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ANTES DEL ODIO

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En este país, todavía quedan tipos que permanecen anclados al odio, incluso más allá de la muerte de los que consideran sus enemigos. Son personajes de sonrisa estática y mirada aviesa, perfectamente adiestrados para camuflarse en el entramado democrático. Una vez logrado su objetivo, conseguir el control político de un territorio para montar su corralito particular, mutan mostrando su auténtica naturaleza y se envalentonan ,perogrullada tras perogrullada, hasta el neorrealismo radical. Uno de los últimos ejemplos es el alcalde popular de Granada, don José Torres Hurtado. Se conoce que el hombre, tiene problemas con la interpretación de la historia de España e incluso con el siglo y el régimen en el que vivimos. Resulta que, en las tapias del cementerio de San José de esta ciudad, fueron fusiladas unas 3.900 personas durante la guerra civil víctimas del genocidio fascista. Y viene a suceder que las familias de los asesinados han tenido la peregrina idea de poner una placa conmemorativa de estos hechos que, por tercera vez, ha sido retirada a instancias del señor alcalde. El hombre justifica la ignominia como puede: que si su deber es conservar libre de agresiones el patrimonio municipal, que si se trataba de un cartel con espíritu revanchista y panfletario... ya saben, toda esa retahíla de vaguedades y falacias de las que se nutre el discurso del odio duro y puro. Porque ya me dirán lo que daña una placa en un muro más allá de la rabia que puedan sentir los que carecen de vergüenza para asumir y remedar, en lo que cabe, los horrores de nuestro pasado. El hecho de que desprecie reiteradamente a los familiares de los represaliados, e insinúe que les impulsa la venganza o el vandalismo, no es suficiente ofensa para este osado corregidor. Su chulería heredada de los oscuros tiempos del Criminalísimo, le permite pasarse por el fascio la Ley de la Memoria Histórica y mantener el monumento en homenaje a José Antonio Primo de Rivera. Y lo malo de este pajaro de mal agüero es que no es una "rara avis". Es un ejemplar vulgar y rancio de aguilucho malcarado que habita a lo largo y lo ancho de nuestra geografía. Jugando a ser  el mini-yo del Caudillo en sus respectivos feudos. Pero estos, a diferencia del otro, en vez de ser elegidos por la gracia de Dios lo han sido por el desgraciado voto de algunos puñados de honorables ciudadanos.

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