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NOVELA (Capítulos quinto y sexto)

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                                                                         CAPÍTULO QUINTO

 

 

Dolores Marco se sentó majestuosamente delante de la mesa del detective. Tras un breve saludo, espero a que Marga abandonara la habitación para comenzar a hablar.

 

Gilabert contó con unos preciosos instantes para contemplarla pero, contrariamente a lo que dictaba su buen hacer profesional, se sintió profundamente trastornado ante la turbadora presencia de la mujer y eso le impidió captar en ella otras señales que le pudieran servir de indicadores en este asunto.

 

Ella, conocedora del impacto que causaba entre el género masculino, sonrió con encanto y dijo:

 

  • ¿Qué le ha parecido la grabación?

  • La verdad, no tengo todavía criterio para valorarla señora Marcos.- La miró de un modo neutro y escéptico para añadir:- Nada me confirma tras escucharla, que se trate de la voz de su padre. Además, aún no me ha llegado la traducción de la jerga que en ella se habla.

Dolores sintió que su pulso se aceleraba pero recuperó su autocontrol para contestar:

 

  • Preferiría que se refiriera a “ese hombre” llamándole por su nombre.- Todo asomo de sonrisa se había nublado de su rostro.- Respecto al hecho de si se trata de su voz, mi madre y yo podemos confirmárselo sin ningún género de duda.- clavó sus hermosos ojos en Gilabert y dijo sarcásticamente:- En cuanto a la traducción, creí que usted era un hombre de letras y recursos pero, obviamente me equivoqué. Yo misma se la traduciré al instante.

  • No es necesario.- le cortó Pau ligeramente susceptible.- Uno de mis ayudantes me la hará llegar a corto plazo. De momento, me conformo con que usted me haga un breve resumen.

 

Ella le miró burlonamente.

 

  • Las palabras de Silva corresponden al “libro de los muertos de Nekbed”. Utiliza la lengua de los faraones, que él conocía a la perfección, y se refiere a sí mismo denominándose Ammut.

  • ¿Y eso es todo? ¿ Dónde están las amenazas?

  • Ammut era el nombre que él utilizaba para perpetrar sus crímenes. Representa a un monstruo híbrido que devoraba los corazones de quienes no superaban el juicio ante Osiris.- hizo una pausa dramática.- En la grabación, Ammut reclama los nuestros, el de mi madre y el mío propio.

  • ¡Pare un momento!- La cabeza de Gilabert se llenaba de dudas cuanto más avanzaba la conversación.- Por lo que me ha dicho hasta ahora, nada indica que esa grabación esté hecha por su padre, excepto la palabra de ustedes dos. Además, y aún en el caso de que fuera así podría tratarse de otra persona que la poseyera y la estuviera utilizando para asustarlas a saber con qué propósito. El hecho de que esa sea la voz de Silva no confirma que siga vivo. ¿No ha pensado en ello?

  • No existe nadie actualmente que pueda relacionarnos a nosotras con Silva. Borramos cuidadosamente cualquier pista o vínculo sobre nuestro parentesco. Hace demasiado tiempo que enterramos ese capítulo de nuestra vida. Como comprenderá no hubiéramos podido salir adelante con ese lastre.

  • ¿Ningún familiar, ningún amigo con quien siguieran manteniendo contacto?

  • Nadie en absoluto.

  • De todos modos, hablaré de nuevo con su madre para asegurarme sobre esta cuestión. No tuvo que ser fácil para ella empezar una nueva vida en el anonimato al cuidado de una adolescente sin que nadie le echara una mano. Puede que haya detalles que usted misma desconozca.

 

Una sombra de vergüenza nubló temporalmente el rostro de la abogada.

 

  • Hable con ella si lo considera oportuno, pero si quiere saber como salimos adelante yo misma se lo puedo decir. Mi madre se dedicó a la profesión más antigua del mundo. A una prostituta nadie le hace demasiadas preguntas.

 

Pau Gilabert sintió un punzante dolor en el vientre.

 

  • Lo siento, no es mi intención humillarlas ni remover en heridas tan dolorosas, pero comprenda que hemos de descartar todas las posibilidades antes de lanzarnos a la quimérica búsqueda de un hombre que lleva muerto tantos años.

  • No se preocupe.- su cuerpo parecía haber encogido en la silla que la sostenía.- Usted ni se imagina lo que es vivir con ese terror ni las secuelas que todo esto dejó en nuestras cabezas para siempre. Pero ese mismo miedo estimuló nuestros sentidos y nuestra intuición.

 

Pau no pudo dejar de sentir piedad por esa mujer que ahora se le aparecía más vulnerable que una criatura. Pero no quiso dejarse arrastrar por ese sentimiento. Él era un profesional.

