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LOS MISERABLES

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Casi todos somos emigrantes. Algunos, como Melgar, proceden de ultramar y huyen  de la miseria de sus paises de origen a la búsqueda de una vida más digna para encontrarse, en una de estas bromas macabras del destino, con la miseria moral de quienes deciden tratarlos como subhumanos y explotarlos hasta la desmembración. Otros, como yo, habitamos en el exilio emocional de una familia o un entorno que nos estigmatiza en función de nuestra distinta percepción de la vida o por nuestra querencia a "sacar los pies del tiesto". Muchas y variadas son las formas que adoptan las miserias y los miserables que se creen con derecho sobre nuestra existencia y nuestra libertad para movernos ideológica o geográficamente. Los hay que, como los patrones de Melgar, encuentran en este éxodo humano el filón para engordar su buchaca. Para ellos, los inmigrantes valen menos que los perros que custodian sus negocios. Son peones desechables  de los que abusan sin escrúpulos. Por eso, si sufren una mutilación, la preocupación de sus amos no pasa por el herido sino por la repercusión crematística o legal que ese miembro acarreará a su cartera y no dudan en arrojarlo a la basura. Al mismo sitio donde un día abandonaron su conciencia, si es que alguna vez la conocieron. Pero también existen otros miserables más cotidianos y próximos. Ese vecino, familiar o compañero de trabajo que guiado por el miedo, la ignorancia o ambas cosas se entrega al discurso envenenado de la xenofobia y el exclusismo. Y esta mezquindad, al contrario que la de los jefes de Melgar, no se persigue judicialmente. A esta ruindad vamos a tener que combatirla, cuerpo a cuerpo, en nuestra arena diaria.

Publicada en el Diario del Alto Aragón el 15 de junio del 2009

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