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LÁGRIMAS DESANGELADAS

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Retrato de Jerónima y Fernando, vilmente asesinados por una España mejor.

Cualquier contienda, actual o del pasado, abre la puerta al horror en estado bruto. Psicópatas, sádicos y asesinos múltiples hayan en las guerras patente de corso para realizar sus fechorías. Nuestra guerra civil, por ser la que nos toca más íntimamente, ofrece múltiples ejemplos de la barbarie homicida que agarra en algunos cuando se abre la veda de la sinrazón. Quizás no parecieran monstruos pero lo eran. Hombres católicos, padres de familia, leales guerreros por una España nueva que buscaba su unidad de destino en lo universal, fuera lo que fuera eso. Criminales en nombre de dios y de la patria que lucían el yugo y las flechas bordado sobre sus turbios corazones. Como aquellos que, hace más de setenta años, llamaron a la puerta de Jerónima preguntando por su marido, un simple sindicalista leonés. Al no encontrarle, acribillaron a balazos a su mujer embarazada de seis meses. Luego, lanzaron al aire a su hijo pequeño para practicar el tiro con el menudo cuerpo. Sus cadáveres quedaron olvidados durante décadas bajo la espesa tierra con la que cubrimos el exterminio fascista en estos lares. Nadie ha pedido su canonización, como ocurre con las víctimas del otro bando. Ni falta que hace. Es justicia lo que reclaman sus pulidas calaveras. Justicia y memoria. La familia no pudo enterrarlos dignamente hasta hace poco y gracias a la intervención de ARMH (Asociación para la recuperación de la Memoria Histórica).
No escribo esto para calificar los hechos. Hablan por sí mismos y yo no tengo palabras. Solo lágrimas de dolor y de rabia. Lágrimas desangeladas por un pasado que se esconde y permite que los falangistas se presenten a las urnas de un estado democrático sin que nadie les obligue a abominar de la ideología terrorista que tanto sufrimiento trajo a este país. No hay mas que bucear someramente en su página web para comprobar que siguen siendo los mismos perros. Las mismas fauces fascistas orgullosas de una herencia de crueldad y tropelías que no dudarían en repetir si pudieran. Se alimentan con odio. Con las macabras hazañas de una historia por la que nunca tuvieron que rendir cuentas. Pero Falange no es Bildu. Ni siquiera es ETA. Hasta entre criminales existen las clases. Y por lo visto, el exterminio sistemático de todos sus enemigos, durante y después de la contienda, les confiere el aura de ángeles furibundos e intocables. Incluso hoy en día.

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