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EL FANTASMA DE LA TRANSICIÓN

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Desde la muerte de Franco en 1975 hasta que Felipe González ganó las primeras elecciones democráticas, España se enfrentó con una transición que fué calificada de modélica tanto dentro como fuera del país. Sin embargo, existen muchos aspectos de este proceso histórico que, al no ser convenientemente resueltos, continuamos arrastrando en la actualidad. Un ejemplo podemos encontrarlo en la caza de brujas organizada contra el juez Garzón por investigar los crímenes del franquismo. Los herederos ideológicos de la dictadura, seguros de la impunidad que se les había regalado a través de una amedrentada ley de amnistía, arremeten contra el magistrado resucitando el temor al fantasma de la guerra civil y al revanchismo de los perdedores.

Todo esto puede suceder porque nuestra transición está plagada de mitos y verdades a medias. Aunque es cierto que trató de conjurarse la posibilidad de un nuevo conflicto nacional, la reconciliación de los bandos fué impuesta y tuvieron que pasar más de 30 años para conseguir una condena parlamentaria del régimen fascista.

No se juzgaron las responsabilidades criminales y la petición de perdón a las víctimas del franquismo tardó 24 años en llegar. Igualmente, las indemnizaciones resultaron ridículas y se exhoneró de responsabilidades a las grandes fortunas amasadas con el trabajo de los esclavizados presos políticos.

En cuanto al consenso político, resulta irreal si consideramos que 40 años de dictadura arrasaron con la formación política de una ciudadanía que, pese a agruparse en partidos cuyo principal objetivo era liberarse de la dictadura, tuvo que conformarse con que "siete padres de la patria" fueran los redactores de la Constitución, que no contó con una participación popular y que excluyó, por ejemplo, a los representanes vascos.

La monarquía como modelo de conciliación elegido por los españoles es otra falacia. Fué el propio dictador quien lo designó como heredero del trono a instancias del mismísimo Nixon, que temía por el posible caos que supondria la desparición de Franco. Tampoco se depuraron los residuos autoritarios que permanecieron en las administraciones o en el poder judicial, transmitiendo este letal legado a sus sucesores. Ni se resolvió el problema de las identidades nacionales, vascas, gallegas o catalanas que debieron conformarse con un modelo de comunidades autónomas que se debate entre el centralismo y un´federalismo que no acaba de llegar. O un sistema de partidos que actúa de forma piramidal excluyendo la participación de las bases y alejándose de la auténtica pluralidad democrática. Si sumamos a todo esto la falta de libertad de la prensa y los medios de información, que al regirse por cuestiones mercantiles deben obediencia a los grupos económicos que los financian, podemos comprender mejor que organizaciones como Falange o Manos Limpias, que en Alemania serían ilegalizadas por apología del fascismo, campen a sus anchas y se permitan el lujo de pedir la inhabilitación de Baltasar Garzón.

Vivimos en un país que tiene miedo a sacarse las legañas de los ojos. A restituir la memoria de nuestra historia para poder avanzar con paso firme y seguro. Liberados de todos estos espectros del pasado que suponen un pesado lastre y nos impide perfilar un auténtico estado democrático que garantice nuestras libertades y derechos. De aquellos antiguos barros, surgen los actuales lodos.

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