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Capítulos XI y XII de "Un asunto de familia" (Novela)

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                                                                                                         CAPÍTULO UNDECIMO

 

¿Quién es en realidad esta mujer? Es la pregunta que una y otra vez golpeaba la cabeza de Pau Gilabert mientras escuchaba “los detalles”de esta truculenta historia familiar. Dolores le explicó cómo había sido educada por sus padres en una total ausencia de prejuicios. Desde muy niña se le había enseñado que las inhibiciones sexuales solo son necesarias para la gente vulgar. Pero evidentemente “su familia”, estaba muy lejos de poder catalogarse como gente “vulgar”.

 

De este modo cuando empezó el acoso sexual contra Dolores niña, el clima de relajación en los tabús sexuales del hogar facilitaron los acercamientos de Heraclio. Su madre, que en aquella época ya podía considerarse una alcohólica, aceptó a regañadientes el interés de su marido por la niña. En realidad Dolores describió a su madre como a una mujer con la voluntad destruida. Otra víctima de Silva. El le había enseñado cómo y cuándo debía pensar. Había hecho un buen trabajo de demolición con la personalidad de Madalena de una forma sistemática y meticulosa. Estaba claro que por alguna extraña razón que se le escapaba al detective, Dolores no deseaba descargaba su ira contra la señora Sopesens.

 

Hablaron largo rato. Según contaba, ella ignoraba las verdaderas actividades de esa supuesta sociedad. Siempre creyó la versión de Angulo. Pero había intuido que le convenía más no hacer averiguaciones. Su madre le había advertido que las ramificaciones de este grupo se infiltraban en todas las esferas del poder.

 

  • Quizás le parezca una actitud cobarde detective. Pero estando lejos de mi padre y de su dominio de terror decidí reconducir mi vida y ayudar a mi madre a salir de las tinieblas. Exclusivamente. No quería saber nada más. Cuando volví a verlo hace doce años, tuve la certeza de que estaba ante un cadáver y creí que podía olvidarme por fin de los fantasmas del pasado y hacer algo útil con mi vida.

  • Pero todo esto, lo que está pasando… te obliga a remover en ese pozo oscuro del pasado y te está escupiendo otro abanico de horrores.

  • De alguna manera, siempre dudé que Silva fuera un asesino violento de mujeres. Sabía que era un depravado y también tenía claro que su nivel de conciencia era prácticamente inexistente. Pero un hombre con una filosofía sexual como la de mi padre no necesita convertirse en un asesino en serie para ejecutar sus fantasías. No da el perfil. Era perfectamente capaz de cometer actos ilegales, pero no por mera satisfacción sexual si además no le reportaba un claro beneficio a otros niveles.

  • ¿Le preguntaste a Madalena sobre todas las dudas que te planteaba la historia?

  • Al principio se reafirmó en la primera versión. Pero tuve la precaución de llevarle una botella de whisky de malta para vencer la resistencia.

 

  • Y el resultado fue esta delirante historia sobre una secta formada por gente poderosa cuyas aficiones eran el crímen y la perversión.

  • Creo que se bautizaron a sí mismos como “La Sala del juicio”.

  • ¿Tienes idea del significado de ese nombre?- Lola sacudió la cabeza, el detective continuó:

  • Pero, ¿por qué mantener a Silva con vida y a salvo? Tuvo que ser una tarea muy complicada. El plan y luego esconderlo durante tantos años. ¿Solidaridad entre adoradores del demonio?

  • Yo he hecho la misma pregunta hoy a mi madre. Me respondió que mi padre había escondido pruebas muy comprometedoras que implicaban a miembros destacados del grupo. En el caso de que a él o a nosotras nos sucediera algo había dejado instrucciones muy precisas para que todo saliera a la luz. Así que aceptó echarse la culpa de los crímenes, pero cuando vio que no conseguirían el indulto que le habían prometido y que tendría que pasar el resto de su vida en un manicómio les extorsionó a través de Angulo.

  • ¿Qué papel juega el fraile en esto?, ¿Es también miembro activo de la secta?

  • No se. No solo lo usaron con nosotras. También lo introdujeron en el psiquiátrico para controlar a mi padre. Creo que fue el cerebro de la fuga.

  • ¿Crees que era el cómplice de tu padre en el chantaje? Al fin y al cabo eran amigos de juventud.

  • Puede ser.

 

De pronto se vieron interrumpidos por el sonido de un móvil. Gilabert contestó al cerciorarse de que la llamada procedía de su despacho. Era Marga.

 

  • ¡Tenemos otro cadáver!

  • ¡Carajo! ¡Lo sabía! ¿Quién?- Estaba desconcertado y preso de una terrible ansiedad que le producía la certeza de saber que el tiempo jugaba en contra de ellos.

  • ¡El enfermero! Tenía un mensaje suyo en mi buzón de voz. Me decía que si no nos decidíamos a pagarle pronto nos despidiéramos porque había encontrado otro comprador.- Marga evitaba respirar mientras daba los detalles - Bueno. Cuando escuché el mensaje, que era de ayer tarde, decidí llamarlo y ¿sabes quién me contestó?

  • Dime que fue el asesino.

  • ¡La policía! Me informaron de que Montalbán había fallecido y me pidieron que me acercara a la comisaría por si podía ayudar con mi testimonio. Acabo de salir de allí.

  • ¿Y cómo y de qué forma se ha descubierto el cadáver?

  • Estaba en su casa. Bueno, un cuartucho donde acudían menores a comprarle drogas y pastillas. Era muy poco popular en su edificio, aunque no se trate de una comunidad excesivamente escrupulosa. Un chico encontró la puerta entreabierta y cuando entró halló el cadáver de Montalbán en su dormitorio. Salió gritando como un poseso. Cuando los vecinos se percataron de lo que ocurría avisaron a la policía.

 

-¿Por qué estás segura de que es nuestro asesino?

  • Porque dejó su identificación, claro. Montalbán apareció con los ojos reventados. Le habían arrancado el corazón y unos versos escritos por la mano de alguien aparecieron prendidos a su ropa.

Aunque Dolores solo podía escuchar la mitad de esta conversación, era evidente que una enorme agitación se estaba apoderando de ella.

 

  • ¿No te habrás enterado qué decían esos versos?

  • ¡Estarás orgulloso de mí!

  • Como siempre.- respondió con sinceridad el hombrecillo.

  • Le pedí a tu amigo Barceló que me dejara copiarlos.

  • ¿Y te dejó sin hacer muchas preguntas?

  • Le dije que era importante y que tú le darías todas las explicaciones del mundo.- y añadió jocosa:- No se pudo resistir a mi encanto. Además me dio la impresión de que estaban muy desorientados con el asunto.

  • Barceló no es un idiota. Ya en otras ocasiones, nuestros pequeños intercambios de información le han sido útiles par dar relumbre a su expediente.- miró hacia donde se sentaba la abogada y decidió concluir la conversación quedando con Marga en la oficina de la agencia.

 

Acompañó a Dolores hasta un taxi prometiéndole que la mantendría informada de cualquier novedad. Se alegró de saber que Jordi no iba a perderla de vista. Y si corría algún peligro no se imaginaba mejor ángel guardián que el gigante pelirrojo.

Encontró a Marga sumergida en la lectura de un libro enorme. Le explicó que se trataba de un libro de patologías criminales. Se lo había recomendado la criminalista que les había facilitado el inspector. Marga le contó a Gilabert que habían mantenido una conversación telefónica muy interesante. Ella le había indicado este libro. Decía que ayudaba a comprender la “lógica” de algunas mentes totalmente amorales como son las de los psicópatas.

Gilabert la felicitó por ser tan minuciosa con todos los detalles pero la apremió a que le leyera los versos del asesino. En esta ocasión la policía había conseguido una traducción inmediata del texto:

Todos tus enemigos han sido aplastados,

las estrellas incansables te alaban,

las estrellas imperecederas te veneran

cuando te pones en el horizonte de Manu,

feliz y vivo como siempre como mi señor”

 

Marga explicó que le habían dicho que pertenecían a una oración de “El libro de los muertos”.

  • En dicho libro se hace referencia a la “Sala del Juicio”.- continuó la muchacha.- Y es ahí donde aparece el personaje de Ammut que si recordáis, es como se hacía llamar Silva en su particular club.

