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LA INFECCIÓN ALAUÍ

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No se puede infectar algo que supura desde hace años. Las relaciones que España mantiene con el reino de Marruecos ya estaban enfermas antes de que Aminatu apareciera en escena para exigir una lección de coherencia al gobierno español. No podemos hablar de solidaridad hacia el pueblo saharaui y, simultáneamente, hacer el trabajo sucio a sus verdugos para mantener los caladeros de pesca o facilitar que empresarios marrulleros nacionales deslocalicen su empresa en el cortijo de Mohamed VI. La activista saharaui no es quien nos ha sumergido en esta dicotomía moral, solo nos enfrenta a ella con toda su crudeza. La señora Haidar está siendo calificada de radical incluso entre algunos sectores de la prensa "progresista". Su incómoda huelga de hambre, esa lúcida determinación que no consiguieron truncar el encierro ni las torturas, nos coloca frente a nuestra inmoral complicidad en este asunto. No se trata de elegir entre los intereses del frente polisario o los de España, como planteaba un locutor radiofónico estos días, sino de determinar cuales son los interes y los valores fundamentales que un país democrático debe defender ante todo. Y eso no pude pasar por ceder a los chantajes y amenazas de un estado que viola sistemáticamente los derechos humanos e incumple las resoluciones de la ONU. No es necesario, como dicen los más alarmistas, declararle la guerra a Marruecos. Basta con no participar de su perverso juego y denunciar alto y claro todos los abusos. Actuando como secuaces del monarca alauí perdemos mucho más de lo que ganamos. Sobre todo dignidad, algo que a Aminatu le sobra a raudales.

Publicado en Público el 11 de diciembre del 2009 y en el Heraldo de Aragón el día 18

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