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¿SUSTO O MUERTE?

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Susto o muerte, ¿cuál debe ser nuestra elección? Entre la pasividad ante el futuro de nuestras pensiones y las recetas de Fernández Ordóñez para preservar el sistema contributivo existe un abanico de posibilidades que nadie parece dispuesto a explorar. La política del terror y de incertidumbre utilizada por el Gobernador del Banco de españa para denunciar el peligro de déficit en la seguridad social tiene una lectura, más explícita que subliminal, que conmina a los trabajadores a resignarse a la idea de que, de no hacerse un plan privado de pensiones, su vejez se instalará en la miseria y la marginalidad. Esto es inadmisible en un Estado que aspira a una sociedad más justa y equitativa. De que existen problemas, todos debemos ser conscientes. Y de que para solventarlos se pueden necesitar medidas impopulares y electoralmente nefastas para quienes las ejecuten, también. Por eso es comprensible, en parte, la desmesurada respuesta del ministro Corbacho a las declaraciones de Ordóñez. Al miedo que nos transmite un futuro incierto para la ciudadanía, hay que sumar el que paraliza a los políticos a la hora de enfrentar con serenidad y justicia social los cambios necesarios para la supervivencia del sistema. El Gobernador del Banco de España, que decididamente carga a la derecha a la hora de apuntar soluciones, ha propuesto ajustar las pensiones a la caida del IPC. Más preocupado por la bolsa que por el bienestar común, apunta y dispara cotra una franja social que dista mucho de las remuneraciones europeas. Una vez más, la economía del país pretende salvarse sacrificando a los peones para salvaguardar otras "piezas" más valiosas. Las mismas piezas que han contribuido a generar el momento económico que vivimos y a las que nadie se atreve a meter mano para que exista un reparto más justo de la riqueza. A los trabajadores y pensionistas nos han metido el susto en el cuerpo para que entendamos que nuestro sacrificio es necesario. Pero nuestro conformismo para pagar los platos rotos de la macroeconomía y el desarrollismo ilimitado nos puede producir la muerte. Al menos la muerte de la esperanza en un futuro más equitativo que aleje para siempre a los lobos que ahora nos sobrecojen amagando con sus aullidos desde las sombras.

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