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EN EL NOMBRE DE LOS HIJOS

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El instinto de protección que nuestra especie siente por su progénie (hablando en términos genéricos) es más fuerte que el de la propia supervivencia. Eso no nos hace mejores que cualquier otra criatura de la fauna animal. Es una característica que compartimos con casi todos ellos. Un factor congénito que ha sido decisivo para que los seres humanos no nos extermináramos antes de hora. Los mineros de la Marcha Negra piensan precisamente en sus hijos mientras patean las carreteras de una patria malvada que no los reconoce. De una España descastada cuyo gobierno incumple los acuerdos con la minería pero no se muestra tan roñoso cuando se trata de tapar los agujeros de los ruinosos negocios de los amiguetes. Los mineros piensan en sus hijos cuando son recibidos en ciudades y pueblos entre el calor y la solidaridad que les transmite la gente. También cuando, rastreramente, en algunos municipios del PP les niegan el cobijo para pasar la noche escudándose en que no cuentan con instalaciones adecuadas. En ellos, en sus hijos, piensan los mineros de Pola de Lena. Y la desesperación por su falta de futuro estalla de forma violenta y es aún más violentamente reprimida. Tened presente el hambre, advertía el poeta. Con hambre reaparece la fiera, recobra sus instintos, sus patas erizadas, sus rencores, su cola. Si además esa fame acecha a nuestra descendencia, la cosa se pone peliaguda.
Ahora se anuncian nuevos e injustos recortes que van a empobrecernos a mayor velocidad. Paulatinamente, la sociedad española empieza a experimentar en sus carnes el colmillo y la pezuña con los que tritura la miseria. Cómo se pulverizan las oportunidades de nuestros hijos, su educación, su salud e incluso sus posibilidades de subsistencia. Varias generaciones condenadas al mordisco del hambre para saldar las deudas de la Gran Estafa perpetrada por los tiburones. Hasta yo, que solo soy un manso animal obrero, siento como se me ejercita la bestia. Por mis hijos también podría volverme fiera.

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