 

  • Y… dígame señora Marco, según tengo entendido fue su madre quien denunció a su marido tras encontrar algunos restos de las víctimas en el sótano de una de sus propiedades. Inmediatamente su padre fue detenido, no opuso resistencia y confesó profusamente…

  • ¿A dónde quiere ir a parar?.- A Dolores se le despertaron los sensores de alarma. De improvisto, no le gustaban los derroteros que estaba tomando esa conversación.

  • Usted contaba con doce años de edad cuando su padre fue detenido. A pesar de las aberraciones que fueron descubiertas, su madre y usted prestaron declaración para su defensa.- Gilabert miraba de soslayo a la abogada mientras continuaba hablando.- Ambas testificaron que Heraclio Silva era un espécimen modélico como padre y esposo. Un hombre culto y tradicional que gustaba de pasar momentos felices en familia y, que no escatimaba esfuerzos en darles la cómoda vida burguesa que sus posibilidades podían permitirle.- siguió otro incómodo silencio.- Lo que no me encaja es, por qué usted dice que temía a su padre antes de conocer sus macabras actividades. Entiendo que después tuviera motivos para no querer oír su nombre jamás pero antes, según sus declaraciones en el juicio, Silva se trataba de un dechado de virtudes y nobles sentimientos al calor de su hogar. Declararon a su favor argumentando que seguramente poseía una doble personalidad y que, solo guiado por alguna suerte de locura, podía haber cometido dichas atrocidades.

  • Las cosas no fueron exactamente así. Yo dije lo que mamá y los abogados me pidieron que dijera y callé… otras cosas.- Todo asomo de arrogancia había desaparecido de la voz de la abogada.- Estaba muy asustada. ¡Por Dios, solo tenía doce años! Lo único que deseaba era que toda esa locura desapareciera de mi vida. Olvidar… yo solo quería olvidar y comenzar a vivir como cualquier otra chica de mi edad.

 

Pau la observó por vez primera sin ninguno de sus filtros. Una corriente de simpatía nació en él hacia la niña de doce años aterrorizada que había sido un día la impresionante mujer que tenía delante. Ahora comprendía por qué se dejaba la piel en su trabajo y no escatimaba esfuerzos en conseguir duras condenas para toda suerte de maltratadotes y sádicos. Era lógico que esto se hubiera convertido en prioritario para ella.

 

  • Está bien.- el tono del detective era decididamente amable ahora.- Esta misma tarde voy a realizar unas gestiones que podrían ayudarnos a verificar la muerte de Silva. Voy a fiarme de su intuición señora Marco, pero quiero ser honrado con usted y le aseguro que no alentaré ninguna fantasía y que basaré mi investigación solo en hechos. ¿Estamos de acuerdo?

  • De acuerdo detective.

 

Dolores se levantó y le tendió la mano en gesto conciliador. Por vez primera desde que se conocían se despidieron sin demasiadas fricciones.

Inmediatamente después que hubo salido, Marga penetró en la habitación como una tromba y empezó a bombardear con preguntas al detective:

 

  • ¿Por qué no le has preguntado más detalles de su vida con el psicópata?

  • Otra vez has escuchado a través del interfono.- Le regañó Gilabert con escasa convicción.

  • Tú me enseñaste que cierta dosis de indiscreción es no solo beneficiosa, sino imprescindible para esta profesión. Saber es poder. Pero no pareces muy intrigado por conocer ciertos detalles del caso. Te muestras muy cauteloso con esta mujer. ¿Tienes miedo de que se cabree y nos mande al cuerno o es otra cosa?

  • Cada asunto a su tiempo. De momento tengo los datos que necesito, otros los intuyo y algunos no se me van a dar con facilidad por mucho que pregunte. Me moría de ganas de que me contara cómo era el trato padre-hija y, aún más, del papel que desempeñó la madre en esta relación.- Se levantó desperezándose despreocupadamente, aunque Marga sabía que se trataba de una pose.- Me ha explicado claramente que declaró a su favor en el juicio a petición de su madre. ¿Por qué una mujer que convive con un monstruo, a sabiendas de que su única hija sufría por su causa y que, además de todo esto, descubre que se trata de un asesino en serie va a querer declarar a su favor en el juicio? Y ¿por qué condicionó a la niña para que hiciera lo mismo?

  • Sin duda es una gran contradicción. La señora Sopesens fue quien lo delató pero según las crónicas de la época, siempre defendió la teoría de que su marido era un ser bondadoso que sufría la desventura de alguna enfermedad mental.- Marga tenía fruncido el entrecejo con ese gracioso gesto que delataba que su cabeza funcionaba a todo gas.- ¿Sabes?, no creo que Dolores pensara lo mismo que su madre. Creo que sabía que su padre era un sádico cabrón y que el miedo con el que vivió ha encontrado la forma para volver y seguir mortificándola.

