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UN ASUNTO DE FAMILIA (Conato de novela)

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                                                               CAPÍTULO PRIMERO

Dolores no pretendía llamar la atención de aquel hombre tan pintoresco. Pero era evidente que lo había hecho. Y ahora, no sabía qué hacer para librarse de esa mirada blanda de carnero que le producía una incómoda inquietud.

Se había citado con un desconocido por un motivo sumamente importante y la descarada actitud de ese individuo, acrecentaba su nerviosismo.

De repente, sucedió lo que tanto había temido: El hombrecillo se levantó de la mesa que ocupaba en el pub, y dirigió su antiestética existencia hacia ella. Cuando estuvo realmente cerca, susurró roncamente:

 

-¿Es usted la señorita Marco?,¿Lola Marco?

 

Dolores se tomó un largo sorbo de gin-tónic antes de contestar. Trataba de valorar si este personaje podía ser el hombre que esperaba. Y en tal caso, no comprendía cómo unos informes tan excelentes de su trabajo podían corresponderse a un aspecto tan desaliñado. Se trataba de un tipo de cincuenta y tantos, con la mirada acuosa y unos labios carnosos en exceso. De poca envergadura e indumentaria anárquica. El cabello le escaseaba en las sienes y caía, abundante y canoso, recogido en una coleta que se balanceaba entre sus omoplatos.

 

  • Entonces…usted debe de ser Gilabert!,¿Sabe? Pensé que se me estaba insinuando.-rió pudorosamente.- ¡ Ha tardado un buen rato en decidirse a abordarme!

 

Era cierto. A Pau Gilabert le apasionaba observar a la gente. Le gustaba sentarse en las terrazas de los cafés y mirar a los desconocidos inventándose, cuáles serían sus miserias, sus pasiones, sus misterios más inconfesables. Se jactaba de poder descubrir una personalidad psicopática exclusivamente, a través de la observación.

 

  • Perdóneme por favor, no quería ofenderla.- se disculpó con gesto preocupado.- Es pura deformación profesional. Sí, soy Pau Gilabert.

  • En ese caso, ya sabe lo que me preocupa.

Efectivamente, Gilabert había recibido en su despacho un correo certificado con el remite de Dolores Marco, solicitando sus servicios para buscar a su padre al que decía no ver desde hacía más de veinte años. También sabía que se trataba de una mujer de reconocido prestigio profesional. Abogada especializada en malos tratos y abusos en la infancia se había convertido en una especie de heroína mediática que aparecía, con relativa frecuencia, en sangrantes debates televisivos y tertulias radiofónicas. Rondando los cuarenta, era una sensual morena de ojos hermosos e inteligentes que sacaba partido de su belleza con la misma profesionalidad que lo hacía de sus otros talentos.

  • Pues sí, recibí su carta. Pero siento tener que rechazar su trabajo.

  • ¿Por qué?- Casi gritó Dolores.

  • Nuestra agencia de detectives está especializada en la resolución de desapariciones, pero no nos interesan los “asuntos de familia” a los que usted hacía referencia.

Dolores, pese a su delicado aspecto, era una hembra curtida en los asuntos comerciales. Ella había requerido contratar un servicio y esa gárgola fatua y parloteante le estaba rechazando.

 

  • Escúcheme bien… “caballero”.- dijo a la vez que se estiraba voluptuosa en su banqueta.- es cierto que le nombré un tema de herencias, un asunto familiar. Pero no quisiera ser descortés al decirle que los motivos de mi búsqueda son terriblemente delicados incluso para hablarlos personalmente.

 

Gilabert no había decidido realmente si se ocuparía de su encargo, aunque la intriga que le producía la abogada iba creciendo por momentos.

 

  • Mire, llevo más de treinta años en esta profesión. Primero como policía y luego como investigador privado. Ahora dirijo mi propia agencia. En todos estos años, me ha tocado enfrascarme en algunos casos que no han contribuido, en absoluto, a mejorar mi calidad humana. Actualmente me doy el gusto de seleccionar mi trabajo, en lo que cabe, y aún más cuando son mis servicios personales los que se demandan.

