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TACITA A TACITA

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Mientras el Gobierno, los accionistas de YPF y cuatro patrioteros desangelados ponen el grito en el cielo por el oro negro que nacionalizan los argentinos, a los españolitos de a pie, nos expropian otro líquido negruzco sin contemplaciones. Vale que el café no esté tan cotizado como el petróleo que Repsol obtiene a fuerza de arrasar y contaminar todo lo que toca. Pero no podemos olvidar que la petrolera fué vendida por sucesivos y alternantes gobiernos a unos particulares. Ergo, al no ser nuestro el negocio, ya me perdonarán que no me rasgue las vestiduras por lo que algunos consideran un atraco a la Madre Patria.
El robo viene de antes, cuando unos y otros se afanaron en desmantelar todo el entramado de las empresas nacionales para sacarlas a subasta entre los amiguetes. Las víctimas, como es tradición, la mayor parte de la ciudadanía española.
Igual que ahora con esa obsesión con quitarnos el café. Claro, el café es solo la palabra clave que usan cuando hablan del expolio contra el pueblo. La introdujo sibilinamente el Vicedios de la patronal, Arturo Fernández, cuando hablaba de lo extremadamente cruel que debía ser la reforma laboral. ¡Se acabó el café para todos!, nos anunció iracundo. Y luego vino lo que vino.
También la empleó el secretario de Estado, Antonio Beteta, para advertir a los funcionarios que debían renunciar a la cafeína. A la cafeína, a la estabilidad laboral, a un salario digno y a todos esos fueros burgueses que los sindicatos han conseguido en los últimos cincuenta años. Y del hilo del café tira también otro privilegiado cráneo pepero para explicar que el re-pago de las medicinas va a suponer a los jubilados lo mismo que cuestan cuatro tacitas de la infusión al mes. Aparte de que este tipo debe pagar el café al precio del petróleo, alguien debería explicarle que muchos pensionistas apenas pueden costearse un paquete de achicoria. Menos aún la medicación que por desgracia necesitan.
Que con cada tacita que nos requisan nos están robando la salud, una vejez digna para los mayores, la educación de nuestros hijos, los derechos laborales y hasta el de legítima defensa contra tanta tropelía.
Al menos, tengan ustedes los bemoles para llamar a las cosas por su nombre. Al pan, pan y a su recurrente "se acabó el café", esclavitud.

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