  • ¡Ammut el come-corazones!- “El Magras” no pudo evitar un escalofrío.

  • Lo que no me para de rondar por la cabeza.- pensó en voz alta Gilabert.- Es la idea de que toda esta parafernalia de los versos en lengua egipcia y todo lo demás no deje de ser una cortina de humo que no nos deje ver la evidencia delante de nuestras narices, No obstante no debemos desechar ninguna línea de investigación.

 

 

 

 

Gilabert tomó nota mental de que debía facilitarle a Barceló la prueba de la grabación de las amenazas recibidas por Dolores y su madre. Aunque lo cierto es que a estas alturas, el único testimonio de que la voz de dicha grabación pertenecía a Silva era la seguridad mostrada por Dolores y Madalena. Y si teníamos en cuenta su credibilidad respecto a todas las cuestiones sobre las que habían omitido la verdad, era mejor poner en tela de juicio todas sus afirmaciones.

Después, hizo participe a la muchacha de los asombrosos descubrimientos que había hecho ese día. Marga le formulaba preguntas que no siempre obtenían las respuestas satisfactorias para la muchacha. Según ella, todo olía muy mal en esta historia. La verdad es que Pau compartía esa misma incómoda sensación. Desde que habló con Lola por vez primera había tenido esa incómoda impresión de andar sobre arenas movedizas. Sobre oscuras y terroríficas simas tapizadas de mentiras ocultas y verdades a medias. Nunca hubiera aceptado un caso similar en otras circunstancias. Siempre exigía la máxima confianza a sus clientes. El correspondía con lealtad y silencio. Pero las mentiras de Dolores Marco ocultaban una tragedia a la que no podía permanecer impermeable.

Además el misterio había tomado un cariz muy sugerente. Una sociedad integrada por personalidades de la época de la dictadura. Gente con mucho poder y “extravagantes” actividades sexuales que forjan una filosofía para justificar sus depravadas aficiones. ¿Sería posible tener acceso a los nombres de sus miembros? Era fácil que alguno al menos, se encontrara con vida en la actualidad. Ese era el caso de Federico Angulo, por ejemplo. Gilabert intentaba imaginar en qué medida podía influir la complicidad nacida de sus comunes desviaciones colectivas, en posteriores pactos de poder económico o político.

Pero nada de lo descubierto por fascinante que fuese, justificaba el asesinato de la madre de Vanesa y del enfermero. No veía la forma de encajar esas dos muertes con las nuevas revelaciones. Tampoco entendía el “presunto acoso” sufrido por Lola y la señora Sopesens. Si la secta mantuvo contacto constante con ellas a través de Angulo, no entendía por qué a estas alturas las mujeres pudieran suponer una amenaza para ellos. Además si hubieran decidido eliminarlas lo habrían hecho con discreción. No montando todo este circo. Recordó los documentos incriminatorios de los que le había hablado Dolores. ¿Habría nombres en el diario que Montalbán quería venderles?

¡Claro! Debía haber nombres o por lo menos indicios. Eso podía relacionar algún miembro de la “Sala del juicio” con el asesinato del enfermero. Pero en el caso de la mujer… eso tenía un mensaje de diferente lectura.

 

  • Llamó la señora Arnau.- Marga rompió sus divagaciones.- Estaba muy afectada. Insistía en que estos asesinatos son obra de Silva. Además dijo que esto demostraba que no murió en ese incendió y que existió una trama para liberarlo.

  • ¿Te dijo alguna vez si tenía sospechas sobre quién orquestaba esa trama?

  • Ella estaba obsesionada con Federico Angulo. Lo justifica argumentando su profunda religiosidad personal y de qué forma ésta, entraba en conflicto con la denodada defensa que Angulo hacía de Silva.

  • Sí. Tenía que resultar muy frustrante para una mujer tan conservadora y creyente que un representante de la iglesia volcara sus desvelos en el apoyo moral e incluso físico, del asesino de su hermana.

  • Vive obsesionada con él, ¿sabes? Lo responsabiliza de no haber podido elaborar correctamente su duelo por la perdida de Blanca.

  • Explícame eso.

  • Es algo que he leído en ese libraco que me recomendó la criminalista. Relata esa sensación que siente la familia de la víctima de un asesinato cuando el culpable no llega a consumar su condena. – Marga era minuciosa con los detalles psicológicos de todos los implicados en sus casos. Gilabert le reforzaba esa visión en su método de trabajo. En el escaso tiempo que llevaba trabajando para él, su aportación en la resolución de los casos había gozado de una intuición que podría definirse de superdotada.- Si el culpable se suicida, muere de muerte natural, escapa… cualquier motivo que lo exonere del castigo al que había sido condenado, se considera como una brusca interrupción del proceso natural del duelo de los familiares.

  • Y supongo que eso puede haber afectado emocionalmente a la señora Arnau, ¿me equivoco?

  • Ella nunca creyó que Silva muriera en ese incendio. Pero su convicción podría estar originada por esa frustración de la que me hablas.

  • ¿O acaso crees que puede conocer la existencia de esa sociedad secreta?

  • No se, no lo creo. Es una mujer muy fuerte que no hubiera dudado en desenmascarar a los responsables si hubiera conocido sus nombres. Pero puede que sospeche algo. Mantuvo una relación muy directa con Angulo durante muchos años. Quién sabe de qué naturaleza fue su correspondencia.

  • Al final, todo nos conduce de nuevo hacia el viejo loco.- lanzó un soplido pensando en la cara que pondría Sempere cuando conociera las novedades.- ¿Irás solo a la Cartuja?

  • Sí. Llama a Jordi y cuéntale todo el cuento, pero insístele en que no le quite ojo a Dolores.

 

  • ¡Ay tito! Es la primera vez que detecto que muestras interés por una mujer, ¡Y tiene que estar implicada en un asesinato múltiple!

Pau Gilabert siempre se sentía desnudo de corazón frente a su ahijada. Sabía que ante ella, no tenía cabida el disimulo o la negación. Era verdad que sentía una atracción intensa por la abogada pero también era cierto que nunca había tenido intención de materializar ese sentimiento. Además era evidente que ante ella, Gilabert aparecía como una especie de gnomo empeñado en desempolvar los episodios más escandalosos de su vida. Ni siquiera era posible que sintiera simpatía por él porque la obligaba a enfrentarse con lo que siempre había querido que permaneciera oculto. Recordó lo que Montse Arnau había dicho sobre ella. Decía que era igual que su padre física y emocionalmente. Marga se había quedado boquiabierta con las explicaciones que su tío le daba sobre la educación sexual que había recibido Dolores durante su infancia.

  • Me contó que sus padres siempre jugueteaban desnudos con ella en la cama. Que su padre empezó a aproximársele, con caricias y juegos sensuales y delicados, cuando cumplió los ocho años. Que la educó en la creencia de que eran los padres los que debían iniciara sus hijas en el sexo. Su madre así lo ratificaba. Ambos le insistieron en que estas cuestiones pertenecían a la intimidad de las familias y que no debía comentarlo con nadie, bajo ningún concepto.

  • Difícilmente podía hacerlo.- añadió Marga con tristeza.- Si su propia madre la convencía de que eso era normal. ¡ No entiendo cómo la ha podido perdonar!

  • Pues lo ha hecho. O al menos eso parece. – Gilabert no quería dar nada por supuesto.- Pero la verdad, a mi también me inquieta esa extraña relación entre ambas.

  • Aprovechando que vas mañana a la Cartuja me pasaré a visitar a la señora Arnau. Sería bueno averiguar si sospecha qué ha sido de la hija de Silva.

  • ¡Buena idea! Procura ganarte su confianza. ¿No es raro que no insista en que le desvelemos para quién trabajamos?

  • ¡Nadie es normal en esta esperpéntica historia! Porque si hablamos del fraile demente, ¡vaya tela!

  • Con ese tengo mañana que quemar mis cartuchos.

-¡Se me olvidaba! Mientras hablábamos he buscado en Internet algo relacionado con la “Sala del Juicio”. Y aparte de lo obvio, he encontrado una definición que se refiere al inframundo mitológico de los egipcios.- Gilabert la miró con atención invitándole a seguir.- Según “El libro de las puertas”, la “Sala del Juicio” se sitúa detrás de la quinta puerta del mundo de los muertos. Allí se sienta Osiris, en su trono, con sus hermanas Isis y Neftis. Esta cámara del juicio estaba compuesta por cuarenta y dos dioses conocidos como los asesores de los muertos.- Marga leía lo que la pantalla del ordenador le mostraba.

