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LA "OBRA" DE BELLOCH

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¿Por qué será que no me extraña nada que el alcalde de nuestra amada Cesaraugusta haya salido ahora con la berza de dedicarle una calle al fundador del Opus Dei? Los que queremos un Estado laico ya hemos asistido –ya sea el día del Corpus o en cualquier otra festividad católica– a su mística inmersión entre los rezos y los efluvios del incienso. Y claro, eso no sería el menor problema si Belloch acudiera como un particular, pero lo hace representando al Ayuntamiento de Zaragoza.
Ahí sí que nos topamos con la Iglesia, don Alberto. Además, nuestro alcalde vive obsesionado por el mismo impulso que movió a Escrivá de Balaguer: perpetuar su obra. Aunque la de Belloch –con la Expo de Zaragoza y el dragado del Ebro– nos va a costar a los aragoneses muchos dineros y una agresión constante a nuestro río.
El alcalde se defiende diciendo que, en esta tierra, tenemos una izquierda sectaria y que los verdaderos progresistas son los que, como él, tienen el valor de reivindicar los méritos del santo a pesar de la falta de consenso. De sus palabras deducimos que se desmarca de esta izquierda a la que con tanto desprecio define. Eso está bien, señor Belloch. Ya es hora de que nos quitemos las caretas y afrontemos lo que somos a pecho descubierto. Y si hay que ponerle una calle a monseñor, aunque sea el inductor intelectual de una secta que restringe la libertad de las personas, pues se le pone. Que para eso era aragonés e hizo algo grande. Yo, por mi parte, propongo que se le ponga otra a Torquemada, otro entrañable mañico de renombre. Encaja perfectamente en el esperpéntico concepto de orgullo patrio del alcalde.

Publicado en diario Público y El Heraldo de Aragón el 14 de febrero del 2009

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