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LAS RUINAS DE LA SOLIDARIDAD

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Han pasado seis meses desde que Haití tembló violentamente arrasando con las precarias vidas de sus habitantes. La sacudida de la tierra agitó, por un tiempo, las conciencias del resto del mundo provocando una riada de ayuda para este desdichado pueblo. El suelo tuvo que rugir bajo los pies de los haitianos para que los demás países volviéramos la mirada hacia los más pobres del planeta. Todos quedamos conmovidos por la tragedia. No solo por los desastres provocados por el terremoto. La miseria ya se alojaba en Haití con anterioridad. Lo único que hicieron los temblores fue removerla para dejarla expuesta en toda su crudeza. Medio año después, muchísima gente sigue malviviendo bajo lonas. Y las ruinas continúan cubriendo las calles de Puerto Príncipe. Ahora viene la temporada de lluvias y huracanes y su indefensión es aún mayor frente a los rigores de la naturaleza. Hay varios motivos por los que un millón de haitianos siguen sin cobijo. Por un lado, un gobierno débil incapaz de gestionar los recursos. Por otro, los terratenientes que no quieren ceder sus tierras para la reconstrucción o pretenden hacerlo a precios escandalosos. Además, la burocracia y la política de los más de 60 países y organizaciones que se ofrecieron a ayudarlos atascan el proceso. Mientras tanto, Haití sigue siendo un país poblado de fantasmas que se mueven entre los escombros. De personas que tienen el miedo y la desesperación agarrados al alma. No duermen porque temen ser tragados por la tierra. Engullidos, con la misma eficacia con la que los paises ricos devoramos las desgracias ajenas. Aplicándonos, para que no resulten demasiado estomagantes, las sales digestivas de la caridad y una pildorita para lograr el olvido.

Publicado en Público el 15 de julio del 2010 y en El periódico de Aragón el día 17

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