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VIDAS SOTERRADAS

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En este país, hubo mucha gente cuyas vidas quedaron soterradas por la crudeza de una guerra civil y la falta de libertad de cuarenta años de dictadura. Algunos fueron arrojados a las fauces de centenares de fosas anónimas tras haber sido fusilados sin juicio ni defensa alguna. Otros, en muchos casos familiares de los represaliados, sufrieron una especie de muerte en vida. Una mordaza impuesta que les asesinaba la voz y la memoria obligándoles a tragarse las lágrimas que pugnaban brotar por sus seres queridos. Además se les estigmatizó, cuando no se les encarceló, con una marca indeleble que los convirtió para siempre en presuntos sospechosos. Ser la mujer o el hijo de un rojo no salía de balde en la España de Franco. No bastaba con haber arrancado de raíz la vida del que consideraban enemigo. Toda su prole debía saber que estaban bajo vigilancia y que, al mínimo asomo de insurgencia, pagarían las consecuencias. El hermano de mi abuela, Zacarías, fué invitado a un "paseo" del que nunca volvió. Era un joven sindicalista de la CNT que pagó caro haberse significado. Mi abuela, una mujer viuda con dos hijos pequeños, cometió el terrible crímen de acoger en su casa a dos de los amigos de su hermano. Su caridad fué recompensada con  la cárcel. Una durísima experiencia. Después vinieron muchos años de silencio. Pasaron muchas décadas antes de que se atreviera a contarme esta historia entre susurros, clandestinamente. El miedo y la humillación no desaparecieron con la llegada de la democracia. Incluso ahora, las familias de los represaliados siguen luchando por conseguir rehabilitar la dignidad de sus muertos y arrancarlos del olvido. Pero también por recuperar el orgullo arrebatado a toda la familia. Reclaman, como en Madrid, que se busquen los cadáveres de sus antepasados y que se anulen los juicios sumarísimos que les condenaron injustamente. Se lo piden a Esperanza Aguirre que, recientemente, manifestó que haría todo lo posible por buscar estos restos. Pero aquí, no solo fueron las vidas de los perdedores y las de sus familias las que quedaron soterradas. También la vergüenza parece haberse quedado enterrada para siempre en estas tierras, bajo toneladas de odio y de cinismo. Intentando construir el país sobre un solar, en el que todavía parece estar prohibido querer limpiar los escombros.

 

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