  • ¡Por favor!- rogó ella con ansiedad infantil.- Me he informado antes de decidirme a contratarle. Todos los que me dieron su nombre me aseguraron que se trataba del mejor. ¡Estoy decidida a aceptar sus condiciones!

 

Gilabert sintió una cruel satisfacción con las súplicas de la abogada. Esta sensación se tornó en remordimiento cuando recordó que, últimamente, se habían visto obligados a aceptar casos de escasa categoría para pagar las facturas. Estaba claro que aceptarían el encargo, era una cliente solvente y no creía que se tratara de nada complicado. Sería un ingreso limpio y rápido para la agencia.

 

  • Cuénteme todos los detalles, aparte de los datos personales de su padre, quiero saber por qué hace tantos años que no le ve y por qué es tan importante encontrarlo ahora.

  • ¿No cree que eso atañe a la intimidad de mi familia?

  • Soy un detective señora, me nutro de los detalles, los grandes y los pequeños, no existe parcela de intimidad para el que investiga, y si no vamos a entendernos…

 

Gilabert se dio la vuelta y se dirigió a la salida. Pero ella lo interceptó con agilidad y lo condujo hacia una mesa apartada en un rincón del bonito local. Eran las cuatro y media de la tarde y el café estaba prácticamente desierto. Al fondo, unos adolescentes se devoraban a besos en la penumbra de un sofá, y el camarero leía con interés una novela, mientras la música de manu-chao llenaba cálidamente todos los rincones poco iluminados.

 

  • Le contaré todo.- le dijo al detective con expresión de abandono en el rostro.- Solo espero que comprenda que, algunas cosas son desconocidas por la mayoría de la gente y si usted faltara a su confidencialidad, mi carrera profesional y mi vida personal se verían seriamente comprometidas.

  • No tema. Sus secretos estarán a salvo conmigo.- y ofendido por la duda,añadió:

  • Además, la confidencialidad va incluida en la tarifa.-sonrió con una mueca codiciosa.

 

 

Ella lo miró largamente antes de hablar. Sacó un cigarrillo y lo encendió con parsimonia, después se inclinó hacia su acompañante y le ofreció un relato que lo mantuvo como embrujado durante un largo tiempo.

 

  • Quiero que encuentre a mi padre porque mi madre está recibiendo amenazas telefónicas y sospechamos que se trata de él.

  • ¿Por qué? En qué fundamentan sus sospechas.

  • Mi madre, que es quien ha contestado a las llamadas, asegura que es su voz.

  • ¿Por qué desapareció?

  • Mi padre se llama Heraclio Silva.- Dolores observó el rostro de su interlocutor antes de continuar.- Silva…¿recuerda?, el famoso asesino múltiple de finales de los setenta, “el asesino de los versos”. Creo que ha encontrado la manera de volver del más allá para vengarse de mi madre.

 

El detective trató de vencer el estupor y escudriñó en su memoria lo que recordaba de ese asunto.

  • Pero eso no puede ser. Según alcanzo a recordar Silva murió unos años después de ser confinado en un centro psiquiátrico.

  • Sí, así es.- le contestó Dolores con expresión angustiosa.- Esa es la versión oficial, pero nosotras tenemos serias dudas sobre ella.

  • ¿Tienen pruebas de lo que me está diciendo?

  • Si usted hubiera conocido a mi padre, no necesitaría pruebas para creerlo capaz de cualquier cosa.

  • Pues cuénteme el cuento completico, tenemos tiempo… y yo trabajo por horas.

