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LA FACULTAD DEL LATROCINIO

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Gonzo, el audaz reportero de El Intermedio, acudió  a la presentación del último libro de Mario Conde. En este incomparable marco se le ocurrió formular una pregunta al personal asistente estableciendo una comparativa entre el sr. Conde y el sr. Roldán, ambos ex-convictos del delito de meter la mano en caja ajena. Sorprendentemente, la totalidad de los encuestados restablecerían su confianza en don Mario pero no lo harían, bajo ningún concepto, en el antiguo director de la guardia civil. Y hete aquí el argumento empleado para reivindicar al actual tertuliano de Intereconomía: Mario Conde, al menos, tiene un título universitario. Pertenece a otra clase, vamos. Porque hasta entre los ladrones hay categorías. No importa que ninguno de estos nefastos personajes haya devuelto el dinero sustraido. El zafio e indocumentado Roldán no está a la altura del relamido abogado
 Conde nunca restituyó los 600 millones de los que se apropió, sin presunciones, cuando presidía Banesto. Pero esta cuestión no ha sido óbice ni cortapisa para que el ex-presidiario titulado pontifique sobre economía desde las cadenas de la caverna mediática. De hecho, invirtió gran parte de su cuantiosa fortuna en el Grupo Intereconomía. Aunque ésta no es su única aventura financiera en el campo informativo. También figura como accionista y socio de la unidad editorial del ínclito Pedro J. en El Mundo. Y hace un tiempo, se dejó unos buenos cuartos en editar su propia revista, MC, en el extinto diario YA auspiciado por otro ilustre letrado de la crónica negra nacional, Emilio Rodríguez Menéndez.

Otra cosa es dilucidar de dónde salió el capital que emplea don Mario para sus escarceos mediáticos y por qué, a pesar de haber amontonado tanta pasta,  no ha devuelto un solo euro de lo que afanó. Evidentemente, tener estudios es un grado. Aún más es una garantía de que en este país, aunque te pillen con las manos en la masa, sabemos perdonar a los facinerosos. Claro, siempre que sean doctor honoris causa y les quede fetén el pelo engominado. Algo así debió intuir El Lute cuando decidió estudiar derecho detrás de los barrotes.

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