- Todo eso es muy interesante, aunque no sabemos si guarda relación con este caso.

- ¡Haré algo! Imprimiré toda la información que sale sobre el tema. Nunca se sabe si puede resultarnos útil más adelante.

- Me parece buena idea. No dejaré nunca de maravillarme de toda la información que se puede sacar de este trasto.- Suspiró el detective propinándole un leve golpecito a la máquina.

 

 

Federico Angulo recibió a Gilabert sentado en un sillón de mimbre en el exuberante huerto que los frailes cultivaban. El diminuto monje que se encargaba de su cuidado le condujo hasta allí. Esta vez había pedido la visita facilitando su auténtica identidad. Era evidente que Angulo, aunque tuviera alteradas sus condiciones mentales, no era un estúpido. Había decidido hablar con él sin subterfugio alguno.

 

  • ¿Sabe? Ha elegido un buen día para visitar al hermano Federico.- El hombrecillo sonreía a Gilabert con esa inocencia que revelan los espíritus simples.- Se ha levantado de un humor estupendo. ! Incluso ha bromeado! Creo que saber que usted venía a visitarle le ha puesto de un humor excelente.

Gilabert asintió con la cabeza a la par que observaba un misterioso brillo en las terroríficas cuencas de Angulo. Cuando se quedaron solos, antes de que el detective tomara asiento en otra silla que estaba allí a ese propósito, fue el viejo fraile el que empezó a hablar:

 

  • No me sorprendió nada que quisiera verme de nuevo.- Se dibujaba una expresión de pueril alegría en el rostro del anciano. Pau experimentó una aversión espontánea ante su inexplicable júbilo.- No me pareció usted completamente idiota la última vez que conversamos.

  • Supongo que debería sentirme halagado.

  • ¡Oh sí!, ¡Hágalo! Si tiene en cuenta mi valoración media de la especie humana no sale usted muy perjudicado.- Soltó una risotada ronca que desembocó en un acceso de tos. Cuando se hubo calmado prosiguió:

  • ¿Qué ha descubierto?

 

Gilabert le relató las últimas revelaciones sobre Silva y la supuesta sociedad. Angulo escuchó en silencio todo lo que el detective le estaba desvelando. Cuando terminó de hablar, Pau se dio cuenta de que el anciano parecía abstraído con la mirada perdida entre las matas de tomates y patatas.

 

  • Ha averiguado muchas cosas. – Exclamó rompiendo el silencio.- Pero aún le quedan demasiadas incógnitas que resolver y cree que yo tengo las respuestas.

  • ¿Y me equivoco?

  • ¡Nadie tiene todas las respuestas a los grandes misterios de la naturaleza humana! - Otra vez parecía haber recuperado el optimismo.- Pero pregunte, pregunte y veré si puedo complacer su curiosidad.

  • Quiero que me hable de su relación con Silva. ¿Cómo se conocieron?

 

El viejo dibujó una mueca que pretendía ser sonrisa en su enjuta y desdichada cara. Al parecer, esos recuerdos le traían a la memoria momentos muy felices.

 

  • Conocí a Heráclio en los campamentos juveniles de la falange cuando ambos teníamos dieciséis años. Hicimos amistad rápidamente. Era el más inteligente, el más audaz de todos los muchachos que estábamos allí. Yo lo amé desde el primer instante que lo vi.

 

Gilabert escuchó con perplejidad esta última declaración.

 

  • ¿Eran amantes?

  • ¡Por supuesto que no! - Su voz tronó encolerizada.- Mi adoración hacia Heráclio nunca traspasó un sentimiento meramente platónico. Además a él siempre el gustaron mucho las mujeres. Mire, yo provenía de una familia burguesa. Heráclio no. Sin embargo se trataba de un diamante en bruto que yo me responsabilicé de pulir. Le presenté a las personas adecuadas que le proporcionaron los contactos para iniciar su despegue desde la miseria hacia la abundancia. Entró en la clase privilegiada gracias a estas relaciones. Luego se complicaron las cosas y él cometió un grave error.- volvió de nuevo la mirada hacia la huerta.- Algunas de esas personas eran gente muy poderosa en esa época. Pero la necesidad de poder y dominación se convierte en una enfermedad incurable para algunos.

  • ¿Formaron una sociedad secreta?

  • Aunque se trataba de gente culta y de educación profundamente católica, creían ver en estas prácticas una fuente infinita para obtener más placer y control. Al principio se reunían en lujosas mansiones para practicar sus ritos. Las ceremonias acababan ineludiblemente en una gran orgía sexual.

  • ¿Y Silva entró en esta Sociedad?

  • ¡Por supuesto! Su nivel de conciencia se adaptaba perfectamente al patrón de sus miembros. Pero lo más importante para él era que, con la complicidad de estos personajes, conseguía articular su ascenso social. Y eso si que era una obsesión para Heráclio.

  • ¿Cómo sucedió lo de las muchachas?

  • Como ya le dije, mi amigo era un hombre audaz y con pocos escrúpulos burgueses como él solía decir. Desde su concepción de la realidad, la miserable existencia de algunas personas no tenía valor alguno. Propuso que utilizaran jóvenes para sus rituales. Se ofreció voluntario para sacarlas de sus vidas insignificantes y ofrecérselas a la Sociedad. Tenían que ser chicas de origen humilde pero nada de prostitutas. Mujeres preferentemente ingenuas, a las que fuera fácil seducir para ganar su confianza.

  • ¿Y cómo cuadra usted en todo esto?

 

 

 

  • Comprendo su desconcierto señor Gilabert. Que un individuo como yo, que ha dedicado su vida a la oración y a la búsqueda de las ovejas descarriadas, estuviera involucrado en estos asuntos debe ser algo difícil de comprender para usted.

  • Pues si quiere que le sea sincero, lo que más me sorprende no es tanto su participación como el hecho de que ahora, y de manera espontánea, me haga estas revelaciones.

  • Intuyo que no siente simpatía alguna hacia mí.- El anciano le mostró una sonrisa desdentada- ¿O es que acaso su desconfianza es extensible a todo lo que provenga de la Iglesia?

  • Soy una persona respetuosa con la espiritualidad de cada uno pero nunca me he sentido identificado con ninguna de las muchas religiones que conozco.- y añadió- y mucho menos con los doctores y sacerdotes que las representan, y que utilizan esa necesidad de trascender que posee el ser humano para encadenar su corazón y su cabeza con dogmas o mandamientos.

  • Ya, un ateo.- Sus nudosas y esqueléticas manos jugueteaban con el cuaderno de piel negra del que nunca se separaba. Gilabert pensó que sería muy interesante saber qué contenía dicho librillo.- Bien. Puede pensar de mí lo que guste, pero lo cierto es que fue el intenso amor que sentía por mi amigo lo que me obligó a guardar silencio sobre este grupo y sus actividades. Además usted no desconocerá que para los católicos existe algo llamado “secreto de confesión”.

  • ¿Actuaba usted como confesor y consejero de sus miembros?

  • Efectivamente. Ejercía mi labor entre estos descarriados amorales. Sus almas eran tan queridas para el Señor como las de las monjitas de clausura. Algunos lograron reconducir sus vidas y obtuvieron el perdón de Dios.

  • Eso es lo mejor de su religión. Se puede matar, violar, cometer cualquier barbarie que con un segundo de arrepentimiento queda garantizada la salvación del alma.- El detective se levantó, anduvo unos pasos contemplando las verduras de los monjes y dijo:

  • ¿Por eso no les denunció y se convirtió en su cómplice?

  • Por eso y por amor. Un amor tan grande que no ha podido acabar con la muerte de Heráclio. Que nunca acabará.- y tomando la libreta de piel la apretó contra su pecho. Después, de forma enérgica concluyó:

  • Me canso. Será mejor que lo dejemos para otro momento. Mi enfermedad me ha dado una pequeña tregua pero continúa implacable con su proceso.- Hizo un gesto con la mano para llamar la atención de su cuidador que contemplaba el encuentro desde la distancia.- El hermano Pablo le acompañará. Si mi salud me lo permite tengo que viajar a Barcelona en un par de días para hacer unas gestiones. Si me deja su teléfono le prometo que buscaré un momento para que continuemos esta agradable charla.

