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Los mercaderes cuentan cuentos (Art. de Antonio Aramayona en El Periódico de Aragón)

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Nos habían pintado un mercado ideal, donde productores, vendedores y compradores de un mismo producto o servicio no establecen aisladamente los precios, pues es solo el armónico equilibrio de las fuerzas del mercado lo que determina el precio. Hablaron incluso de una «competencia perfecta», en la que el precio es el resultado natural de la interacción entre la oferta y la demanda. Para ellos, el mundo se compone de millones de compradores y vendedores que viven, respiran, consumen y fijan precios de forma libre, natural y espontánea.

Las empresas deciden cuánto producir y los consumidores cuánto adquirir en la mejor de las economías posibles, sobre el balanceo de las curvas de demanda y los equilibrios parciales del mercado, que siempre ha de ser libre, pues el precio de los bienes y servicios son acordados civilizadamente por los vendedores y los consumidores, con las leyes de la oferta y la demanda, y la libre competencia.

Adam Smith hizo famosa la «mano invisible » del mercado, cual divina providencia en el mundo económico, que exige a los humanos el sagrado deber de garantizar la competencia, capaz por sí misma de determinar con justeza y justicia los precios, la oferta y la demanda de los productos. Con tal de que no se meta por medio el Estado, la mano invisible, al compás de las leyes objetivas de la oferta y la demanda, compensa cualquier desequilibrio y regula las oscilaciones económicas del mercado libre y equitativo, por encima de los intereses y las pasiones individuales.

Otros, como F. A. von Hayek, llegan a afirmar que todo es consecuencia de un «orden espontáneo» en el mundo natural y económico: así como existen el lenguaje, la música, los gobiernos y las leyes como respuesta natural a unas necesidades concretas, de igual modo el sistema de los mercados ha surgido de forma espontánea como vía óptima para alcanzar el progreso y el bienestar, con tal de que los Gobiernos e instituciones no interfieran en ese proceso espontáneo y natural de la oferta y la demanda.

Sin embargo, desde el inicio mismo del liberalismo la libertad y el justo equilibro brillaron por su ausencia, comenzando por la raíz misma de las relaciones económicas: la compraventa de la fuerza de trabajo de los productores a cambio de un salario y en la que el capital obtiene una plusvalía. Desde entonces, una sola constante ha permanecido inalterable: una minoría se ha enriquecido a costa de la inmensa mayoría de la población. Las leyes y los sistemas han sido impuestos por esa minoría, que ha financiado y eliminado a su antojo campañas, candidatos y grupos ideológicos y de presión.

Finalmente, en un proceso constante de oligopolios y monopolios financieros el desequilibrio económico se ha hecho mundial, en pos de mano de obra cada vez más barata y de materias primas en países subdesarrollados salvajemente explotados.

POR LO MISMO, sus mercados supuestamente libres se han ido quitado la careta sin el menor sonrojo para implantar un mundo económico mundial sin regulación alguna y sin ningún control. Pululan diariamente por las redes invisibles de los mercados financieros enormes cantidades de dinero, equivalentes al PIB de muchos países desarrollados, sin que nadie pueda y ose poner coto legal a los negocios sin límite de los mercados. Sacan a relucir cada día Wall Street o las bolsas de Tokio, Fráncfort o Londres, pero jamás hablan de las islas Caimán, Cook, Vírgenes o Man, paraísos fiscales por los que pasa el 50% de las transacciones financieras mundiales y donde está depositado impunemente el 23% de los depósitos bancarios del mundo.

Nos aturden noche y día hablando de terrorismo internacional y de seguridad mundial, pero ocultan que el peor de los terrorismos es el terrorismo financiero que perpetran. En los medios aparece profusa y crecientemente la eufemística expresión «los mercados », donde desde la estratosfera rica y financiera compran y venden el mundo y la vida. Los mercados parecen sufrir, presionar, ahogar o dar alivio a determinados países, tener euforia o ansiedad devoradora.

Pero nada se dice sobre quiénes están detrás de esos «mercados» que juegan al Monopoly con las deudas de los países, que imponen recortes salvajes y reducción del déficit, que tienen en sus manos la soberanía misma de los países. Leemos incluso que EEUU puede estar al borde de la quiebra y declararse en suspensión de pagos porque para una minoría radical e intransigente reducir el déficit sin subir impuestos constituye un dogma de fe.

A la vez, la superempresa financiera JP Morgan Chase, que aprovechó la crisis de las subprime en 2008 para enriquecerse hasta los tuétanos, anuncia que ha obtenido un beneficio neto trimestral de 5.430 millones de dólares, con unos ingresos entre abril y junio de 26.780 millones de dólares. Ese mismo día nos enteramos de que diez millones de africanos están en peligro de morir de hambre. Más claro, agua.

*Profesor de Filosofía

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