 

Dolores decidió obviar la grosería del investigador atribuyéndosela a la sorpresa. Recostó la espalda en el cómodo sofá y comenzó a hablar con la mirada perdida:

 

  • Mi madre era una jovencita de dieciséis años cuando conoció a Heráclio. Tenía la cabeza llena de pájaros. Su familia pertenecía a la alta burguesía catalana, aunque su liquidez no era precisamente señorial. Silva no pertenecía al círculo social de mi madre, pero tuvo oportunidad de conocerla a raíz de unos negocios que mi abuelo hizo con él. Por aquel entonces, Heráclio era un hombre casado y afortunado en los negocios que prometía maneras en política. No se le conocían antecedentes familiares ni nadie osaba pedírselos. Debido a su habilidad financiera contaba con influencias que le abrían nuevos caminos a su ambición.

  • ¡Sí, ya me acuerdo! Aunque no participé en el caso, lo seguí con interés. Se trataba de un ciudadano ejemplar con muchos amigos en puestos destacados del régimen y de la alta sociedad catalana de la época.

  • Mi madre se quedó fascinada por él. Al poco tiempo, la mujer de Silva falleció en un desafortunado accidente de equitación…- buscó la mirada de Gilabert.

  • ¿Cree que el accidente no fue tal accidente?

  • A los seis meses, y de manera insólita para mis abuelos, solicitó la mano de Magdalena.- continuó, soslayando la pregunta.- Veían asegurado el futuro de su hija pero la edad del pretendiente, cuarenta años ya, frente los dieciséis de la niña… además estaba la oscuridad total sobre sus orígenes, dato que no dejaba de mortificarles. No obstante, decidieron apostar por la estabilidad económica de su hija. Ella se volvió loca de alegría y dos meses antes de cumplir mi madre diecisiete años, se convirtieron en marido y mujer. ¿No le parece que no hay patraña más cruel que el amor?

Gilabert contempló a la hermosa mujer que tenía al lado. Se había hecho muy popular persiguiendo el cumplimiento íntegro de las condenas impuestas a pederastas y maltratadores. Los canales mataban por tenerla de invitada en sus tertulias. Era sencillamente perfecta: inteligente, sarcástica, arriesgada y, sobre todo, arrebatadoramente sexy. Lo cual era un hecho nada despreciable que también influía en los niveles de audiencia durante sus intervenciones.

 

  • Oiga, mi madre asegura que ha escuchado la voz de Silva y yo la creo.- dijo subiendo involuntariamente el tono. El detective miró a su alrededor y comprobó que el camarero y los otros parroquianos seguían a lo suyo.

  • Pero Silva murió oficialmente hace más de veinte años en un incendio en el que se vió involucrado. !Ya recuerdo! Otro recluso lo provocó para matarle.

  • Créame detective, mi madre y yo tenemos fundadas sospechas de que sobrevivió al incendio. Si acepta el caso, llámeme para concertar una cita en casa de mi madre, tenemos mucho de qué hablar.

 

Cada vez venían a su cabeza más datos sobre el “asesino de los versos”. En aquellos años, Gilabert era un joven oficial de policía y, aunque de lejos, puesto que Silva actuó siempre en los alrededores de Barcelona, siguió los detalles del asunto con interés. Se trataba de un psicópata de libro. No podía imaginarse cómo habría sido la vida de esas dos mujeres a su lado. No solo aceptaría el caso, algo le decía que no podría dejar de implicarse emocionalmente en él. Cuando se despidieron volvió a sentirse turbado ante la hechicera mirada de Dolores Marco.

  • La llamaré.- se apresuró a prometerle.

  • Sí, creo que lo hará.- Y tras una enigmática sonrisa, desapareció por la puerta del establecimiento.

 

 

 

 

 

 

                                                                     (CAPÍTULO SEGUNDO)

 

 

Dolores se miró en el espejo del ascensor y se sintió satisfecha de la imagen que éste le devolvía. Sin ser una belleza clásica, todo su físico exultaba feminidad y armonía. Aunque el tiempo avanzaba con su implacable deterioro, su atractivo no parecía verse afectado. Ella colaboraba con la genética sometiendo a su cuerpo a cuidados luteranos y con un guardarropa del que emanaba una sutil provocación.