  • Ha debido ser muy duro para ella. Ha trabajado mucho para borrar su pasado y construirse un presente sólido y con sentido. He de reconocer que, a pesar de la irritabilidad que me produce, Lola Marcos parece ser una mujer admirable.

  • Una mujer que a ti te gusta mucho.- Marga sonrió picaramente al maduro y grotesco personajillo que la miraba con ojos soñadores.

  • Aunque esta circunstancia fuera cierta, que no lo es, te aseguro que eso no cambiará un ápice las condiciones en las que se va a desarrollar nuestra relación, te lo aseguro. Además, a los ojos de una mujer como ella la única reacción que un tipo como yo puede producirle es la risa. Y créeme, no es la peor de las reacciones que suelo generar entre las mujeres.

  • Eso es porque todas las mujeres que has conocido eran unas oligofrénicas emocionales incapaces de valorar ese corazón valiente y generoso que se te sale por la boca. Si no te quisiera como a un padre te enseñaría como te mereces ser querido por una mujer de verdad.

  • Ya se que quieres levantarme la moral, pero no hace falta que añadas detalles incestuosos para hacerlo. ¿A qué hora pasará Sempere a recogerme?

  • Dijo que no se demoraría. En cuanto consiga la traducción de la cinta se dejará caer por aquí, aunque parece que ya no es necesaria.

  • No creas. Aunque no dudo de que lo que me ha dicho Dolores Marco sea cierto, prefiero tener una interpretación escrupulosa de las palabras pronunciadas en esa casete.

 

En ese preciso instante, se abrió la puerta y una voz enérgica y jocosa exclamó:

 

  • ¿Alguien requiere mis servicios? Con su roja y enmarañada cabellera, las barbas luengas y entrecanas y la improvisada indumentaria de inspiración hippie, el poeta Sempere parecía más la encarnación de un guerrero vikingo en la madurez que el ayudante a tiempo parcial de “Investigaciones Gilabert S.A.”

  • ¿Conseguiste la traducción?

  • ¿Lo dudabas acaso?.- con un gesto teatral depósito unas cuartillas encima de la mesa de su amigo.- ¡Es alucinante! Habla de un tipo que se come los corazones de la gente y…

  • O sea que ya has conocido a Ammut.- le interrumpió Marga dejándolo cortado.

  • ¿Ya sabéis lo que dice la cinta?.- preguntó Jordi entre sorprendido y desilusionado.

  • A grandes rasgos.- le atajó Gilabert.- Lo que me interesa es saber si hay alguna alusión a las dos mujeres que pueda interpretarse como una amenaza.

  • Pues lo cierto es que sí. En realidad algo más que alusiones. Leeros este párrafo:

 

“Y vosotras dos, mi amada esposa y nuestra poderosa “ta rekhet”, mi querida niña libre de pecado, habéis negado la posibilidad de abrir la puerta que propicie mi regreso de entre los no-vivos y es por ello que debéis acompañarme al mundo de los muertos”

 

  • ¿Qué significa “ta rekhet”?- inquirió Marga tras leer estas líneas.

  • En el segundo folio hay una explicación de todas las expresiones que no han sido traducidas literalmente.- Y Sempere tomó la hoja para mostrársela a sus amigos.- ¡Mirad!, aquí lo explica: Una “ta rekhet” era considerada una mujer sabia, una especie de vidente que poseía los poderes intuitivos necesarios para comunicarse con las fuerzas ocultas.

Los tres permanecieron unos minutos en silencio leyendo el texto minuciosamente. Fué Pau Gilabert quien decidió romperlo preguntándole a su amigo:

 

  • ¿Has traído la furgoneta?

  • Había pensado que me llevarías de paquete en tu bici, pero pensándolo mejor y teniendo en cuenta que vamos a un psiquiátrico he decidido traerla.

  • Marga nos ha concertado una entrevista con un enfermero que lleva casi treinta años trabajando en ese centro. Conoció a Silva y estaba de guardia el día que se produjeron los acontecimientos que provocaron supuestamente su muerte.

  • Le he dicho que le llamaba desde la redacción de “El País”.- explicó Marga .- Que vamos a dedicar unos artículos en el suplemento dominical a algunos asesinos en serie españoles. Estuvo encantado cuando le dije que podríamos hablar de una remuneración por el tiempo que nos dedicara. Me aseguró que, sobre las seis de la tarde, puede tomarse un descanso y que sería un honor compartir ese rato con nuestros reporteros.

  • ¡Perfecto! El único problema será de dónde sacar la pasta para hacer hablar a este “querubín”.

