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MEMORIA DE LA CARNE TALADA

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Es cierto que el dictador lleva muerto muchos lustros. Ese monstruo que cercenó la libertad de este país, con la pericia de un cirujano sociópata y eficaz a partes iguales, lleva treinta y cinco años debajo de una losa de granito de 1.500 kgs. He de reconocer que es un hecho que me tranquiliza un poco. Sin embargo, su megalomanía le condujo a mandar construir esa monstruosidad funeraria que se denominó "El Valle de los Caídos". La sangre de los prisioneros republicanos regó cada peldaño de la megalítica obra. La cruz que corona el monumento fue esculpida con la carne talada de los que defendieron la legitimidad del gobierno democrático. Es un escarnio, casi herético diría yo, que intenta sacralizar la ignominia. Como si dios refrendara esta iniquidad confiriendo al Criminalísimo licencia para matar, someter y humillar la voluntad de un pueblo en su nombre. Seas o no católico, la asociación del símbolo cristiano con los valores que encarnó Francisco Franco debería escandalizarnos. Pero mucho más, que su voluntad se siga respetando después de su muerte con la insolente permanencia de ese monumento al fascismo que se ha convertido en la Meca de los acólitos y nostálgicos de la dictadura. Ante la polémica sobre si el Valle de los Caídos debería volarse por los aires o reconvertirse en otra cosa, yo lo tengo claro. Incluso propongo hacer una colecta para comprar la dinamita. Porque creo en la catarsis curativa, apuesto por extirpar del paisaje ese panteón maligno. Quizás, de paso, sirva de exorcismo contra todos los fantasmas del franquismo que aún nos impiden comportarnos como un país democrático y maduro.

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