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RATAS, MOSCAS Y OTRAS PLAGAS NECESARIAS

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Para nuestros dirigentes existen prioridades ineludibles. Pagar el insondable agujero de la banca es el primer mandamiento que anula todos los demás. Esta sacrosanta obligación debe cumplirse administrando a la ciudadanía generosas dósis de ricino en intragables cápsulas disfrazadas de austeridad. No solo se acabó el café para todos como ya vaticinó Arturo Fernández (famoso por su impecable gestión empresarial, un espartano estilo de vida y sus comedidos hobbies de coleccionista de autos de alta gama). Se finiquitan también la sanidad universal y gratuita, la enseñanza pública de calidad, las ayudas a la dependencia, los fondos destinados a la investigación, los derechos laborales y todas esas fruslerías que, amén de generar gastos suntuosos para nuestro estado, mantenía entre el populacho la pérfida ilusión de que puede existir algo que se denomina justicia social. Una entelequia imposible pergeñada por utópicos y débiles mentales. La culpa de nuestra odiosa deuda no fueron las infraestructuras faraónicas, los aeropuertos sin aviones o los sueldazos y bonificaciones ultramillonarias de los abnegados servidores públicos y gestores financieros. Tampoco los dineros que sustrajeron a espuertas de nuestras arcas públicas ladrones de guante blanco, almas negras como el Tito y carísimos trajes y corbatas. Ni esa burbuja inmobiliaria cuyo reventón era más que previsible. Los responsables somos esa legión de indigentes que reclamamos pan, trabajo y dignidad ignorando que, tales privilegios, no nos corresponden por origen. Están decididos a que abramos los ojos. A cada uno lo suyo. Y lo nuestro no es el café, la educación, la igualdad de oportunidades ni la asistencia sanitaria. Esas cosas son exclusivas para quienes puedan obtenerlas a golpe de billetera. Los demás, al siglo XIX de cabeza. Y para que vayamos acostumbrándonos a la miseria, qué mejor que unas cuantas plagas de insectos y alimañas que recreen el ambientazo de aquellos maravillosos años. Así lo cree Ana Botella que describe como una necedad innecesaria recoger la basura cada día, para mayor regocijo de las ratas. O las administraciones aragonesas que, en pleno delirio recortador, prefieren que nos devore la epidemia de la mosca negra a gastar un euro en su exterminio. Pero no sean mal pensados. Los jefazos, como de costumbre, lo hacen todo por nosotros. Su objetivo: devolvernos al antropológico nicho proletario del que nunca debimos soñar salir. Las ratas y las moscas solo son parte del atrezzo. A ver si así, vamos entrando en la materia.

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