  • No sufras Jordi. ¿Cuándo ha sido el vil metal un impedimento para nuestras pesquisas?.- Sempere parecía que iba a contestar a eso pero su amigo le ignoró dirigiéndose a Marga:- ¿Qué vas a hacer mientras tanto tú?

  • Tengo una cita con la hermana de una de las mujeres que Silva asesinó. Se llama Montserrat Arnaud. También le “largué” el cuento de la periodista, pero intuyo que no me creyó una palabra. En cualquier caso, accedió a tener una breve charla conmigo dentro de un rato.

  • Bien, seguro que si tiene algo que aportar tú se lo sonsacarás. Nos veremos esta noche en casa. Podemos cenar los tres juntos y así intercambiamos nuestra información. Me comprometo a preparaos una cena morrocotuda.- Cocinar para la gente que quería era un placer para Pau Gilabert. Hablar, comer y beber en torno a una mesa con sus amigos le proporcionaba relajo y alegría, y era de la opinión de que no se debían escatimar tales ocasiones.

 

 

Cuando llegaron al centro psiquiátrico observaron que las medidas de seguridad parecían extremas. Había guardias en la puerta y una extensa red de cámaras se desplegaba alrededor de todo el recinto. Se trataba de un vetusto edificio de piedra rodeado por un alto muro del mismo material. Su aspecto evocaba al castillo del maligno de los cuentos de hadas. Involuntariamente, ambos hombres sufrieron un estremecimiento al detenerse ante él.

 

Solicitaron a uno de los guardas que avisaran a la persona que habían venido a ver. El hombre los miró con desconfianza y los condujo a una destartalada sala en el interior donde les pidió que aguardaran un momento. Al cabo de unos minutos, una masa humana de mirada torva entró en la estancia y se identificó como Miguel Montalbán. De forma adusta, les comunicó que había cambiado de opinión. Si querían hablar con él no sería en el centro. Les deslizó una tarjeta con el nombre de una cafetería cercana al Ateneo emplazándoles a encontrarse con él a las 22,30hs. Se despidió abruptamente y se fue más deprisa de lo que había llegado.

 

 

 

CAPÍTULO SEXTO

 

 

Montalbán, libre ya del siniestro pijama de enfermero, se acercó sudando copiosamente a la mesa que ocupaban Sempere y Gilabert. Se trataba de un hombre que debía andar cercano a la jubilación. Obeso y prácticamente calvo, daba la impresión de estar profundamente marcado por el entorno laboral en el que se desenvolvía desde hacía tantos años. Pau pensó que tenía ojos de enajenado, pero confió en que fuera, al menos un enajenado con memoria que les ayudara a verter algo de luz en este asunto.

 

Se sentó, y con un susurro nervioso y entrecortado dijo:

 

  • Perdonen que no les recibiera en mi trabajo, pero me precipité cuando le dije a la chica que llamó que podíamos hablar allí. ¿No les habrán comentado a los guardias que son periodistas?

  • No tema. Lo último que queremos es comprometerle.- le tranquilizó Sempere.

  • Oiga, cuando nuestra redactora le llamó usted no puso ningún reparo a que nuestra reunión tuviera lugar en el psiquiátrico. Es más, según nos aseguró usted propuso el lugar y parecía encantado.- intervino Marcos Gilabert.- ¿Lo comentó con alguien que le insinuó que no sería buena idea o qué?

 

El enfermero tardó un rato en responder. Luego lo hizo despacio, como si midiera mucho sus palabras.

 

  • No, no es eso en absoluto. Es solo que pensé que a mis superiores… que no iba a gustarles esta clase de publicidad para el hospital. ¿Puedo confiar en ustedes? ¡Mierda, qué tonterías digo! Estoy hablando con dos periodistas. Oigan, tienen que prometerme confidencialidad, sino no podré hablar con ustedes..- Una mueca, que pretendía ser una sonrisa deformó su cara para añadir.- Y bueno… una recompensa económica por la información no me vendría nada mal. La chica me dijo que habría algo de dinero para mí.

  • Hablemos claro, señor Montalbán. ¿Cómo sabemos nosotros que su información vale un solo euro?

 

La fea cara del detective se aproximó al rostro sudoroso y desagradable de Montalbán.

 

  • Vale, de acuerdo. ¿Cuánto pagarían si yo les pusiera en contacto con el mejor amigo de Silva? Puedo darles su nombre y decirles dónde encontrarlo.

  • ¿Algún otro loco interno en el psiquiátrico?

  • Frío, frío. Se trata de su más íntimo amigo desde la juventud. Alguien con quien le unían estrechos vínculos llamémoslos “metafísicos”. Si quieren saber de quien estoy hablando acudan mañana aquí a la misma hora con seiscientos euros en el bolsillo.

  • Bueno, correremos el riesgo.- dijo Gilabert procurando sonar poco simpático.- Pero a cambio adelántenos algo más sobre la personalidad de Silva. ¿O eso tiene otra tarifa?

