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LOS PUÑOS LOS CARGA EL DIABLO

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Corría el año 1976 y Francisco Umbral, en un articulo en El País titulado Un puño en alto, glosaba la metamorfosis sufrida por este símbolo, según su criterio, debida en gran parte a gente como Tierno Galván. Los gestos no son nada- decía- los gestos significan porque la historia los cargó de significado, como las pistolas. Y hablaba del puño frágil y balsámico del viejo profesor que, lejos de pretender ser amenazante, se abría para estrechar las otras manos y demostrar que no escondía nada, ni siquiera ese rencor que tanto atemorizaba a los amigos de la mano alzada. Treinta y tres años después, ese puño sobrecoge a supuestos demócratas como Rajoy o Aguirre. Las comparaciones establecidas entre este gesto propio de los movimientos obreros y sociales y el saludo fascista son, además de una grave deformación de la historia, un acto de hipocresía sublime para quienes se niegan a condenar abiertamente el franquismo y no quieren desenterrar un pasado al que no renuncian. Ese puño en alto, que algunos miembros del gobierno exhiben sin complejos, puede deberse a un guiño electoralista o ser solo marketing. Pero eso no importa porque ese símbolo no les pertenece. Se ha convertido en un saludo universal, no en una declaración de guerra. Es la mano blanda que se cierra y se abre movida a impulsos de solidaridad. Pero también el puño prieto que no rebla ante el abuso y la injusticia. Los que lo temen y vilipendian nos insultan a todos los que creemos en estos valores, más allá de la imaginería o las poses. Deberían andarse con más cuidado si quieren jugar con polvora  porque todos sabemos, que los puños siempre los acaba cargando el diablo.

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