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NADA COMO LA FAMILIA

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Andan pululando por ahí tediosos informes que tratan de desnaturalizar las uniones entre personas del mismo sexo y la posibilidad de que puedan adoptar niños. Sostienen teorías conspiratorias según las cuales la única finalidad del matrimonio homosexual es acabar con el matrimonio heterosexual y la familia tradicional. El miedo y la intolerancia supuran por todos los renglones de sus argumentos. Se parapetan detrás de la ignorancia o directamente de la homofobia. ¿Por qué se sienten amenazados? ¿Por qué les asusta tanto que dos seres que se aman decidan comprometerse  y formar una familia? Conozco, como todos ustedes, cientos de familias heterosexuales  que reproducen el patrón convencional. Cumplen con el modelo clásico que perpetúa ese concepto piramidal y machista de la sociedad. Y muchas de ellas son un asco. También conozco otros tipos de familia que se consideran más heterodoxas. Matrimonios o parejas, del mismo o diferente sexo, que han roto con estos esquemas antropomórficos y que basan su relación en el respeto y el cariño entre iguales. Sus hijos, biológicos o adoptados, crecen en un ambiente que no discrimina ni adjudica roles por cuestiones de sexo. Mi experiencia personal me demuestra que se trata de criaturas más equilibradas y felices que las que provienen de una educación patriarcal y autoritaria. Más permeables a las diferentes sensibilidades sociales. Han desarrollado su inteligencia emocional en el núcleo de un hogar que no está supeditado a la supremacía del varón ni a la jerarquía que defienden furibundamente los intransigentes. Fanáticos como monseñor Rouco Varela o el escandalizado Foro de la Familia que abominan de cualquier prototipo que no sea el que ellos propugnan. Posiblemente, estos detractores son el fruto de la represión y el oscurantismo que sufrieron en su infancia. Adultos traumatizados desde la niñez que no tienen el valor ni la generosidad para entender que otra estructura familiar es posible. Y necesaria si queremos un futuro poblado por personas libres de prejuicios y atavismos tribales. España reconoce desde el 2005 este derecho. Se trata de una de las aportaciones más progresistas y justas que ha llevado a cabo el gobierno de Zapatero. Ahora que el cambio de color político es un hecho, son muchas las voces que solicitan que se anule esta posibilidad. Con ella, abandonar el ideal de una sociedad en la que los seres humanos se relacionen equitativamente sin que su origen o tendencia sexual marque ninguna diferencia. Y Eso sí que debería ponernos los pelos como escarpias.

Publicado en el diario Público

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