  • No amigo mío. Eso les saldrá gratis. Silva era el tipo con la inteligencia más despiadada y maquiavélica que he conocido. Un individuo muy culto, un erudito con un elevado poder de sugestión que podía minar las voluntades más tenaces. En el tiempo que lo tuve que tratar, no fui el único que tuvo que recurrir a los ansiolíticos para poder soportar la presión que ejercía con su sola presencia. Era un monstruo sin paliativos señores, capaz de humillar y someter a cualquiera que se le cruzaba por delante.

  • ¡Existe la posibilidad de que pudiéramos hablar con alguno de los psiquiatras que lo trataron en aquella época? Quizás, aunque estén jubilados, quieran recibirnos si usted nos proporciona sus nombres.

  • ¡Mala suerte chicos! Ninguno de los especialistas que lo atendieron está vivo para contarlo. El primero se suicidó inesperadamente a los seis meses de tener a Silva a su cuidado. Después hubo problemas porque varios loqueros se negaron a tratarle y, finalmente, decidieron hacerse cargo de él en grupo. ¿No lo entienden? Ninguno quería caer bajo su perversa influencia en solitario. Tres psiquiatras formaron una especie de alianza para tratarle al unísono.

  • ¿Y qué pasó, funcionó eso? - Sempere pensó que iba a comerse los muñones por el suspense.

  • Al principio parecía que la cosa iba bien, pero poco antes del incendio en el que Silva falleció ocurrió otra tragedia. Resulta que, al parecer, uno de los médicos se había liado con la mujer de otro de sus colegas. El “carnudo” resolvió el conflicto disparando a los adúlteros con una escopeta de caza y suicidándose luego.

  • ¿Y el tercero?

  • El tercero desapareció a los pocos días de la muerte del psicópata y nunca se supo más de él. Se especuló con otro suicidio, pero en realidad nunca apareció un cadáver que confirmara esa teoría.

  • ¿Y usted culpa directamente de todas estas desgracias a Silva?

  • Sin ningún género de dudas señores.- Dictaminó con solemnidad Montalbán.

  • Pero tienen que quedar archivos, informes…- A Gilabert le incomodaba el estilo del enfermero. Presumía que debía de padecer alguna clase de adicción y que toda la parafernalia que exhibía era un método para sacarles los cuartos.

  • Todo se destruyó hace unos pocos años. La administración no lleva tanto informatizada y no se guardan los historiales de enfermos fallecidos hace más de veinte años. Sin embargo casualmente, yo guardo unos documentos que podrían ayudarles a definir la personalidad del asesino.- Su sonrisa se tornó más siniestra si cabe.- Pero entonces hablaríamos de mil euros más.

  • ¿De qué documentos se trata?.- Pau empezaba a perder la paciencia con ese tipo, miró a Sempere y se dio cuenta de que se reprimía las ganas de incrustarle un cenicero en la cabeza.

  • Apuntes personales. Una especie de diario con notas, poemas, pensamientos… Muy ilustrativos sobre su personalidad, créanme. Les diré qué podemos hacer: Si me dejan su tarjeta les llamaré, y si me confirman que su redacción está dispuesta a pagar la información, pues perfecto. Yo les doy los escritos y el nombre de su amigo y ustedes me dan mil seiscientos euros. Y no me miren así. Estamos en una sociedad en la que todo se puede comprar y vender. Ayer pensé en darles gratis la información pero, ¡ostias!, un periódico tiene mucha pasta y este mercadeo no debería resultarles raro. Al fin y al cabo, yo no pido demasiado.

 

Los dos amigos se levantaron y estrecharon, no carentes de aprensión, la mano que les tendía ese montón de grasa titubeante. De camino hacia la furgoneta se escuchó la voz de Sempere que mascullaba entre dientes algo sobre el “puto neoliberalismo” que abarataba la dignidad de los seres humanos.

 

Cuando llegaron a casa de Gilabert eran casi la una de la madrugada. Marga, que tenía llaves del apartamento de su tío, había improvisado una frugal cena con espárragos y unos cachos de jamón que había rescatado de la nevera. Pau sacó una botella de rioja que guardaba en la alacena, y los tres se sentaron a conversar y dar cuenta de las escasas viandas con la avidez de una manada de lobos.

 

  • Estaba a punto de llamaros al móvil por si habíais tenido algún percance.- La muchacha pronunció estás palabras con acento de reproche y mirando directamente al investigador.

  • Sabes de sobra que no debes preocuparte por nosotros.- Le dijo dulcemente Jordi Sempere.- Somos zorros viejos y sabemos escabullirnos de todos los problemas.

  • ¡Que el cielo nos asista!.- Exclamó Marga dramáticamente.- Bueno, está bien, ¿qué habéis averiguado?