  • Sólo una pregunta más:- exclamó Gilabert con brusquedad.- Esta sociedad secreta, ¿se hacía conocer como “La Sala del Juicio”?

  • Parece usted un hombre listo.- le contestó Angulo con sarcasmo.- Estoy seguro de que averiguará cosas sorprendentes.

Pau Gilabert le tendió una de sus tarjetas. Angulo la cogió sin mirarlo. Estaba claro que para él la visita ya había concluido.

 

Mientras el detective era conducido hasta la salida, el menudo monje no paraba de parlotear:

 

_ ¿Cómo lo ha visto?- y sin esperar respuesta siguió diciendo:- ¡Mucho mejor! , ¿A que si? Está más hablador que en mucho tiempo. Creo que las visitas que ha tenido estos días le han levantado mucho el ánimo.

 

  • ¿Ha venido alguien más a verlo últimamente?

  • Pues sí. Hace unos días vino un señor que dijo conocerlo desde hace muchos años.

  • ¿No sabrá su nombre?

 

El frailecillo valoró un momento si facilitar este dato podría considerarse una indiscreción. Pero como se trataba de un espíritu puro y sin complicaciones no encontró ninguna razón para no decírselo.

  • Se apellidaba Montalbán. Lo recuerdo porque mi madre procedía de un pueblo de Teruel con el mismo nombre.

 

Pau trató de disimular la inquietud que le produjo este dato.

 

  • ¿Era un hombre de unos cincuenta años, bastante grueso y un poco calvo?

  • ¿Lo conoce? Pues si, sudaba muchísimo y no se quedó mucho rato. Me dio la impresión de que se iba un poco enojado pero cuando fui a ver como estaba Federico lo encontré de muy buen humor.

 

El inefable sonido del teléfono móvil interrumpió el diálogo. Al contestar, el detective escuchó la voz de Sempere.

 

  • ¡Pau! Alguien ha intentado atacar a Dolores en su propia casa.

  • ¿Qué le ha sucedido?- Sintió que debía acelerar sus pasos hacia el coche. Un gran desasosiego hizo presa en él al escuchar lo que su amigo le decía.

  • Está bien, no te preocupes. Solo está un poco adormilada, pero no ha sufrido ningún daño. La policía le está tomando declaración en estos momentos.

  • Salgo ahora mismo hacia allí. ¿Dónde estáis?

  • En la comisaría, pero cuando terminemos de declarar te esperaremos en casa de Dolores, ¿de acuerdo?

  • ¡Enseguida estoy allí!

  • ¡No hagas el loco por la autopista! Te aseguro que la crisis ya ha pasado.

 

 

CAPÍTULO DOCEAVO

 

 

Pau Gilabert, violó unas cuantas normas de circulación en contra de su habitual comportamiento en la carretera. Sentía una dolorosa urgencia en comprobar que a Dolores no le había sucedido nada grave. Se había prometido a sí mismo que la protegería de cualquier peligro. Que la protegería… incluso de sí misma si se diera el caso.

Llegó a Barcelona en un tiempo record y se dirigió directamente a casa de la abogada. Fue el propio Jordi quien le abrió la puerta. Lo arrolló sin contemplaciones en su prisa por encontrarse con ella.

 

  • ¡Oye! , ¡no corras!“Tu chica” está sana y salva en su dormitorio.- le dijo, entre divertido y sarcástico, su amigo.

  • ¡Cuéntame todos los detalles!- le pidió sin aliento.

 

Cuando Sempere le convenció de que Dolores estaba descansando y que se encontraba perfectamente, pasaron a la salita para conversar con tranquilidad.

 

  • Pasé la noche en la furgoneta. Montando guardia frente a su casa como acordamos. Al amanecer, observé algo raro en la ventana de Dolores. Llevaba medio termo de cafeína en el cuerpo y te juro que me orinaba con todas mis fuerzas.- Jordi observó la mirada impaciente de su interlocutor.- Pero como te había prometido que no la perdería de vista, decidí retrasar mi desahogo hasta que ella se levantara y acudiera a su despacho. Por eso miraba su ventana. Intentaba averiguar si había alguna actividad en su casa.

  • ¿Qué viste?

  • No te lo podría precisar. La persiana estaba levantada pero unos visillos me impedían ver lo que pasaba dentro con claridad. ¡Ahora! te aseguro que entre las sombras, se apreciaban dos cuerpos forcejeando.- le explicó.- Se me activó la alarma. Comencé a gritar, corriendo hacia su puerta, el nombre de Dolores mientras pedía socorro a los que pudieran oírme.

  • Cualquier persona diría que tuviste un comportamiento extremadamente alarmista en base a lo poco que habías visto. Yo no.- le dijo Gilabert mientras apretaba afectuosamente el hombro de su amigo.- Yo confiaría hasta mi alma a tu instinto de protección.

  • Tampoco es gran cosa, viniendo de un ateo.

  • Agnóstico me parece más apropiado.- bromearon para relajar la emoción.

  • Resumiendo. No pude ver al atacante. Evidentemente huyó alarmado por mis voces. Esa casa posee un ático fascinante pero poco seguro. Se puede acceder a él, con relativa facilidad, desde cualquiera de los tejados de las casas colindantes.

  • ¿Pero Dolores pudo verle la cara?

 

 

  • Negativo. Según explicó, acababa de darse una ducha y se dirigía al dormitorio para vestirse. Su atacante llegó por detrás y le tapó la cabeza con un trapo empapado en narcótico. Aún pudo debatirse un poco con su agresor, antes de perder la conciencia. Esa lucha fue lo que yo presencié a través de las cortinas.

 

Antes de que acabaran de charlar escucharon la voz de Lola que les llamaba desde su dormitorio.

Gilabert se sintió desolado cuando la vio tan pálida y vulnerable. Lola, su Lola como a escondidas empezaba a llamarla en su corazón, era una mujer llena de fuerza y energía. Ahora parecía una muñeca rota.

 

  • Hemos estado cerca, ¿eh, Pau?- susurró intentando gestar una sonrisa.

  • No hables ahora. Descansa, no vamos a dejar que te suceda nada.

 

Saltaba a la vista que su postración tenía más de abatimiento moral que de las secuelas de su encuentro con el asaltante. Gilabert paseó, curioso como era, su mirada por la alcoba y le llamó la atención una figura decorativa que estaba sobre la cómoda.

 

  • ¿Te gusta? Es curioso que te hayas fijado en él.

  • ¿Por qué?

  • Perteneció a Silva. Representa a Anubis, el dios chacal.

  • Era algo así como el dios de los muertos, para los egipcios. ¿Me equivoco?

  • Eres un pozo de sabiduría detective.- intentó ser sarcástica pero luego, siguió explicando.- Heraclio se definía como un adorador de este individuo. El dios con cabeza de chacal y cuerpo de hombre. Hasta tenía un tatuaje con su imagen. Mi madre también lo lleva. Hoy me ha confesado que era parte del rito de iniciación a la “Sociedad secreta”

  • ¿Crees que era una especie de emblema de los miembros de la secta?

  • Puedes preguntárselo a mi madre pero estoy casi segura de que era precisamente eso. De cualquier forma, me jugaría la cabeza que la idea fue propuesta por Heráclio. Vivía obsesionado y apasionado con Egipto.

  • ¿Y por qué conservas algo que solo te puede traer malos recuerdos? - Le preguntó Sempere tomando en sus manos la estatuilla.

  • Soy una superviviente. Siempre tuve la determinación de remontar la vida que me había tocado, de superar los obstáculos a pesar de mi espeluznante pasado. Por eso tengo la obligación de no olvidar. Ese mamarracho me recuerda que todavía quedan muchos demonios como mi padre sueltos por ahí haciendo de las suyas. He decidido dedicar todos mis esfuerzos profesionales y personales a que esos monstruos paguen por sus crímenes.

Pau vio fuego en los ojos de Dolores. De pronto sintió una congoja que le agarró la garganta cortándole el paso del aire.