 

 

Dolores Marco era una mujer muy inteligente. Poseía un cociente intelectual de escándalo y usaba, sin ningún prejuicio feminista, todas las ventajas de su tentadora anatomía y un nivel para la interpretación digno de un oscar.

Sabía que dichas virtudes, habían sido decisivas en su carrera como letrada. Desde hacía un par de años aparecía en programas de gran audiencia, y era en ellos dónde se sentía más consciente del poder que le inferían estas cualidades.

 

Cuando salía a un plató de televisión, lo hacía para seducir. En este arte, su técnica había sido depurada desde la más tierna infancia. Seducir era algo que no solo sabía hacer con los hombres, también con las mujeres conseguía ejercer su influjo hipnótico y llevarlos a todos a su terreno.

 

Se sentía contrariada por la entrevista con Gilabert. No respondía al perfil que había imaginado. No era solo su aspecto, que a ella le parecía una macabra broma de la naturaleza. Ni su inadecuada forma de vestir o la falta de higiene que le suponía… No, era otra cosa. Lo que la desquiciaba era esa actitud displicente, rayando en la grosería, que adoptaba con ella.

 

Al llegar a la puerta de su casa se entretuvo buscando las llaves. Entonces recordó que debía haber llamado a su madre y se mordió el labio involuntariamente. Se había convertido en parte de su rutina cotidiana. Tres veces al día, la telefoneaba para comprobar que todo marchaba bien.

 

Pero la verdad es que, casi nunca nada, había marchado bien en su familia.

 

 

Durante años, su madre y ella habían vivido una existencia de anonimato y destierro. Alejadas de todo lo que había constituido su círculo social y afectivo. Enterradas en vida, cambiaron sus identidades y reinventaron una historia. Dolores había experimentado el odio y el rechazo de la sociedad y era consciente del daño irreparable que todo esto había originado a Magdalena.

 

Luchó muy, muy duro. Siempre obtuvo las mejores calificaciones y con veintidós años acabó con éxito sus estudios de derecho y criminología. Ella le devolvió a su madre la acomodada posición que le correspondía. Barcelona es una ciudad increíble para pasar desapercibido. Además nadie recordaba ya al tristemente celebre “asesino de los versos”. Habían pasado muchos años.

Al principio, sobrevivieron con recato. Pero al finalizar sus estudios, Dolores fue contratada por un prestigioso bufete catalán. Se desenvolvía en los pleitos como pez en el agua. Y a la vez que su carrera progresaba, se fue involucrando más en asociaciones, de carácter altruista, para la protección de la mujer y del menor.

 

Ya se disponía a coger el aparato para llamar a su madre, cuando un estridente timbre la sobresaltó.

 

  • Hola mamá.- Su voz, como era habitual, sonó triste y fastidiada.

  • ¿Cómo sabes que soy yo?.- El tono de Magdalena aparentaba ser imperativo, pero los influjos del alcohol eran evidentes.

  • En primer lugar, porque tengo rastreador de llamadas…

  • Podía ser cualquiera, podía ser él…- le interrumpió sin escucharla.- El querrá ponerse en contacto contigo, tú lo sabes,¿verdad?.

 

Dolores sintió que algún órgano le estallaba dentro de su cuerpo. Tenía que sobreponerse. Ella mejor que nadie, sabía que el miedo lo jodía todo. Y su vida se había convertido en un auténtico postulado de dedicación y comprensión hacia su madre.

 

  • Madre, he contratado a un investigador.- nadie contestó al otro lado del teléfono.- ¿Me oyes?

  • Pero…¿Cómo se te ocurre?.- susurró Magdalena.- Tú sabes que hay cosas que no…

  • Está bien mamá, no te preocupes. Se perfectamente la información que le puedo dar.- Cortó Dolores.- Eres tú, quien tiene que tener cuidado y no irte de la lengua. Mañana sobre las doce del mediodía pasará por tu casa. Intentaré escaparme del juzgado para estar presente.

  • Pero,¿por qué quiere hablar conmigo?- su acento emanaba una gran aprensión.