 

Y entre trago de rioja y taco de jamón,, fueron contando lo acaecido con el enfermero a una cada vez más interesada Marga. Cuando concluyeron, pudieron observar como se quedaba callada, pensativa…

 

  • Si estás preocupada por saber de dónde vamos a sacar el dinero para pagar a ese tipo, olvídalo. Mañana a primera hora me comunicaré con la señora Marco y le explicaré la situación. Ya le advertí que no escatimaríamos en gastos y creo que ella pagará gustosamente.

  • No estoy preocupada por eso. Veréis, esta tarde fui a visitar, como acordamos, a la hermana de una de las víctimas de Silva. Se llama Montserrat Arnau. El cadáver de su hermana Blanca apareció suspendido de un arnés en la capilla de una pequeña ermita del Penedés. Tenía diecinueve años.- Marga tuvo que recuperar el aliento antes de continuar.- Blanca tenía según su hermana, unas manos bendecidas para la música. Tocaba el arpa con un talento natural. El monstruo se las había cortado, le arrancó el corazón (no se llego a verificar si ya estaba muerta cuando lo hizo) y le sacó los ojos. La pobre chica apareció completamente desnuda, cubierta por un manto blanco similar a los que llevan las vírgenes de los grabados. Prendida de esta indumentaria apareció una nota escrita con unos signos que se verificaron correspondían a escritura jeroglífica egipcia. Unos macabros versos que decían algo así como:” Yo te conduzco criatura, y te transformo en un espíritu digno de Ra , libre de todos los impedimentos terrenales, gracias a la intervención del devorador serás recordada eternamente”

  • ¡Ammut “el devorador”! Es natural que estés impresionada. Imagino lo duro que habrá resultado rememorar estas infamias con la hermana de la pobre chica.- Sempere tomó una de las trenzas de Marga y jugueteó con su extremo haciéndole cosquillas en la nariz.

  • La verdad es que la señora Arnau resultó ser una mujer muy templada. Me dio un montón de información sin el más mínimo amago de sentimentalismo. Cuando llevábamos un buen rato conversando, me sorprendió al decirme que no me daría más información si no le decía quién era yo en realidad. No se por qué, me sentí obligada a decirle que trabajaba para una agencia de investigación, pero me negué en redondo a facilitarle el nombre de nuestro cliente.

  • Hiciste bien.- intervino Pau.- La sinceridad es, en muchas ocasiones, un arma más efectiva que la mentira.

  • Esta vez, al parecer, funcionó bien.- la pecotosa cara se iluminó con una sonrisa intrigante.- Montse Arnau intervino como acusación particular en el juicio contra Silva. Personalmente, se encargó de hacer averiguaciones para aportarles más madera a los abogados. Tenía unos treinta años cuando sucedieron los hechos y le resultó decepcionante que el asesino acabara recluido en un psiquiátrico. Ella mantuvo siempre la teoría de que el monstruo no estaba loco y esperaba un castigo ejemplar para él. Por aquella época el código civil todavía contemplaba la pena de muerte y ese era el objetivo de su lucha.

  • ¡Cómo olvidarlo!.- Exclamó Jordi.- En el 75 aún le quedaban fuerzas al general para firmar sentencias de muerte a pie de tumba.

  • Me comentó que algunos personajillos públicos de la derecha más tradicional acudieron movidos por impulsos “caritativos”, a declarar a favor del asesino. Alegaron a su favor su generosa adhesión al Régimen y su rectitud moral y empresarial.- Siguió hablando cada vez más rápido, emocionada por la atención que su relato despertaba en los dos hombres.- Incluso un fraile declaró sobre la inestimable calidad de su fe. Explicó que se conocían desde la adolescencia y que, aunque llevaban años sin verse, no había dudado en acudir en su auxilio cuando conoció los detalles de su caída en desgracia. La señora Arnau era una mujer muy religiosa. Le repugnó escuchar como un servidor de Dios defendía al ser más abyecto creado por la naturaleza. Intentó hacerle llegar sus reproches, pero el fraile la obvió con displicencia cada vez que ésta se le aproximaba. El monje se hizo popular porque solicitó un permiso especial del arzobispado para prestar sus servicios en el centro en el que Silva fue internado. Después del incendio en el psiquiátrico, obsesionada con el religioso, Montserrat acudió a buscarlo a estas dependencias, pero ya no lo encontró. Había regresado a la Cartuja de “Aula Dei” en Zaragoza, y es sabido que allí no se admiten visitas femeninas.

  • ¿Te dijo cómo se llamaba? - Preguntó ansioso Gilabert.