 

 

Pau y Jordi estaban en la oficina de “Gilabert-investigaciones” intercambiando todos los pormenores de cuanto a ambos les había ocurrido. El anarquista pelirrojo especulaba con la implicación de Angulo en esta trama:

 

  • No me cuadra nada, chico. Puedo aceptar que, presa de un enamoramiento homosexual hacia Heráclio, le hubiera ayudado a escapar. Incluso puedo aceptar que lo mantuviera escondido hasta el día de su muerte real.- decía enojado.- Pero que fuera el consejero espiritual de toda esa panda de degenerados me parece retorcido y surrealista.

  • Quizás es que él formaba parte de esos degenerados. Puede que fuera uno de ellos pero que debido a su fuerte represión sexual a causa de sus creencias participara en otra medida. ¡Yo qué se!

  • ¡No em fotis! Pero si estamos hablando casi de un santo. Su labor no solo ha sido reconocida por la Iglesia. También diversas asociaciones defensoras de los derechos humanos le han concedido honores a su trabajo.

  • No se, no se. Además está muy enfermo y eso puede estar alterando gravemente sus facultades.- calló y luego dijo:

  • ¡Pero hay algo! El hombrecillo que cuida de él, ¿te acuerdas?

  • Sí, un tío simpático y muy parlanchín.- recordó Sempere.

  • El mismo. Pues me dijo que hace un par de días le había visitado un tal Montalbán que reunía todas las características de nuestro enfermero fiambre.

  • ¡No puede ser! ¿Y no pudo explicarte qué habían hablado?

  • No creo que lo supiera pero me señaló que el enfermero había salido muy enojado de la visita. Sin embargo me dijo que Angulo estaba de muy buen humor.

  • ¡Ese fraile me pone los pelos de punta! Pero es imposible que un hombre de su edad y debilidad física pudiera atacar, mutilar y colgar el cadáver de Montalbán sin ayuda de nadie. Además estabas con él cuando Dolores fue atacada. Eso lo descarta.

  • Directamente sí, pero podría tener un cómplice.

  • ¡Que el cielo nos ampare!, ¡Me voy a volver loco! Una secta satánica que sacrifica mujeres; un fraile siniestro con un no menos siniestro posible cómplice; una historia familiar llena de incestos y delirios materializados; y dos cadáveres que no conseguimos relacionar directamente con el asesino.

  • Quizás sea demasiado para nosotros.

  • ¡Ni lo sueñes! Ahora tenemos la obligación de resolver este misterio. ¡Somos buenos Pau! ¡Lo conseguiremos! - enfatizó Jordi.- Hay algo que quiero contarte.

  • ¡Suéltalo ya!- Pau sintió una punzada de aprensión.

  • El atacante de Dolores Marco dejó unos versos. La letra correspondía a la que vimos en otras notas atribuidas a Silva.

  • ¿La tiene la policía?

 

 

  • Pues verás, algún vecino que había escuchado mis gritos avisó a la policía. Se armó un gran revuelo, llegó la ambulancia… nadie reparó en un papelito que estaba caído en el suelo del dormitorio.

  • Pero tú sí.

  • Acertaste.- y sacándolo de su bolsillo, lo puso sobre la mesa.

 

 

Hasta la última gota

de tu miserable estirpe

derramaré aullando mi victoria.”

 

  • Es muy corto.- señaló Gilabert.- Y está escrito en español.

  • Pero directo al grano, ¿no crees? Está claro que fuera quien fuera tenía la intención de asesinar a Dolores.

  • ¿Has tomado precauciones con las huellas?

  • ¿Por quién me tomas?

  • Le daremos esa nota al inspector Barceló.- dijo Gilabert.- Diremos que la hemos encontrado ahora, en un rincón.

  • Por cierto, me dijo que quería hablar contigo enseguida. Han averiguado la relación entre Silva y Dolores Marco. ¿Sabes?, me dio la impresión de que no creyeron su versión del ataque. Creo que Barceló la encuentra muy sospechosa.

 

¡Sospechosa! Pau sintió de nuevo un pequeño ahogo. Era una posibilidad que no había querido valorar concienzudamente. Pensaba en los estragos que una infancia como la suya pueden causar en el cerebro de cualquiera. Nadie podía evaluar el daño psicológico. Y aunque su comportamiento profesional y social eran impecables, no podía ignorar que eso sucedía, con relativa frecuencia, con muchos psicópatas. Recordó lo que Montse Arnau le había dicho. Afirmaba que padre e hija eran como dos gotas de agua. Iguales por dentro y por fuera. Al pensar en Montse Arnau se percató de que Marga había dicho que iría a verla y aún no había regresado. Era muy tarde. Decidió llamar a su teléfono móvil pero le contestaban que estaba apagado o fuera de cobertura. Decidió llamar a casa de la señora Arnau pero tampoco pudo comunicarse con nadie.

 

A Pau le preocupó no saber dónde estaba Marga. Normalmente le permitía trabajar con total libertad de acción. Pero con dos cadáveres a cuestas y un asesino o asesinos sin determinar prefería poderla localizar en todo momento.

A medida que pasaba el tiempo crecía su inquietud. No le resultó difícil convencer a Sempere de que dieran un paseíto hasta la casa de Montse Arnau. Marga había dicho que iba a ir allí por la mañana. Eran las siete de la tarde y no tenían noticias suyas. Como no habían podido comunicar con ninguna de las dos, decidieron acercarse hasta allí para ver si conseguían hablar con la mujer y averiguar si Marga la había visitado.

 

Gilabert sentía el ánimo deprimido. En cierto modo, esta sensación se trataba de una constante en su vida. Desde su más tierna infancia no recordaba un momento de felicidad que no estuviera enturbiado por dudas, remordimientos o miedos incalculables. La vida siempre le había parecido una experiencia demasiado dolorosa de comprender. Y el era un animal lógico que, aunque con un talante liberal y utópico, gustaba de racionalizar todos sus actos.

Pero en esta ocasión, el origen de la depresión estaba producido por una especie de presentimiento sobrenatural que no le auguraba nada bueno.

Les habían contratado para buscar una especie de fantasma que “aparentemente”había regresado de la tumba para continuar asesinando. Pero estos crímenes no tenían nada que ver con los originales. Estos asesinatos señalaban en dos posibles direcciones: Dolores Marco y Federico Angulo.

Recordó las revelaciones de estos días sobre su espantoso pasado. Trataba de reconstruir en su cabeza todas las piezas del mosaico que correspondían a lo que habían podido averiguar. Lo que más le inquietaba era el descubrimiento de que los crímenes de un asesino en serie no habían sido tales, sino que eran el producto de una extraña trama de asesinatos rituales perpetrados por una macabra sociedad. Silva solo había actuado como el “abastecedor” que suministraba a las víctimas para que pudieran realizar sus delirios. A cambio de sus servicios, Silva había conseguido prosperar social y económicamente. Vendió su alma al diablo. Pero porque eso no le producía mayor espanto que la humillación constante que le infringía recordar su origen miserable. Pero de algo estaba seguro: Heraclio Silva era un psicópata. Posiblemente al servicio de otros psicópatas más poderosos y peligrosos que él mismo, pero un psicópata de los pies a la cabeza. Carecía de remordimientos ni cortapisas a la hora de satisfacer sus necesidades. Había introducido primero a su mujer y luego a su hija, en un mundo de sexualidad distorsionada que pudiera encajar con la necesidad que sentía de dar forma a sus fantasías más retorcidas. En el caso de Madalena había conseguido un lavado de cerebro digno de una sofisticada secta. No solo había condicionado todo su comportamiento sexual sino que había conseguido a obligarla a admitir como natural, la relación incestuosa que mantenía con su hija.

 

Pero tanto horror, no parecía haber dañado irremediablemente a Dolores. Como una suerte de hermosa ave fénix, había sabido renacer de las cenizas de las vejaciones y del terror para aparecer como un ángel protector de los más desfavorecidos. O al menos eso parecía. Gilabert volvió a sentir el frío de la muerte al llegar a este punto de sus reflexiones.

Por otro lado estaba Angulo. Todavía no veía claro si su relación con la sociedad estaba en función de sus tendencias naturales o de la adoración personal que sentía por su amigo Heraclio. Sabía que había servido de puente entre ambos y también que se encargó de esconder a Silva tras su huida. También que cuidó de su familia. Pero, ¿por qué? ¿Acaso Angulo era un miembro activo de la siniestra secta o solo utilizaba sus contactos con ella para proteger al objeto de su obsesión?

