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ENTRE INDIGNOS E INDIGNADOS

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Eduardo Galeano mantiene que el mundo está dividido entre indignos e indignados y que no existe lugar para posiciones intermedias. Los indignos no están representados únicamente por banqueros y políticos que obedecen una tecnocracia invisible. También están entre nosotros, la gente corriente. Lo único que varía es el nivel de corrupción al que se tiene acceso dependiendo de la posición social que se ocupe. Podemos considerar indigno a todo aquel individuo que intente medrar sin reparar en escrúpulos sobre el perjuicio que ello produce en los demás. Si es correcto calificar de indigno el comportamiento del presidente del FMI, que viola aleatoriamente países o señoras, no lo es menos el del sindicalista que vende a sus compañeros por obtener un beneficio personal o por la acomodaticia cobardía de no rebelarse a la injusticia. Indigno es el maestro que no educa para pensar o los padres que no transmiten un legado de valores humanos a sus hijos. Hay muchas escalas en el baremo de la indignidad que afectan a una cultura que glorifica el triunfo y penaliza el fracaso como un pecado sin redención. Sin embargo Galeano nos recuerda que algunos celebres perdedores como Sócrates o el propio Jesucristo consiguieron modificar el rumbo de la historia. Sus armas fueron el amor y el coraje, como en el caso de la filosofía que exhiben los indignados de las plazas españolas. Igual que ellos, se rebelan pacíficamente contra un sistema enemigo de la gente. Aprenden a poner la otra mejilla e insensibilizarse contra la violencia de los que no comprenden y, mucho peor, de los que entienden y pretenden criminalizarlos. Pero no se callan. El gérmen de una ciudadanía comprometida y valiente late en sus propuestas. Están recuperando unos principios que se consideraban inútiles y trasnochados para regalárselos a una sociedad gravemente enferma de indignidad. ¿Cómo acabará todo esto? Galeano nos recuerda poéticamente que el amor es infinito mientras dura. Y deja poso. Las plazas acabarán levantándose inevitablemente. Y sería conveniente hacerlo pronto, antes que su mensaje se contamine. Pero no para que se disuelva el grito mudo de su indignación sino para consolidarlo como un movimiento emergente, digno y con proyección. Ha llegado la hora de abandonar los campamentos y trazar estrategias prácticas para canalizar la indignación. Si esta decisión se demora demasiado podría acabar imponiéndose el desamor.

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