  • Pues…sí. Y eso es lo que os quería decir. No necesitamos pagarle a ese individuo para conocer el nombre del amigo de Silva. Se llamaba, bueno se llama porque aún está vivo, Federico Angulo. La señora Arnau mantuvo correspondencia con él a lo largo de todos estos años. Se habrán cruzado una docena de cartas en este periodo. En las primeras, Angulo le hablaba a la mujer en términos de perdón y caridad cristiana. Pero en la última, recibida apenas hace dos meses, el contenido tomó un giro radical.

  • ¿Te dejó leer esa carta?

  • Mucho mejor que eso. Me la escaneó para que pudiera llevarme una copia. La verdad es que estuvo muy amable y colaboradora conmigo.- Mientras decía esto se levantó para sacarla de su mochila y mostrársela a los dos amigos. Estaba redactada a máquina, pero la firma estaba hecha con estilográfica y destacaban las iniciales F.A.

 

!Pedazo de zorra!

 

Durante veinte años he recibido tus estúpidas cartas cargadas de odio y represión histérica. El asesinato de tu hermana debe ser lo único verdaderamente excitante que te ha pasado en la vida, ¿no es cierto?.

Ese debe ser el motivo por el que no puedes pasar página sobre este asunto, porque te pone cachonda y se te mojan las bragas cuando te imaginas a tu hermanita siendo follada como un animal por un tipo como Heráclio.

Lamento la crudeza de mis palabras, pero te lo tenía que decir de una buena vez. Estoy hasta los cojones de ti y de tus reclamos. Te aconsejo que te busques una buena polla que llene tu pacata existencia y no vuelvas a molestarme en tu puta vida. ¿Está claro?

F.A.

 

  • ¡Vaya con el fraile! No parece un lenguaje propio de un siervo de dios.- exclamó Sempere.

  • El tipo tenía la misma edad de Silva, en consecuencia, ahora debe ser un octogenario y es posible que se le vaya un poco la “chaveta”.- argumentó Gilabert.- Acostémonos. Mañana debemos emprender viaje hacia Zaragoza. Vamos a visitar la Cartuja de “Aula Dei”.

 

En la madrugada emprendieron ruta hacia la capital maña. Apenas habían dormido unas horas, pero Pau insistió en levantarse antes del amanecer para aprovechar bien el tiempo.

 

Decidió que llamaría a Dolores Marco cuando regresaran y que trataría de quedar con ella para pedirle algo de dinero. La verdad, le apetecía mucho verla. Desde su primera impresión sobre ella las cosas habían cambiado. Ella empezaba a desembarazarse de esa actitud de fría profesional sin sentimientos y empezaba a asomar el ser humano herido y asustado que en realidad debía ser. Por otro lado, Gilabert había relajado mucho sus maneras. Era algo que le ocurría con frecuencia con este tipo de mujeres: siempre se ponía a la defensiva. Sabía en carne propia, que los tiempos que corren exigen que el aspecto físico sea la tarjeta de presentación por la que se juzga al prójimo. Políticos, abogados, médicos, camareros…todos compiten por poseer un físico que les avale delante de los demás. Una presencia física “socialmente aceptable” parece augurar otras virtudes morales en el individuo.

 

Pero Pau Gilabert era condenadamente feo, sin paliativo alguno. Con buen criterio intuía que ni en manos de los más prestigiosos esteticistas, tenía posibilidades de resultar medianamente atractivo. Tampoco ignoraba, por amarga experiencia, que pocas mujeres eran capaces de sobreponerse a la repugnancia inicial de su presencia para bucear en otras facetas más gratificantes de su personalidad. Esa era la causa de que cuando se encontraba frente a una fémina que le despertaba algún interés, su comportamiento era la de un auténtico borde sin poder evitarlo. Trataba a través de algún recurso inconsciente, establecer ante ellas que él tampoco se mostraba interesado, evitando así el doloroso y conocido rechazo.

 

Cuando les faltaban unos treinta minutos para llegar, se hallaban enzarzados en divagaciones teológicas. Sempere siempre se apasionaba hablando pestes sobre la iglesia católica y sus representantes. En realidad, era un ateo recalcitrante y tenía pésima opinión de todas las religiones. Gilabert se mostraba más templado sobre este tema. Admitía intuir cierta espiritualidad y no se atrevía a negar, tan taxativamente como su amigo, la existencia de un orden de naturaleza superior. Pero tampoco simpatizaba con las religiones que conocía y no le temblaba el pulso a la hora de calificarlas de sectas.

 

  • Es como lo de los cartujos estos.- Seguía despotricando Sempere.- Aquí encerrados, aislados del mundanal ruido, sin tentaciones, sin necesidades mundanas, sin noticias… Entregados a una vida de contemplación estéril para rendirle culto al creador pero sin ningún acto que refleje una mínima solidaridad con el género humano. Que yo sepa,.- prosiguió con entusiasmo.- el líder de su secta les aleccionó para que estuvieran al lado del que sufre y es desfavorecido por la justicia. No creo que esperara de ellos que se dedicaran la vida entera a engordar el ego de un ser que por su naturaleza divina y superior, debería estar muy por encima de estos gestos de sumisión inútil.