El hecho de que Montalbán hubiera visitado al monje y que horas después apareciera asesinado, no parecía nada casual. Los personajes de esta trama se agolpaban en la cabeza del detective pero no conseguía afinar su olfato para detectar quién podía estar detrás de los dos asesinatos. ¿Por qué había decidido Lola aceptar la defensa de la madre de Vanesa? El argumento que ella le había dado estaba lleno de loables propósitos. Quizás fuera cierto que la capacidad de empatía y de compasión que podía desarrollar con los más desgraciados se sobreponía a la aversión natural que nos produce una madre que no defiende a su criatura. Y más habiendo sido, ella misma, víctima de esa misma indefensión en su infancia. ¿Se trataba de la más generosa y admirable de las mujeres o por el contrario era la dueña de una mente criminal que estaba cumpliendo alguna enfermiza venganza?

¿Seguiría Silva con vida? Y de ser así, ¿tendría con su edad, la fortaleza y la templanza para llevar a cabo estos actos? Además no alcanzaba a comprender el motivo que lo pudiera conducir a cometerlos. ¿Una venganza?, ¿contra quién? Parecía dirigida contra Dolores Marco y su madre. Y parecía una teoría consistente hasta que Gilabert descubrió que Madalena no había traicionado a su marido. La “Sociedad” había planeado y dispuesto cómo debía entregarse Silva y confesarse autor de todos los crímenes.

Y todo porque se había encaprichado de la muchacha equivocada. Había violado las normas impuestas por la organización. Estas normas especificaban que las mujeres debían de ser criaturas infelices, preferentemente marginales, para que su desaparición no conmocionara excesivamente a la sociedad. Pero conoció a Blanca Arnau y se volvió imprudente. Sus “socios” no le perdonaron que violara las normas y le condenaron a entregarse. Pero, ¿por qué le ayudaron, más tarde? Recordó que la señora Sopesens había mencionado unos documentos. Posibles pruebas de la implicación de estos personajes en las torturas y violaciones de las chicas. Según Montse Arnau, sus abogados buscaron el indulto escudándose en su enajenación mental. Pero al no conseguirlo, Silva les extorsionaba para que lo sacaran de su encierro en el penal psiquiátrico. Tenía que tener un cómplice al margen de su mujer, que poseyera esas pruebas y pudiera hacerlas públicas en el caso de que le sucediera algo a él o a su familia. Y evidentemente, ese cómplice solo podía ser Angulo. Seguramente cumplía con una doble misión: Por un lado, permanecía cerca de Silva con la excusa de tenerlo vigilado a los ojos de la secta. Y por otro, actuaba de enlace entre Heráclio y su mujer y era el receptor del seguro de vida de Silva. Los miembros del grupo ignoraban, sin lugar a dudas, que Silva sobrevivió al incendió en su celda. Gilabert sospechaba que de alguna manera, Federico Angulo había conseguido no solo liberarlo sino mantenerlo escondido un buen número de años.

Empezaba a dolerle la cabeza. Sempere caminaba silenciosamente a su lado. Cuando llegaron a las proximidades de la enorme casa pudieron ver luz en el interior y decidieron llamar a la puerta.

 

Cuando la puerta se abrió, la colosal figura de Montserrat Arnau apareció enfundada en una túnica de la que salían destellos multicolores por efecto de las luces en las lámparas de cristal de bohemia.

Tenía un aspecto que al menudo detective le recordó lo que siempre imaginó que sería un ogro de los cuentos. Sus gestos evidenciaban quela enorme corpulencia que poseía no le impedía moverse con agilidad y que seguramente tenía una enorme fortaleza física.

No parecía turbada por recibir a sus visitantes y tras dedicarles una extraña sonrisa, les invitó a pasar con un teatral gesto de la mano.

 

  • ¡No saben lo que me agrada su visita!- Comenzó a decir mientras los apremiaba a sentarse en los delicados y cómodos sillones de su salón.- He escuchado las noticias de la noche. Al parecer el monstruo ha tratado de atacar a esa abogada tan famosa… Lola Marco,¿no se llama así? ¿Es esa que sale tanto en la tele hablando de los malos tratos?

  • Sí, es esa.- Respondió lacónicamente Pau tras intercambiar una fugaz mirada con Jordi.

  • ¿Y por qué había de atacarle a ella?, ¿qué relación puede tener con él?- Sus preguntas trataban de parecer inocentes pero los dos amigos no las percibían así.

  • No sabemos quién ha atacado a la señora Marco. Tampoco sabemos quién ha asesinado a las otras dos víctimas y mucho menos los motivos que le habrían impulsado a hacerlo.- Gilabert detectó un brillo burlón en la mirada de la mujer- En realidad hemos venido hasta aquí porque no hemos podido localizarla por teléfono. Necesitamos saber si hoy recibió la visita de Marga, mi ayudante.

  • No me localizaron en toda la tarde porque acabo de volver de mi negocio. He pasado todo el día allí, aunque lo he tenido cerrado. Tenía que hacer balance de la contabilidad. Tengo que ponerme al día con Hacienda,¿comprende? Su ayudante fue más astuta que ustedes.- de nuevo esbozó esa desagradable sonrisa que empezaba a caracterizarle.- Al no localizarme en mi casa me llamó a mi local y quedamos de encontrarnos allí mismo, esta mañana temprano.

  • Entonces, ¿se vieron ustedes?- dijo Sempere con ansiedad.

  • Y estuvimos charlando. ¡Es una chica encantadora!- Clavó sus fríos ojos en los de Gilabert.- ¡Me recuerda tanto a Blanca!

  • ¿A que hora se fue?

  • Serían las once y cuarto. Lo recuerdo porque le pedí que no me entretuviera demasiado. Pero me sorprendió lo rápido que pasaba el tiempo con una conversación tan agradable.

  • ¿Y no le dijo dónde iba después, no le comentó nada? – Gilabert sentía que su estado depresivo anterior se transformaba en histerismo por momentos.

  • Pues no, no dijo nada.- y añadió con acento de preocupación:- ¿No le habrá pasado nada?

  • ¡No!- Negó Gilabert irracionalmente.- No, es solo que no se ha comunicado con nosotros en todo el día.

 

 

  • Déjenme que les diga que se trata de una joven adorable. Estoy segura de que posee cualidades para la profesión que ha escogido.- Miró a sus visitantes con expresión de franqueza al pronunciar estas palabras.- Me hizo multitud de preguntas sobre el antiguo Egipto y sus dioses, pero no logré sonsacarle si guardaban relación con el caso.

 

Sempere y Gilabert se miraron incómodos. Ambos percibían que el comportamiento de la mujer era, contrariamente a otras veces, extrovertido y deliberadamente amable.

 

- ¿De qué hablaron?- Preguntó Gilabert a bocajarro.- Me dijo que pasaría a visitarla pero no me dio demasiadas explicaciones.

- Veo que se preocupa usted por esa chica como si fuera su propia hija.- eludió la pregunta y añadió:- ¡Así velaba yo por mi amada hermana!

-¡No ha contestado a la pregunta!- le cortó enérgicamente Jorge Sempere .

 

Ella le miró unos segundos sin decir nada, sin inmutarse. Luego empezó a hablar sin perder la compostura:

 

  • Ya les conté que me llamó al negocio. Como ninguna de las dos disponíamos de mucho tiempo le propuse que viniera a tomar un café y que conversaríamos aquí mismo.- estudió la avidez que despertaban sus palabras en las miradas de los dos hombres y decidió continuar:

  • Hablamos de Blanca.- dudó un momento- También hablamos de mi relación epistolar con Angulo. Y le mostré un ejemplar del “Libro de la Vida y la Muerte” de los egipcios. Ya les he dicho que se veía muy interesada en ese tema.

  • ¿Sería tan amable de decirme exactamente qué más le preguntó?

  • Me dijo que ustedes querían documentarse mejor sobre Angulo. Que pensaban que él tenía la clave de este misterio, de estas muertes.- Su rostro mostraba interés y curiosidad por el comportamiento de los investigadores. La preocupación por el paradero de la joven era evidente en el rostro de los dos.- ¡Esperen un momento!

 

La mujer desapareció de la habitación con un rápido movimiento y regresó con la misma celeridad que había salido con un libro de grandes dimensiones entre las manos.