  • He dicho que no te preocupes. Quiere saber detalles sobre la supuesta muerte de tu marido, y es de eso,y solo de eso, - recalcó con énfasis.- de lo único que tú le debes hablar, ¿entendido?.

  • ¡Está bien! - se rindió Magdalena con acento pueril.- Pero sigo sin entender para qué necesitamos un investigador. ¡Sería mejor comprarnos un arma!

  • Procura estar sobria mañana a las doce, ¿vale?

  • ¡Me tratas como si fuera basura!

  • No dramatices madre. Escucha, el nombre de ese detective es Pau Gilabert.-y a continuación suavizó el tono para añadir.- Hasta mañana mamá, que descanses.

 

Una de cal y una de arena. En eso se había convertido la relación con su madre. La adicción al alcohol de la que era víctima su progenitora, tenía un antiguo historial. Era difícil comprender el comportamiento de un alcohólico, y aún más justificarlo. Pero era plenamente consciente de la fuerza que había empujado a su madre a vivir al margen de la realidad. Y haber sido testigo y víctima de la misma fuerza, le empujaba a cerrar filas con Magdalena. Las dos habían sucumbido al encanto de la serpiente… hasta que descubrieron que se trataba de una víbora buscándoles la garganta.

 

 

 

Decidió darse un tonificante baño de espuma. Aún le quedaban un par de horas antes de ir al estudio. Sin duda, iba a tener una actuación estelar. Se trataba de un debate en torno a los abusos sexuales en menores.

 

Ella era una decana en el tema. Demostraría que la única forma de proteger a los niños está en encerrar a los pederastas de por vida. Si no, volverán a hacerlo inevitablemente. Dolores estaba preparada para aportar todas las pruebas que avalarían su discurso. Sentencias de pederastas y violadores reincidentes, informes psicológicos y forenses de los daños infringidos a los menores…todo el arsenal.

 

Desnuda y sumergida, su pensamiento viajó hasta el último caso de oficio que había aceptado. Le interesó desde que escuchó la historia, y los servicios sociales estuvieron encantados de contar con ella cuando llamó para ofrecerse.

 

La niña se llamaba Vanesa Martínez. Se trataba de una criatura retrasada de diez años que había sido violada, de forma reiterada y mantenida en el tiempo, por su padrastro con la connivencia de la madre.

 

Recordaba perfectamente el abanico de agravios, en forma de lesiones e informes psicológicos, que los servicios sociales desplegaron ante sus ojos.

 

Pero lo más escalofriante no fueron los documentos, sino la charla que sostuvo con los acusados en la cárcel, donde aguardaban al juicio por sus felonías.

 

Dos funcionarias acompañaban a la mujer hasta la sala donde Dolores esperaba. Aunque sabía que un monstruo no tiene por qué parecerlo, sintió una leve decepción cuando se encontró con ese ser menudo y acobardado. Todo su cuerpo temblaba, y unos ojillos huidizos y diminutos asomaban entre la maraña de pelo rubio oxigenado.

 

  • Mi nombre es Dolores Marco y represento a su hija Vanesa en el juicio que el Estado está preparando contra ustedes.- Le espetó sin más contemplaciones.

  • ¡Oiga, yo no he hecho nada malo!- gritó con una vocecilla desagradable.- No sabe lo que cuesta sacar adelante a la familia. Yo no tengo nada que ver con lo que pasó. Tenía que trabajar fuera de casa y era mi pareja quien cuidaba de la cría.- en un tono más confidencial, añadió:- Además, no pueden creer todo lo que les diga esa chica. No está bien de la cabeza,¿no lo entienden?

  • Lo que entiendo es que su hija tenía hematomas crónicos en partes muy específicas de su anatomía debido a la violencia a la que era sometida muy a menudo.

 

La mujer la miró despacio, tratando de traducir lo que acababa de escuchar. Dolores decidió acabar con su incertidumbre.

 

  • Su hija Vanesa tenía moraduras en los muslos producidas por la fuerza con la que su marido le separaba las piernas para poder violarla,¿me entiende ahora?