  • Pues verás, a mí es un estilo de vida que no me desagrada del todo. En mi caso, elegiría una congregación que ejerciera el voto de silencio y dispusiera de una buena biblioteca. La lectura, el trabajo en la huerta, el mantra relajante de la oración…

  • ¡No digas bobadas! – Le cortó indignado “el Magras”. A los dos meses, como máximo, serías capaz de asesinar tú mismo a uno de los frailes para montarte una buena intriga que averiguar.

 

Cuando vieron la señal que anunciaba la proximidad de “Aula Dei”, Gilabert reflexionaba divertido sobre la impresión que iban a recibir los monjes de las pintas que se traían los dos amigos. Fijó la vista en su pantalón a cuadros rojos y negros para luego desviarla hacia su pintoresco compañero. Decididamente, parecían un par de patéticos y trasnochados hippies. Esperaba que esta circunstancia no incomodara demasiado a tan santos varones.

 

La Cartuja tenía un protocolo para ser visitada por el público. Había que concertar una cita previa, requisito que ambos investigadores decidieron saltarse a la torera. Esperaban urdir alguna excusa que facilitara esta intromisión. Otra cosa hubiera sido si en vez de dos hombres, las visitantes fueran mujeres. Gilabert sabía que el acceso a éstas estaba totalmente prohibido. Creía recordar que una sola vez, se había abierto la estancia para las damas con motivo de alguna exposición y de forma restringida.

 

Cuando llamaron a la puerta, fueron recibidos por un fraile de aspecto bonachón y talante parlanchín al que rogaron encarecidamente que les mostrara alguna de las reliquias y otros recuerdos fabricados por los monjes con la intención de adquirirlos. Mintieron como bellacos arguyendo que una tía moribunda, extremadamente piadosa, les había suplicado que le trajeran un rosario hecho por los santos hombres que moraban en tan piadoso lugar. El fraile conmovido por el cuento, los introdujo en una estancia que albergaba alguno de esos objetos que se vendían al público. Resultó ser un personaje extremadamente afable y de talante ingenuo con el que iniciaron una conversación aparentemente inocente:

 

  • En realidad.- siguió mintiendo impúdico Gilabert.- El hecho de que nuestra tía nos haya enviado hasta aquí tiene una explicación que data de hace muchos años. Aquí es donde reside una de las personas que más influyó en el fortalecimiento de su fe.

  • Pues si es así, debe tratarse de un cartujo.- Los inocentes y redondos ojos del fraile sufrieron una dilatación debida a la curiosidad. Era un hombrecillo anciano, calvo y extremadamente delgado que hablaba con acento calmo y afectuoso.- ¿De quién se trata?

  • Su nombre es Federico Angulo. El esposo de mi tía y él fueron grandes amigos de juventud. Después ocurrieron acontecimientos terribles y tras fallecer su marido, reconfortó espiritual y emocionalmente a nuestra querida tía, hecho este que ella nunca dejó de agradecerle.- y luego añadió:- Estoy seguro de que cuando sepa que soy sobrino de su amigo Heráclio, se dará una alegría.

 

El monje se quedó callado un momento y luego dijo con acento desenfadado:

 

-Miren… ¡Está bien! Voy a hablar con él. Pero les ruego que sean discretos y que si decide recibirlos, no prolonguen por más de una hora su visita. Me salto más de una norma arreglando este encuentro, pero estoy muy preocupado por él. De un tiempo a esta parte se ha encerrado en un obstinado mutismo. A lo mejor, esta visita es un estímulo para el pobre Federico.

-¡Es usted un buen amigo suyo! - Afirmó Gilabert con un tono ligeramente conmovido.

- En realidad no lo soy. En todos estos años de convivencia no hemos mantenido una estrecha relación, precisamente. En cambio desde que se encuentra en ese estado de ensimismamiento, solicitó que fuera yo el encargado de ayudarle en sus necesidades.- sonrió iluminando su cara de niño-viejo.- He aprendido a sentir por él una especie de cariño no correspondido. Pero no se lo tengo en cuenta. Yo creo que ha perdido un poco el juicio y quizás los recuerdos de los que conversen, le ayuden a dulcificar un poco su carácter.

 

El fraile les abandonó solo unos minutos. Cuando volvió les dijo con rotundidad:

 

  • Me ha dicho que estará encantado de hablar con usted. Al mencionarle el nombre de su tío fue como si saliera de un largo sueño.

 

 

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