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COSAS QUE ME IMPORTAN

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El embajador israelí en España, Raphael Schutz, se permite el cinismo de frivolizar sobre el asesinato de los activistas de la Flotilla de la Libertad. ¿A quién le importan estos muertos? Muchos otros fallecen en accidentes de carretera o en ataques masivos terroristas. Y es verdad, señor Schutz, todos vamos a morir de una u otra forma. Pero no me negará que no es lo mismo ser víctima del cáncer o de un choque frontal que caer bajo el fuego de las fuerzas de élite de un Estado que se denomina democrático. Al fin y al cabo, también Hitler ganó unas elecciones. Pero eso no ha sido un obstáculo para que su "solución final", que sesgó la vida de seis millones de personas, se considerara uno de los mayores crímenes contra la humanidad en la historia de nuestra especie. A muchos nos importó el Holocausto. Desde niña, me sentí horrorizada por ese exterminio masivo que se cebó especialmente con el pueblo judío.  He de añadir que una pequeña porción de la sangre que corre por mis venas tiene orígen hebreo. Y es ese residuo de mi hemoglobina el que ahora se rebela con más virulencia contra la barbarie del gobierno de Israel. ¿Cómo es posible? ¿Acaso la atrocidad se entiende exclusivamente por el número de cadáveres que provoca?
De ser así, el embajador debería cuidar más sus palabras. Porque al asesinato de los cooperantes puede añadir el de miles de ciudadanos palestinos que, previamente, han sido arrinconados en un franja de tierra incumpliendo las resoluciones de la ONU.
En una ratonera geográfica que facilite la "solución final" que Israel ha determinado para aquellos que considera enemigos de su seguridad. Si el fin, la defensa propia que argumentan, justifica los medios, los crímenes indiscriminados contra mujeres y niños palestinos, quizás sea porque el gigante hebreo haya sido poseído por el fantasma del nazismo. A lo mejor padece alguna variente diabólica del síndrome de Estocolmo que le permite echar a dormir a la conciencia mientras ejecuta sistemáticamente a un pueblo oprimido y a los que solo pretenden ayudarles. Mientras tanto, nosotros seguimos vendiéndoles armas para que puedan seguir llevando a cabo sus matanzas. Continuamos, junto a la ONU y el resto de países "civilizados", reprochándoles, hipócritamente y con escasa convicción, la masacre que se llevan entre manos. Y esto, señor Schutz, también me importa. Me importa mucho. Y no desconozco que cada vez más, dentro de su Estado, crece el murmullo de indignación y rechazo por la política asesina que ustedes desarrollan. Porque algunos de sus ciudadanos, los que han decidido no prescindir del alma, se avergüenzan profundamente de estos actos. ¿Será también porque son antisemitas? Piense en ello, señor Schutz.

Publicado en Público el 7 de junio del 2010

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