  • Ella es una niña muy torpe, siempre se está cayendo…

 

 

 

  • ¡Oh vamos! Sabe perfectamente de qué le estoy hablando,- Luego, suavizando el tono para simular preocupación añadió: - Contamos con el testimonio de unos vecinos que aseguran haberle visto zarandear a la niña acusándola de coquetear con su marido.

  • ¡Mienten!.- Contestó desafiante pero rehuyendo los ojos de la abogada.

  • ¿Estaba borracha y quizás no puede recordarlo?

  • ¡Maldita hija de p…! ¿Qué puedes saber tú de nuestra vida para juzgarnos tan fácilmente?

  • Tiene razón señora. Yo no soy nadie para juzgarle y, ¿sabe una cosa?, debería darle gracias al cielo por ello.- Luego se levantó y antes de que la funcionaria le condujera fuera de la habitación, se volvió para decir: - Pero confíe en que pondré todo mi empeño para que ninguno de los dos vuelva a acercarse jamás a Vanesa.

 

La última imagen que se llevó de la detenida, fue su expresión de comadreja bobalicona.

La conversación con el padrastro removió en ella el instinto de reptil que subyace en el neocórtex cerebral. Sintió como durante la entrevista, le afloraban sus pasiones más sanguinarias.

Se trataba de un tipo gordo y sudoroso. Tendría alrededor de treinta y cinco años, algo menor que la madre de Vanesa. Apareció por la ventana del locutorio de la cárcel, con una sonrisa estúpida que pretendía ser seductora y le preguntó:

 

  • ¿Cómo es posible que una hembra como tú sea abogada?

  • Su nombre es Carlos Martínez, y convive con Vanesa y su madre desde que la niña tenía dos años de edad, ¿correcto? – Dolores, apenas podía controlar las náuseas que le producía el personaje en cuestión. Pero decidió sobreponerse. Ella era una profesional y la vida le había colocado por delante una interminable lista de monstruos tan deleznables como aquél.

  • Correctísimo muñeca. Me hice cargo de esa familia hace ya ocho años. ¡Siempre cuidando de esas dos!, ¿y para qué? Ya ves las calumnias que tengo que aguantar.

 

Era un estereotipo archiconocido para Dolores. Un individuo acostumbrado a mentir con la mayor desfachatez, un fanfarrón negador de la evidencia.

 

  • Según estos informes.- le dijo mostrándole un legajo de papeles que llevaba en una carpeta.- Los abusos empezaron cuando la niña tenía cuatro o cinco años.

  • ¡Yo no he abusado de esa estúpida! Hable con su madre. No sabe cuidarla. La dejaba suelta en la calle para irse a beber. Cualquiera puede haberle hecho lo que usted dice.- sacudía la cabeza como alejando esas acusaciones con el gesto.- Yo la enseñé a comer y a vestirse, le di el calor que todas las criaturas de dios se merecen, ¡pregúntele a la chica! Habla poco pero algo le podrá decir.

  • No creo que dios pensara en ese tipo de amor para sus criaturas.- le respondió Dolores sin pestañear.- En cuanto a Vanesa, será imposible que me cuente nada. Ha entrado en una especie de mutismo catatónico del que será difícil rescatarla.

  • Entonces… No tienen ninguna prueba,¿no?.- preguntó satisfecho el seboso personaje.

 

 

 

-Pues sí. Encontramos restos de semen en el ano de la niña. Compararemos una muestra de su ADN con estos residuos y obtendremos al agresor de la niña sin ningún lugar a dudas.

 

La abogada se dispuso a irse sin más contemplaciones cuando a su espalda, escuchó la voz del pederasta:

 

-¿Tienes hijas pequeñas? Seguro que son preciosas, !cómo me gustaría conocerlas!

 

Y mientras escuchaba el desagradable sonido de su risa, deseó que se tragara la lengua y se ahogara lenta y dolorosamente

                                                      Continuará la próxima semana...

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