 

  • ¡Le enseñé esto!- y les mostró una lámina en la que aparecía un grabado que representaba al dios Anubis. Los dos amigos intercambiaron una rápida e inquieta mirada al reconocer la figura que habían visto en casa de Dolores.- Le expliqué que al principio de nuestra correspondencia, Angulo se mantuvo sereno y en su papel de cristiano caritativo. Reprobaba los actos cometidos por el monstruo pero predicaba el perdón como única solución a mi dolor.

 

Montse Arnau hablaba con un deje sarcástico. Era evidente que el perdón no estaba entre sus prioridades más inmediatas.

 

 

  • ¡El perdón!- Exclamó subiendo dramáticamente su tono de voz.- ¿Cómo perdonar algo tan salvaje y nauseabundo como el asesinato de mi hermana? Siempre le contesté puntualizándole que la satisfacción de este crimen no se podría conseguir ni aunque lo hubieran ejecutado un millón de veces.

 

Sempere examinaba la figura que la señora Arnau había traído. Gilabert le miraba inquieto, nervioso por las extensas explicaciones que la mujer les estaba dando sin concluir la relación que guardaba con el libro que sostenía.

 

  • Pero a lo largo de los años, nuestra correspondencia versó también sobre otras materias en las que ambos andamos interesados.- añadió volviendo a emplear un tono más cordial.- Angulo es un hombre muy culto, erudito en arte e historia antigua. Como saben, yo poseo una tienda de antigüedades. En una ocasión, habiéndole mencionado mi afición por el arte egipcio, recibí este obsequio de su parte. Es un libro muy valioso desde el punto de vista didáctico, pero carece de valor económico.

  • Entonces ¿Podríamos decir que su relación fue, al menos durante un tiempo, bastante cordial?

  • El libro iba acompañado de una nota que ya no conservo.

  • ¿Qué decía esa nota?-. Preguntó Jordi con brusquedad.

  • Decía que me había sido concedida la oportunidad de entrar a formar parte de una sociedad de estudiosos y mentes avanzadas que se agrupaban en una especie de macabro culto al dios egipcio de los muertos.

 

Al escucharla nombrar la palabra “sociedad”, ambos amigos sintieron que el corazón les aleteaba dentro de su pecho.

 

  • ¿Y usted qué hizo?

  • Decliné amablemente el ofrecimiento.- Contestó divertida Montse Arnau.- ¿No creerán en serio que iba a relacionarme con el asesor espiritual del asesino de mi hermana? El me contestó diciéndome que lo sentía, que hubiera sido una mejor oportunidad de conocernos y comprender. ¡Comprender! Insistió en que no rechazara su obsequio y aquí está.- Dijo mostrándoselo de nuevo entre sus manos.- Le conté todo esto a su ayudante con la intención de que tuviera más datos sobre la personalidad de Angulo. Creo que tiene serias sospechas sobre él.

  • ¿Y usted? - Le preguntó Gilabert

  • No puedo imaginarme a un octogenario demenciado y medio paralítico perpetrando asesinatos.

  • Sin embargo, está dispuesta a creer eso mismo respecto a Heráclio Silva.

 

 

  • Silva no era un hombre normal, ¡Era un monstruo! - La expresión del rostro de la Arnau se tornó sombría y beligerante.- Los monstruos son capaces de hacer cosas de las que otros seres humanos son incapaces.- Y zanjando el tema con estas palabras, se levantó con la clara intención de invitarles a salir de su casa.

 

Cuando los hombres estaban a punto de cruzar el umbral de la puerta les dirigió una pregunta:

 

  • ¿Es la señora Marco su cliente? Se lo pregunté también a la muchacha pero eludió la respuesta.

  • Sabe que no podemos darle esa información.- Contestó Sempere con acritud.

  • Por supuesto, claro. Pero creo intuir que no estoy equivocada y en ese caso ¿qué relación tiene con Silva? ¿Por qué iba a querer atacarla?

  • ¿Está segura que Marga no le comentó dónde iba a ir después de verse con usted? - Le interrumpió enérgicamente Gilabert.

  • Pues no, lo siento de veras.- Contestó con exagerado sentimiento la enorme mujer.

  • Buenas noches.

 

Mientras se alejaban, pudieron observar cómo la señora Arnau les seguía con la mirada desde la puerta abierta de su elegante casa. De mutuo y tácito acuerdo, decidieron no comentar nada hasta que no se hubieran alejado prudencialmente de la mansión. Después, en el banco de un parque cercano, intentaron comunicarse con Marga por enésima vez a través del móvil. Al no obtener respuestas decidieron dirigirse de nuevo a casa de Dolores Marco. Pau sentía una urgencia inmediata de verla. Esperaba que hablando con detenimiento, los tres juntos podrían deducir cuál había sido el paso siguiente de Marga al salir de la casa de Montse Arnau. Sempere añadió que dados los hechos, sería conveniente comunicarle al inspector Barceló la desaparición de la chica. Gilabert asintió y tragó saliva con dificultad. La peregrina idea de que le había sucedido algo terrible se estaba instalando obsesivamente en su cabeza. Telefonearon al inspector y lo pusieron al corriente de todo. Gilabert tuvo que escuchar una descarga por parte de su amigo el policía, acerca de la inconsciencia de haber dejado a Marga sola en las averiguaciones. Se trataba de un tipo chapado a la antigua que consideraba que estos asuntos policiales eran cosa de hombres. Pau siempre había disentido apasionadamente sus razonamientos pero en esta ocasión, el miedo y la culpa le hicieron soportar estoicamente los reproches. Había estado obsesionado con la seguridad de Dolores Marco y había desdeñado el peligro al que podía estar expuesta su querida Marga. Si algo le había pasado nunca volvería a encontrar la paz ni el sosiego.

 

 

Barceló dio instrucciones a un agente para que le trajera una carpeta. Cuando la tuvo en sus manos, echó una pesada y sofocante mirada a los dos detectives, sacudió la cabeza como si tratara de espantar algo que le perturbara y tras asegurarse de cerrar la puerta de su despacho, susurró misteriosamente:

  • ¡Oíd! Yo nunca, repito nunca, os he enseñado estos papeles.- dijo mientras dejaba distraídamente la carpeta sobre su mesa.- Comprended que esto se trata no solo de una investigación por un par de homicidios, sino de una maquiavélica trama que puede ensuciar virtuosas reputaciones.

  • ¿De qué va esto?- Se impacientó Sempere que no estaba para acertijos.

  • Vosotros habíais negociado la compra de una especie de diario del psicópata, ¿no es así?

  • Sí. Montalbán nos lo ofreció poco antes de morir.- Contestó Gilabert.

  • Sí, ya conozco la historia. Pues bien, este era al parecer, el objeto de vuestra compra.

  • ¿Estaba entre sus cosas?

  • No, no. Apenas poseía pertenencias personales y carecían de importancia para la investigación.- Hablaba sin elevar el tono. Gilabert pensó si esta conversación clandestina era oportuna en una dependencia policial.- Pero hace unas horas se ha presentado aquí un anciano que se ha identificado como el tío del fallecido Montalbán. Ha solicitado hablar conmigo personalmente y me ha explicado que, siguiendo las instrucciones de su difunto sobrino, debía entregarme algo.

  • ¿Qué instrucciones? ¿Qué “cullons” te tenía que dar?

  • Una llave. El anciano, que os aseguro parecía ajeno a todo esto, me contó que su sobrino al que no veía desde hacía quince años, se presentó en su pueblo hace unos días. Le dejó esta llave dentro de un sobre en el que había escrito mi nombre y la dirección de esta comisaría. Le insistió encarecidamente en que era de vital importancia poner este sobre en mi poder en el caso de que algo extraño pudiera ocurrirle. El hombre se mostraba apenado por no haberlo hecho antes, pero se enteró dos días tarde del asesinato de su sobrino.- Barceló observó la angustia que emanaba del rostro de su antiguo compañero. Sabía que a pesar de escucharle atentamente, su corazón estaba sufriendo por Marga.- Explicó que su sobrino había sido siempre un poco loco. Que a menudo se había metido en problemas y que no le tenía ningún afecto pero que en nombre del cariño que le había profesado a su madre, había decidido cumplir el deseo de Montalbán.

  • ¿A dónde correspondía esa llave? - Preguntó Gilabert mientras tomaba la carpeta y se decidía a averiguar de qué se trataba.

