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DEL GÉNERO TONTO

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Existe una expresión aragonesa que, personalmente, siempre me ha hecho mucha gracia. Se utiliza para calificar a una persona o un comportamiento como propio del grupo más equitativo y universal de todos cuantos conocemos: el género tonto.

Es un concepto generoso que no discrimina entre tendencias sexuales, clases sociales, creencias o ideologías. Todos en algún momento de nuestras vidas, y algunos de forma permanente, hemos hecho o dicho algo que nos ha delatado como entusiastas miembros de este club del descerebre.

Ser del género tonto no se limita a la habilidad de cada quien para pergeñar tonterías. Implica que esas estupideces son cometidas aun a sabiendas de que van en perjuicio propio.

Para explicarlo de una manera clara e inteligible pondremos un ejemplo al azar:

Imaginen una empresa que se pasa por los bemoles los derechos fundamentales de sus empleados, un Air-Comet o Marsans cualquiera, y cuyos representantes sindicales por ineptitud, desinterés, cobardía, lealtad inversa o pocas luces no ponen freno a los desmanes de su patrón. Sigan imaginando que un buen día, el astuto contratador convocara una asamblea de trabajadores donde las traiciones, torpezas e imprecisiones de sus sindicalistas fueran relatadas minuciosamente para coronar su discurso con la conclusión de que la plantilla estaría mejor sin ellos. Con toda probabilidad, sus argumentos torticeros lograrían convencer a gran parte de la audiencia que, sin estrujarse las meninges, podría decidir que es mejor eliminar a estos interlocutores y negociar directamente con el “amo” sus condiciones laborales.

Craso error, propio de los que practican el género tonto. En vez de exigir la mejora de la calidad de sus representantes o sustituirlos por otros más comprometidos, se entregarían dócilmente al lado oscuro dinamitando el instrumento más valioso para la clase obrera.

Pues dejen de imaginar y miren a su alrededor. Esto mismo, está sucediendo a gran escala extrapolando la situación a la reforma laboral y la huelga general del 29 de septiembre. Los voceros del capital lanzan consignas contra los sindicatos que en realidad van dirigidas, como certeros torpedos, a la esencia del propio sindicalismo. Y este mensaje ha calado en una sociedad que se escuda en su ineficacia y burocratización para no salir a la calle a combatir las tropelías que se nos avecinan. ¿No sería más lógico que empujáramos a las centrales sindicales a cumplir con sus obligaciones? Y que conste que, servidora, ha tenido más desencuentros que momentos felices con los mayoritarios. Pero como creo firmemente en la rehabilitación del ser humano, debo apostar por la reforma y nunca por la extinción soñada por pesonajillos de la extrema derecha, como doña Esperanza Aguirre, e inoculada subrepticiamente a la opinión pública.

Contribuir a desmantelar nuestros más útiles mecanismos de defensa constituiría el “premio gordo” del concurso de estulticia en el país del género tonto. No participar en la movilización y huelga del 29-S equivaldría a sacar matrícula de honor en la oposición a majadero.

A muchos les parecerá de necios nuestra quijotesca aventura caminando hasta Bruselas. Pero para nosotros, lo verdaderamente estúpido es la atomización de las fuerzas sindicales y sociales. La pasividad, la inercia, el desencanto y el individualismo, eso sí que son actos mentecatos.

Si caemos en su trampa, nos transformaremos en un Estado emblemático del género tonto. En un auténtico paradigma de cómo se desarticulan todos los logros sociales y laborales a cargo de nuestra propia sandez.

Publicado en el blog de Marcha a Bruselas de Público

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