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NI CESA NI SE AGOTA

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La poesía de Miguel Hernández sigue siendo para muchos de nosotros ese rayo de esperanza que no cesa ni se agota. Tampoco para él cesa la infamia que le condenó a muerte durante el franquismo por rojo, rebelde chivato y traidor, como rezaba su sentencia. Recientemente el Tribunal Supremo se ha negado a revisar la condena. Estos ilustres togados, como recordarán ustedes, son conocidos por su defensa enconada de la ley de la Memoria Histórica. Lo ocurrido con Garzón y su investigación de los crímenes del franquismo dan buena fe de ello. Sin embargo no tienen pudor alguno en agarrarse a dicha ley para desestimar la anulación del proceso. Explican que tras su entrada en vigor, todas las condenas por motivos ideológicos o políticos son consideradas como radicalmente injustas e ilegítimas por vicio y falta de forma. Vale, lo del vicio reiterado de nuestra alta magistratura en no esclarecer todo lo concerniente a esta tenebrosa etapa no nos coge de sorpresa. ¡Pero lo de las formas! Las formas las hemos perdido hace mucho tiempo señores. Desde el momento que más de 30 años de democracia no son suficientes para rehabilitar el buen nombre del poeta se puede intuir que, más que guardar las formas, lo que se nos exige es que olvidemos y enterremos el pasado en las mismas fosas donde permanecen Hernández y los otros represaliados del antiguo régimen. Pero lo que nunca podrán sepultar pese al empecinamiento de los jueces es la fuerza de sus versos, a menudo tan premonitorios. Esto sí que es una lección de buenas formas: Guiando un tribunal de tiburones,/como con dos guadañas eclipsadas,/con dos cejas tiznadas y cortadas/de tiznar y cortar los corazones.

Publicado en diario Público

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