  • No nos supuso ningún problema comprobar que pertenecía a la caja de seguridad de un banco.- Barceló añadió apresuradamente:- No es necesario que leáis su contenido aquí mismo. Contraviniendo las normas, esta es una copia que he tenido a bien facilitaros. Espero que con esta información avancéis algo en este caso y nos ayudéis a resolver este caótico rompecabezas.

Tras decir estas palabras, Barceló se levantó y parecía haber dado por concluida la conversación. Gilabert percibió la prisa que su amigo tenía en deshacerse de ellos pero decidió preguntarle acerca de otra cuestión.

  • Supongo que al igual que nosotros, muchas de las pistas de esta historia os habrán conducido hasta Federico Angulo.- Observó un rictus de impaciencia en el rostro del veterano policía pero estaba decidido a ignorarlo.- Sigo creyendo que es él quien posee las claves de todo el asunto. Sabemos que Montalbán le visitó la víspera de su asesinato. ¿Habéis hablado con él?

  • ¿Dudas de mi instinto detectivesco? - Barceló parecía molesto aunque los dos amigos no comprendían bien el motivo.-¡ Claro que hemos hablado con él!, pero sabéis tan bien como yo que es un viejo loco que no puede echar demasiada luz en este asunto.- añadió- Y ahora por favor debéis marchaos. Os prometo que me centraré en la búsqueda de vuestra ahijada. Creo que esa y no otra, debería ser ahora vuestra prioridad.

 

Los investigadores abandonaron la comisaría con una inquietante sensación en el estómago. Jordi no paraba de lanzar improperios sobre la extraña actitud del inspector. Mientras su amigo sujetaba en silencio el portafolios que les había entregado sin decidirse a leerlo.

 

  • Bueno, será mejor que nos pongamos a leer estos papeles.- dijo el pelirrojo.

  • ¡No! - dijo tajante Gilabert.- Nuestra prioridad es encontrar a Marga. En eso tiene razón Barceló.

  • Estoy de acuerdo pero, ¿qué vamos a hacer? No tenemos ninguna pista de dónde se dirigió Marga después de hablar con Montse Arnau.

  • Exacto. Y es por eso que empezaremos a buscarla en el entorno de esa mujer. Tampoco tenemos certeza de que fuera a ningún otro lado.

 

 

Decidieron dirigirse nuevamente a casa de la señora Arnau, pero en esta ocasión para montar guardia frente a su puerta. Al cabo de un par de horas de vigilancia, vieron a la corpulenta mujer salir de su casa con una bolsa y subirse a su coche. La siguieron discretamente hasta su tienda de antigüedades dónde, lejos de abrirla al público, la vieron encerrarse a cal y canto.

Apenas habían transcurrido diez minutos, cuando la corpulenta figura del inspector Barceló enfundada en un amplio abrigo negro, surgió desde dentro de un automóvil aparcado enfrente del negocio de la Arnau.

Gilabert y Sempere contemplaron con interés la mirada soslayada que el inspector dirigió a su alrededor. Marcos percibió claramente que, fuera cual fuera el motivo que le había traído hasta allí, no le agradaba la idea de ser visto por nadie. Llamó al timbre de la tienda pero casi simultáneamente, la aporreó con insistencia. Inmediatamente, Montserrat la abrió y le instó a entrar con ademanes urgentes.

  • ¿Tú crees que viene a interrogarla?- Preguntó Sempere.- Puede que esté siguiendo la misma línea de investigación que nosotros, ¿no te parece?

 

Gilabert no respondía a su amigo. No podía oírlo. La señal de alarma que llevaba encendida desde la desaparición de Marga se había disparado nuevamente. Había algo en la conducta de Barceló en la comisaría que le había puesto en estado de alerta. Pero, ¿qué era? Abrió la carpeta que contenía el supuesto diario de Silva. Al parecer, el psicópata disponía de una máquina de escribir en el frenopático. El cotizado diario del asesino en serie Heráclio Silva, por el que al menos una persona había perdido la vida, estaba compuesto por siete folios mecanografiados relatando los delirios de un enfermo pervertido que no aportaban ninguna luz a la investigación. Ningún nombre, ninguna pista. ¿Por qué Barceló se los había entregado con tanta parafernalia y misterio?, ¿por qué Montalbán había de esconderlos con tanto celo? No incriminaban a nadie. Nada de lo que contenían esas páginas suponían la más leve preocupación para nadie. Y luego estaba su extraña actitud al llamar a la puerta de la anticuaria…

 

  • Escucha, voy a intentar oír lo que están hablando.- dijo mirando a Jordi pero sin comentarle sus sospechas.- Me llevaré este micrófono para ampliar el sonido.- dijo sacando el diminuto artilugio de un maletín en el asiento trasero.- Tú espérame en el coche. Si crees que debes avisarme de algo, llámame al móvil. Tendré puesto el vibrador. Por mi parte si necesito ayuda te haré una llamada perdida al tuyo. ¿De acuerdo?

  • ¡¿Vas a espiar al inspector Barceló?!- preguntó Sempere con incredulidad, pero su amigo no le contestó. Se deslizó rápidamente hasta la tapia que rodeaba el jardín de la elegante casa de antigüedades. Se aseguró de que no había nadie mirando y trepando como un mono se dejó caer al otro lado de la tapia.

 

 

 

El jardín no tenía un aspecto cuidado. Las zarzas y la maleza en general se habían apoderado de todos los espacios y amenazaban con devorar a los propios árboles. Una fuente de piedra se adivinaba entre el espesor de malas hierbas y mostraba unas aguas estancadas y de olor nauseabundo. Decididamente, la señora Arnau no tenía la misma pasión por la jardinería que por los trastos viejos. Buscó una ventana abierta, alguna trampilla por la que poder colarse en la vetusta casa que servía como negocio a Montse Arnau. Ventanas y contraventanas permanecían cerradas en todo el edificio. Sin embargo pudo ver una trampilla entreabierta, anexa al edificio, que sirvió de leñera un tiempo. La frondosidad del agreste jardín, cobijaba al detective de poder ser descubierto por los vecinos de los edificios colindantes. Un frondoso roble, extendía sus generosas ramas hasta la misma entrada que se encontraba cubierta por una agreste vegetación. Gilabert apartó ese maremagno arañándose las manos en la acción, pero después pudo confirmar que, a través de esa apertura, accedería sin problemas al sótano de la tienda. Se deslizó por el angosto hueco de la trampilla sin medir bien la altura a la que estaba situada con respecto al suelo, lo cuál le costó una dolorosa caída sobre las rodillas y el temor de poder ser descubierto por el ruido. Permaneció quieto en cuclillas, sumido en una oscuridad que sus ojos se forzaban en desentrañar habituándose a la escasa luz que lograba penetrar por el ventanuco. Cuando creyó que había transcurrido un tiempo prudencial, empezó a interesarse en los objetos que almacenaba el recinto. Se trataba, como era de esperar, de un cúmulo de muebles y objetos antiguos que reposaban impasibles al polvo, envueltos en telas o enormes lienzos de plástico. También distinguió unas estanterías metálicas que estaban ocupadas por cajas de cartón de todos los tamaños. Cada mueble, cada caja, tenían adherida una etiqueta identificativa señalando el objeto en sí, su procedencia, antigüedad, etc.

Pau encendió la pequeña linterna que siempre le acompañaba. Curioseó entre las estanterías y observó que muchas de aquellas cajas contenían objetos relacionados con el antiguo Egipto. El acceso al sótano desde el interior del edificio, se hacía a través de una enorme puerta de madera. Luego se accedía por una generosa rampa que, pensó, habría sido diseñada a posteriori para facilitar el almacenamiento y tránsito de los artículos. Pegó su oreja a la puerta pero no pudo distinguir ni un susurro. Comprobó que la puerta estaba sólidamente cerrada y decidió registrar hasta el último rincón del fantasmagórico almacén por si descubría otro acceso. Recorriendo concienzudamente con la linterna todas las paredes, notó una irregularidad detrás de una estantería que permanecía pegada a la pared y atestada de cajas. Se aproximó para examinar bien el lugar pero entonces escuchó un rumor de pasos y conversación que se aproximaban a la puerta y decidió esconderse cubierto por una de las sábanas que protegían una “chaisse-longue” de rojo y suave terciopelo.

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