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NAÚFRAGOS

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Un coche viejo es el último residuo de hogar que le queda a la pareja. Llevan casi un año viviendo en ese automóvil estacionado en el parking trasero del hospital. La mujer es de una delgadez extrema, como si la hubieran trazado en el aire con un rotulador. Cuando sube por la cuesta de las urgencias para asearse gatunamente en los baños públicos, parece que se deslice sobre una alfombra mágica y silenciosa. Igual que toda ella. Nunca he oido su voz. Tampoco es fácil encontrarse su mirada. La mantiene fija en algún lugar inaccesible a mis ojos. Quizás en una escena del pasado en la que aún era vulnerable a la risa y al llanto. Antes de metamorfosearse en un fantasma y desdibujarse del mundo de los vivos. Su compañero apenas sale del vehículo. Pasaron meses antes de que pudiera verle fuera. Posiblemente antaño sería un tipo alto y corpulento. Ahora su anatomía se derrite bajo una cabeza inclinada siempre hacia delante. Cercenada solo a medias. Sin cura ni eutanasia para finalizar con tanto sufrimiento.
Son dos de los fijos pero hay muchos más. De hecho, cada día aparecen nuevos naúfragos en el vestíbulo del hospital. Es fácil distinguirles de los usuarios corrientes. Permanecen aferrados a sus escuetas tablas. A los escasos enseres personales que pudieron rescatar del hundimiento. Sucias mochilas repletas de objetos preciosos únicamente para ellos. Entre los calcetines sucios, una carta o una foto que son el testimonio de que fueron amados. Cualquier cosa que les recuerde que formaron parte del concierto que ahora los excluye por ser notas disonantes.
Su voz está ausente de las manifestaciones. No se escuchan sus protestas porque ya no protestan. El naufragio se ha tragado hasta la rabia.
La resaca la deposita a mis pies. Es un grito doloroso y amarillo que se clava en el vientre. Un dolor que avanza hasta mi boca para abrirse paso como un rayo cortando la mañana. Yo os prestaré mi voz hermanos. Es más, propongo componer un coro colectivo que chille en el nombre de vuestro mudo naufragio. Una sirena solidaria que os oriente cuando queráis volver a casa. Todos zozobramos en la perfecta tormenta financiera. Los más privilegiados escapan de la tempestad en sus lujosos yates. A otros, también afortunados, algún ser querido nos lanza un salvavidas. Pero cada vez hay más naúfragos flotando a la deriva del total desamparo. Sin un cabo al que agarrarse. Sin energía.
Braceando en medio de un océano de sangre, en el que cuesta muchísimo levantar la mirada para poder atisbar tierra.

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