sobre el hecho de que la virgen del Rocío acabe con el paro como opina nuestra ferviente ministra de los santos inocentes y desempleados. A riesgo de que me consideren una hereje, les diré que me parecería más verosimil que un escuadrón de naves de Raticulín descendiera hasta la tierra para abducir a todos los corruptos, avaros y canallas que pueblan el planeta y dejarlo como la patena.
Pero mientras los extraterrestres se lo piensan, la realidad atormenta nuestra carne trémula. Algunos días, las hostias consagradas nos caen en forma de unos presupuestos que son más infumables que el asunto ese de la concepción vía paloma. Otros, toman cuerpo en un ministro del interior que pide al Papa que rece por nosotros. Y digo yo, ¿es que ahí arriba necesitan que un intermediario les relate nuestras cuitas? ¿no tienen twitter o facebook para que podamos acceder directamente? El caso es que, según parece, a Fernández Díaz le van más las intercesiones celestiales que a San Agustín una parrilla rusiente. Así que el hombre, aprovechando la canonización de una monja íbera, se ha plantado en Roma para dorarle la píldora al Vaticano (ya saben, por si los 13.000 millones de euros que le suelta a la iglesia católica esta viña asolada por los jabalíes del laicismo no fueran suficientes). Y a tal efecto, ofreció en la embajada de España ante la Santa Sede una cena de gala y de copete. Tan bien debieron de pasarlo los respetables comensales que, tras agotar hasta la última gota de vino de la romana sacristía, el ministro se vino arriba y soltó esta enigmática charada: "Cataluña será cristiana o no será’ y yo añadiría que España será cristiana o no será, y también quisiera decir que Cataluña sin España no sería Cataluña y España sin Cataluña no sería España”
El auténtico milagro sería desentrañar el acertijo. Pero, como he dicho al principio, servidora no es aficionada a los remedios portentosos. Es más, como soy asquerosamente pragmática, propongo uno muy mundano para ese nuevo roto de más de 10.000 millones que le ha salido a las cuentas de la seguridad social de este impío estado: Dedicar toda la pasta que le damos a la Iglesia a remedar el agujero. ¿No sería un gesto más cristiano que una oración del Pontífice? Por último, una sugerencia para que Benedicto economice en jaculatorias. Libérense de sus onerosos bienes materiales y, hasta los más reticentes descreídos, creeremos en milagros. Palabra de atea. Amén.

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