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QUE LA TIERRA TE SEA LEVE, AMIGA JUANA

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La muerte es inquietante. De alguna estúpida manera esperamos que el pálido jinete pase de largo sin rozarnos. Sin que las pezuñas de su montura devuelvan nuestra carcasa mortal al polvo primigénio. Como para cualquier otro animal, la vida y su disfrute es el motor de todos nuestros actos y deseos. Podemos sobrevivir a la enfermedad, a la guerra, a los accidentes o incluso al desengaño. Pero al final, ineludiblemente, la muerte nos espera. Y a pesar de ser definitiva, en ocasiones, resulta más humana que la vida. Ramona Estevez tuvo una existencia larga. A sus 90 años un infarto cerebral la postró en un coma irreversible. Ramona ya no podía gozar de la compañía de sus seres queridos. Ni sentir los rayos de sol acariciando sus veteranas mejillas. La medicina podía mantener su cuerpo suspendido en un limbo aséptico que la ayudaba a respirar. Su corazón latía pero ella, la mujer que amó y sufrió, la madre que manifestó a su hijo el deseo de no prolongar artificialmente su vida, ya no habitaba entre los suyos.  Personas que nunca conocieron a Ramona, como los miembros de la Asociación Derecho a Vivir, trataron de erigirse garantes de su supervivencia. Enarbolaron argumentos contra-natura para tratar de retenerle, prisionera de un cuerpo y una mente que no le respondían. Intentaron que su carne sobreviviera sin ella, condenando a la anciana y a sus familiares a una lánguida agonía sin sentido en el nombre de un dios cuyos designios parecen ser diametralmente opuestos a la Naturaleza. Para los que, como servidora, amamos la vida con vehemencia no existe peor destino que finalizar nuestro periplo convertidos en inertes zombis. Vaciados de emociones y ausentes del placer de los sentidos. Conectados a una máquina. Rebajados a la condición de esclavos, cadáveres a los que se obliga a deslizarse lentamente hasta el fin contra su voluntad para sosegar las escrupulosas conciencias de quienes pretenden salvar nuestras almas.

¡Por fin eres libre amiga Juana! Que la tierra te sea leve.

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