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"EL SACAMANTECAS"

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Cuando era niña y me portaba mal, mi abuelita me amenazaba con llamar a "El Sacamantecas". Me decía que vendría, me sacaría el sebo y se lo vendería a los tísicos para que se alimentaran. Sin embargo, mis terrores infantiles caminaban por otros derroteros bien distintos a los del "Sacasebos" o "El hombre del saco" que no me parecían suficientemente reales para intimidarme. Eran como los personajes de los cuentos de Andersen o de Perrault. Unos malvados de fábula que servían para asustar a los niños y que no tenían sentido fuera de estas míticas historias. Luego, al hacerme mayor he conocido muchas versiones de estos monstruos en la vida real. Personas de carne y hueso capaces de ejercer la más extrema crueldad contra su prójimo para conseguir un beneficio económico o personal. 

 Pero el caso de la banda criminal peruana que secuestraba campesinos para obtener su grasa y venderla para fabricar cosméticos, reivindica al legendario "Sacamantecas" añadiéndole matices más crueles e inhumanos. Es como una burla esperpéntica y macabra sobre la pobreza de esta desdichada gente, cosificada hasta el grado de que la codicia de otros les convierte en meros depósitos de grasa a disposición de la estética de los ricos y privilegiados.

 De pronto, todos esos fantasmas que no lograron inquietarme en la niñez, cobran vida ante mis ojos. Brujas, ogros y vampiros trascienden de lo onírico para presentarse en este mundo, con nombre y apellido, y arrebatarles hasta el sebo a los más desfavorecidos, Nunca pertenecieron al mundo de los cuentos. Siempre estuvieron y están aquí, entre nosotros. Algunos, incluso se disfrazan de empresarios, políticos o banqueros para seguir alimentándose de nuestra incredulidad a que alguien pueda actuar con tanta vileza.

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