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LICENCIA PARA VIVIR

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Nacer en un cuerpo de mujer, aquí y no digamos en otras partes del mundo, siempre ha implicado mayor grado de dificultad que ser hombre. Desde niñas, se nos reprime y previene contra nuestra sexualidad. Vuestro cuerpo es un altar- me decían las monjitas de la escuela- cuyo interior alberga el horno sagrado donde se cocina la vida. Y ese era nuestro destino, salvo optar por la vida religiosa o el celibato absoluto, preservar nuestra tahona biológica impoluta de polvo y de pecado para concebir los hijos que dios tuviera a bien enviarnos. La maternidad era entendida como la máxima expresión de la naturaleza femenina. Como si este género redujera la razón de su existencia a alcanzar un único fin, procrear nuevos individuos pero sin tener el control sobre la producción de la propia cosecha. Ese control se lo adjudicaban otros: religiones misógenas, políticos intolerantes, padres totalitarios o maridos dominantes. Todo un entramado social que aseguraba el sometimiento de la hembra a la voluntad del irreductible patriarcado masculino. La lucha de las mujeres para poder decidir en libertad, desde la contracepción al aborto, ha criminalizado al movimiento feminista cuyos carceleros morales intuían que, otorgarnos esta facultad, equivalía a dejar abierta la puerta de la jaula donde se nos había confinado ancestralmente. La educación en la prevención anticonceptiva y la Ley del Aborto la dejan entreabierta para que, voluntariamente, optemos o no por traspasarla. Ninguna mujer imbuida de la moral católica y su doctrina se tiene que sentir obligada a rebasar sus umbrales. Al tratarse de una cuestión de conciencia personal, de libre albedrío, no puedo entender la contundente respuesta de los obispos. ¿Acaso temen que los principios inculcados a sus fieles no sean tan sólidos como se cree?. No les basta con excomulgar a cuantos apoyamos esta ley (menos al rey que debe tener convenio aparte con el Altísimo) además ofenden al Parlamento que la aprobó argumentando que han concedido licencia para matar a los hijos. Asociaciones ultrareligiosas y conservadoras corean esta infamia enviando al Senado mierdas de gato y retratos de fetos abortados. Se revuelven ante la posibilidad de que se afloje la soga del fascismo sexual sobre nuestro género. Les causa pavor la licencia para vivir con dignidad y ser más libres que el Estado acaba de conceder a las mujeres. Lo que me descoloca es que no empleen la misma vehemencia en parar las guerras, algunas de las cuales han contado con su bendición. ¿Son menos valiosas esas vidas perdidas por la codicia o el imperialismo? Será que, como los asesinos suelen ser hombres, queda minimizada la gravedad del crímen.

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