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CORAZÓN Y CEREBRO

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A Winston Churchill se le atribuye la famosa frase: Si a los veinte años no eres de izquierdas, no tienes corazón. Si a los cuarenta no eres de derechas, no tienes cerebro. La escuché por primera vez, siendo extremadamente joven, cuando empezaba a nacerme la conciencia y su doloroso parto me arrojó de bruces contra un mundo ofensivo, injusto y cruel. Sentí un escalofrío recorriendo la columna al pensar cómo sería esa metamorfosis anunciada. En qué momento sucedería y cuál iba a ser el detonante que produjera mi inevitable mutación ideológica. Pero mientras no llegaba, seguía soñando en la posibilidad de otro mundo mejor. Ahora, con cerca de medio siglo a mis espaldas, mi descerebrado corazón late más agitado que nunca. Ninguna de las experiencias o desencantos sufridos en todos estos años han alterado los principios que acaricié en mi juventud. Muy por el contrario, el desarrollo de los acontecimientos actuales y la quiebra del quimérico contrato social me han reafirmado en mis convicciones acerca del peligro que, para el género humano, supone el sistema capitalista encarnado por la derecha y aceptado por la pseudoizquierda. Sin embargo, existen destacados intelectuales, representantes de las corrientes liberales más conservadoras, que abominan de su temprano concubinato sentimental con la izquierda. Vargas Llosa, Jiménez Losantos, Pío Mora o César Vidal son algunos de los que, cumpliendo con la sentencia churchilliana, se han desprendido de un corazón apasionado para presumir de cerebro. El problema es la salud de la que gozan esos sesos de los que tanto se pavonean. Porque hasta un profano en biología entiende que el corazón es quien bombea el flujo sanguíneo que alimenta al resto de los órganos. Por eso sus cerebros se han secado. Por la falta de riego. A fuerza de amordazar y reducir sus corazones, han elaborado un pensamiento enfermo para justificar su transfuguismo al lado oscuro. Pero en realidad, han elegido el bando que más le convenía a la triste isquemia que padecen sus cerebros.

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